Por P. Fernando Pascual

Todos tenemos en nuestro corazón un insuprimible deseo de ser amados. Quisiéramos recibir amor, porque sin amor no se comprende la vida, y sin amor no podemos seguir adelante.

Ser amado significa que alguien me aprecia así, como soy. Seguramente desea que haya mejoras en mi vida, pero antes de exigirlas me ofrece un cariño que tanto bien hace a mi alma.

Quienes me aman permiten comprender mejor la belleza de la propia vida. No soy un ser anónimo, un “cuerpo” que deambula por el mundo sin sentido, un corazón perdido entre relaciones poco significativas.

Cuando descubro que otro me ama, la existencia adquiere luminosidad y significado. Alguien me busca, alguien me da amor, alguien completa los deseos más profundos de mi alma.

El deseo de ser amado no puede compensarse ni con éxitos profesionales, ni con dinero, ni con placeres pasajeros y egoístas, ni con sustancias que en apariencia satisfacen para dejar luego un vacío insoportable.

El deseo de ser amado solo queda saciado ante amores reales de personas que me ofrecen lo mejor de sí mismas, hasta llegar, en casos de heroísmo, a dar sus vidas por mí.

Si es hermoso recibir amor, también es hermoso descubrir que yo puedo dar plenitud a otros. Porque a mi lado hay hombres y mujeres que desean ser amados, como yo.

Muchos ya me han dado amor. Lo recibí de mis padres, de tantos educadores, personas buenas que estuvieron a mi lado en momentos de fiesta y en momentos difíciles. Lo recibí de Dios, que me piensa y me espera con un amor infinito.

Agradezco de corazón el amor recibido. Agradezco la cercanía de tantas personas buenas. Espero seguir adelante, acogiendo amor y aprendido a dar gratis lo que gratis he recibido, para que otros puedan sentirse amados y acogidos simplemente por existir a mi lado.

 
Imagen de Petra en Pixabay