Por Antonio Banderas
El actor Antonio Banderas tomó la palabra ante el papa León XIV en el encuentro “Tejer redes con el mundo de la cultura, del arte, de la economía y del deporte” celebrado el domingo 7 de junio en el Movistar Arena de Madrid. Publicamos su intervención íntegra: un discurso personal, emocionante, que comienza en la Semana Santa de Málaga de los años 60 y termina con una confesión: “Estoy aquí por haber sido víctima del hechizo de Dios”
Santo Padre. Autoridades. Queridas amigos:
Hay encuentros que no se miden solo en el tiempo sino en su significado.
Su presencia hoy en Madrid, Santo Padre, no es solo una visita. Es un gesto. Un gesto de escucha, de cercanía, de diálogo con la sociedad civil, y esta sin duda se lo agradece.
Ese diálogo, a veces, conviene reforzarlo usando un lenguaje común. Ese lenguaje es, y lo ha sido en muchas ocasiones a lo largo de la historia, el arte.
La relación entre la Iglesia católica y el arte no ha sido solo fructífera: ha sido determinante. No tememos equivocarnos al decir que la Iglesia ha sido el mayor productor de arte de la historia de la humanidad.
En el corazón de ese impulso creativo está quien atraviesa los siglos, los estilos y las culturas, y que con total seguridad ha sido la figura más representada en la historia del arte: se trata de Jesucristo. El gran protagonista de la película de la vida. En todas las artes, Cristo como una presencia constante. No como una imagen repetida, sino como un icono de paz, de amor y de sacrificio, rodeado de un misterio inagotable.
Yo podría reducir mi intervención simplemente a enumerar los grandes artistas que con sus trabajos han engrandecido el mensaje proveniente de la palabra de Jesús. También podría limitarme a dar una serie de datos que ilustren el camino recorrido entre Iglesia, artistas, intelectuales, filósofos… pero hoy, Santo Padre, siento una cierta obligación de ofrecer una pequeña reflexión en voz alta sobre mi propia experiencia.
Para ello he de retroceder en el tiempo a las celebraciones de la Semana Santa en mi querida Málaga, allá por los años 60 del siglo pasado. Esas manifestaciones populares que toman las calles desarrollando un ritual majestuoso de arte y fe, de raíces y devoción. Un poliedro multicolor de elegante belleza, de liturgia teatral que cada año transforma la ciudad en un espacio donde lo artístico y lo espiritual se funden.
Y fue ahí, Santo Padre, en ese marco de arte popular anónimo, cuando con tan solo 4 o 5 años de edad, nació en mí una pregunta que solo contenía una palabra: ¿Dios? Poco a poco fui encontrando respuestas, algunas tan simples como la que reconocí en los ojos de mi madre mientras esta le clavaba su mirada y su corazón devoto a la Virgen de La Esperanza que pasaba en su trono frente a nosotros en aquellos lejanos años. O a través de la voz que rompía el aire claro de primavera de los cantaores o cantaoras de saetas. O entre la gente humilde y buena de mi ciudad que cada año salían, y salen a la calle con su barrio a cuestas, portando sus imágenes que les ayudan a buscarse a sí mismos mientras buscan a Dios. Y lo hacen dejando tras ellos el yo, para agarrarse al nosotros… del nosotros pasan al ellos, del ellos al todos, del todos al mundo, del mundo al universo, del universo a Dios, para después volver a tomar tierra intuyendo que Dios puede estar en cada partícula, en cada molécula de cada gota de agua, de cada mar, de cada pétalo de rosa, de cada pálpito, de cada suspiro.
Pero el arte no es solo belleza.
El arte es pregunta.
Es reflexión.
Es contraste.
Es revolución.
Es tensión entre lo que sabemos y lo que intuimos.
El arte ha sido —y debe seguir siendo— el espejo que refleja vidas que pasan de largo ante el prójimo herido. Es también la denuncia de credos vacíos que olvidaron el amor. Es la voz de alerta para sociedades que se acostumbraron a la injusticia.
El arte debe ser una alternativa a la violencia. Todas las violencias. Así como lo hizo el propio Cristo, el artista debe actuar con valentía y no abandonar el ser instancia crítica a la sociedad, al propio arte, y a la propia religión.
Santo Padre… hemos de compartir una obligación. Estamos obligados a mirar, y a ver, y a tratar de entender las complejidades del alma humana.
Todos los seres humanos nos enfrentamos a los grandes interrogantes de nuestra existencia:
¿Quiénes somos?
¿Qué sentido tiene la vida, y el dolor?
¿Qué significa amar… de verdad… al prójimo… como a uno mismo?
¿Qué hay más allá?
Y en ese ejercicio de búsqueda, todos nosotros nos acercamos, quizá sin saberlo, a lo trascendente.
Santo Padre.
En un mundo que corre, que se fragmenta, que a veces se simplifica en exceso, el arte nos ayuda a recuperar la profundidad y el alma que está tratando de ser robada por inteligencias artificiales que deben estar al servicio del ser humano y no al revés.
Un alma que nos susurra que hay algo más. El constante susurro de la esperanza de ese algo más. Este encuentro entre la Iglesia y la sociedad civil no es solo oportuno: es necesario.
Necesitamos seguir creando y compartiendo.
Seguir preguntando.
Seguir buscando belleza, sí… pero también verdad.
Porque allí donde nos atrevemos a preguntar en profundidad, siempre, siempre, comienza un camino, un camino que nos puede conducir hacia lo espiritual, que no es más que la fraternidad que late en el corazón de todo ser humano y en el misterioso corazón de Dios.
«Decís vosotros que los tiempos son malos. Sed vosotros mejores y los tiempos serán mejores. Vosotros sois el tiempo». Decía san Agustín.
Santo Padre, yo estoy aquí por Godspell. Godspell es una obra de teatro musical creada en su país de origen. La traducción de Godspell al español es «El hechizo de Dios». Yo estoy hoy aquí confesando haber sido víctima del hechizo de Dios.
Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 21 de junio de 2026 No. 1615

