Por P. Joaquín Antonio Peñalosa
Aquí tienen ustedes los tres casos. La donación: tantas personas que han dispuesto en su testamento que ceden sus córneas a quienes las necesiten para seguir viendo, muertos, en otros ojos. El robo: cuando despertó un venezolano ebrio que dormía de la estocada a media calle de Caracas, ya no pudo ver, porque unos médicos inescrupulosos le habían extraído los ojos para efectuar un trasplante. La venta: personas con urgencias económicas acuden a transacciones dudosamente legales para vender un órgano y así salir del problema.
Gracias a los progresos de la medicina y la cirugía, muchos enfermos destinados a una muerte segura o una existencia disminuida han encontrado la gozosa solución en el trasplante de órganos que pueden provenir de una persona viva o extraerse de un cadáver.
Ante el optimismo y el éxito de estas operaciones, la mayor dificultad para el alivio de tantos enfermos radica en la falta de conciencia, la fría despreocupación o el ignaro egoísmo de quienes podían ceder un órgano y no lo hacen. A mí jamás se me había ocurrido, son tantos los que así comentan.
En los primeros momentos de los trasplantes, no faltó la voz timorata de quien pensó en indebida mutilación y no en el noble gesto de generosidad para salvar o mejorar la vida de un prójimo, aun a costa de sufrir alguna merma en las condiciones biológicas del donante. Lo único que hoy se requiere en su consentimiento libre, después de ser informado sobre las consecuencias, ventajas e inconvenientes que comporta el trasplante así para el propio donante como para el receptor.
Las legislaciones suelen prohibir, con excelente acuerdo, que la donación de órganos, cuya motivación debe ser el altruismo, no se convierta en interés económico y simple mercado, así se permite compensar al donante por los gastos que todo ello supone.
Los científicos prefieren los trasplantes de órganos extraídos de un cadáver; ya que en las personas vivas solo pueden obtenerse los órganos mediante alguna mutilación y siempre que se trate de órganos dobles que no afecten su existencia. En igualdad de circunstancias, el recurso a un difunto parece mucho más coherente; pues los beneficios son prácticamente iguales sin ninguna desventaja para el donante, tanto más que los restos de quien acaba de perder la vida están destinados a una destrucción inmediata.
La Organización Mundial de la Salud señala que, en el mundo, se trasplantan cada año más de 350 mil riñones, más de 7 mil corazones, más de 4 mil hígados y más de 1.500 páncreas. ¿De dónde proceden estos órganos? De donaciones gratuitas, pero una cantidad mayor de ilegales operaciones de compraventa y, a últimas fechas, del robo criminal de niños tercermundistas despedazados como automóviles en partes, para ser vendidos al mejor postor. La raza maldita de Herodes desgraciadamente no se extingue.
Artículo publicado en El Sol de México, 25 de julio de 1991; El Sol de San Luis, 27 de julio de 1991.
Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 14 de junio de 2026 No. 1614

