Por P. Joaquín Antonio Peñalosa
También el niño tiene derecho a vivir su vida. Le va en ello su felicidad, cosa que los adultos olvidan en demasía. Los adultos son extrañamente egoístas. Desengañados por la vida y por la edad, se aferran a sus placeres y a sus negocios y son tan esclavos de sus hábitos que, después de una jornada de trabajo, nada desean tanto como su paz personal, que no los molesten los niños. El mundo imaginario y fantasmagórico en que viven envueltos los pequeños acaba por fastidiar a los padres que tienden a juzgar a los niños de acuerdo a su modo de ser y de pensar.
De ahí proviene la irritación, la violencia, la cólera en su relación con los pequeños. Aunque los padres se pasen el día en casa frente a los hijos, están sin embargo a muchos años-luz de distancia de ellos, lejanos e inaccesibles. Queda la madre. Por fortuna. Si ella se guía por su maravillosa intuición, la felicidad del hijo quedará a salvo. De lo contrario…. Cada año se descubren en México entre 5 y 7 mil niños golpeados por sus queridísimos progenitores, según nos dice Saturnino Maciel, investigador de la Universidad Nacional Autónoma de México. ¿Y los casos no descubiertos?
De dos maneras los padres pueden maltratar a los hijos. Desde luego, los golpes físicos, el cinturonazo y el puntapié, encerrarlos en un cuarto oscuro, dejarlos sin comer, la desatención voluntaria cuando se enferman, quemarles la boca o las manos y otros suplicios para el Infierno de Dante.
No deja menos huella el maltrato psicológico: el daño espiritual que sus padres les causan cuando los insultan, critican sus actividades, se burlan de sus defectos, minimizan sus cualidades y reducen toda la educación a prohibiciones y órdenes imperativas, como si el hijo fuera un objeto de su propiedad y no una persona con derechos y deberes.
Gracias a sus investigaciones, Maciel asegura que los maltratadores proceden de todos los sectores sociales tanto en el nivel económico, como en el cultural. No es verdad que un papá maltrate a su hijo por tener menos conocimientos, ya que muchos profesionales, que uno tendría como personas educadas, no saben educar a sus hijos más que con golpes físicos o psicológicos. El título profesional puede expresar sabiduría de una persona, pero jamás su bondad. No es el hombre sabio el que conquista la tierra, sino el hombre bueno.
Yo admiro a Juan Sebastián Bach no solo por su música arcangélica que deja vibrando el alma, sino también porque escribió sus portentosas catedrales de sonidos en medio del barullo infinito de sus diez, once hijos que corrían y jugueteaban dando de gritos, mientras el padre de la música, que además fue un padre genial, supo hacer de la educación, un concierto de amor, paciencia y comprensión: adagio cantabile molto espressivo.
Artículo publicado en El Sol de México, 18 de abril de 1991; El Sol de San Luis, 27 de abril de 1991. Monseñor Peñalosa es una de las glorias de la literatura mexicana del siglo XX. Entre sus obras se encuentra Cien mexicanos y Dios.
Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 31 de mayo de 2026 No. 1612

