Por Alex Rosal
No era por una cuestión protocolaria. Tampoco por educación. Los siete minutos de aplausos al Papa León XIV de los diputados y senadores en el Congreso no son fáciles de explicar.
¿Por qué muchos de esos políticos que se despachan a gusto contra la Iglesia y la religión católica cada vez que asoma un micrófono, ahora aplaudían a rabiar al Vicario de Cristo en la tierra?
¿Qué ha pasado para que esos representantes públicos que sacaban pecho en público para denigrar todo lo cristiano, ahora rindieran pleitesía a León XIV?
Es posible que esos largos aplausos fueran el gesto que nos indica un cambio de época. Que lo viejo muere, y lo nuevo está naciendo. Y a esa nueva etapa, que no sabemos muy bien cómo llamarla, de momento le damos la bienvenida.
Intuyo que en esos aplausos estaba implícito dejar atrás el mundo de las ideologías, que con tanto entusiasmo hemos abrazado durante décadas, y cuyas expectativas de progreso y felicidad personal nos las vendían como ciertas.
El hartazgo al comprobar que vivimos sumidos en una mentira que solo nos lleva al precipicio vital, nos ha ayudado a activar la escucha sobre lo que tenía que decir un antiguo misionero en Perú, con la esperanza de que nos sirviera para clarificar ideas y dar marcha atrás en ese camino que nos hunde más y más en un nihilismo insoportable.
Posiblemente la humildad de León XIV, que no quiere imponer sino ofrecer la verdad, unido a ese “giro católico” que se palpa en el ambiente y se expande, y que todo buen político que se precie busca atrapar para subirse a la ola de las nuevas tendencias, ha favorecido a esa “capitulación” ante el Papa.
Pero esa catarsis que supuso los siete minutos de aplausos tiene también otra explicación. Y no depende de nosotros. Tampoco es el resultado de un plan bien pensado o de una estrategia humana muy elevada. Es algo que se nos escapa a nuestras pequeñas acciones.
Creo vislumbrar como un soplo del Espíritu Santo envolvió a los representantes del pueblo, y estos se dejaron abrazar por esa suave ruta que por momentos penetró en sus corazones y reconocieron en las palabras de León XIV algo verdadero y valioso que valía la pena apoyar.
Este es el “milagro” de León XIV en España: entrar en los corazones más duros para cambiar las mentes más resabiadas.
El mensaje al parlamento
“En este hemiciclo se da forma jurídica a la convivencia social. Aquí las diferencias se escuchan, se ordenan y, cuando es posible, se convierten en decisión compartida. Por eso, más allá de la legítima diversidad de posiciones, toda tarea legislativa acaba encontrándose con una pregunta decisiva: qué concepción de la persona humana inspira las leyes y qué tipo de sociedad construye esas leyes”.
“Toda vida humana debe ser reconocida y custodiada desde su concepción hasta su ocaso natural, en cada circunstancia de su existencia. Cuando esta certeza se oscurece, los más vulnerables son las primeras víctimas y la ley pierde su significado más profundo: servir y proteger a cada persona. Por eso, la grandeza moral de una nación se manifiesta, sobre todo, en su capacidad de acompañar, proteger y amar aquellas vidas que atraviesan mayor fragilidad”.
“El mundo atraviesa una profunda crisis espiritual y cultural, que se manifiesta en múltiples formas de violencia, polarización y desconfianza recíproca. En este contexto, la paz se presenta como una aspiración política y, más aún, como una verdadera exigencia moral. Reclama una palabra pública que respete a quien piensa distinto, instituciones puestas al servicio del encuentro, una memoria histórica que busque la verdad y la reconciliación y una vida social capaz de sostener la amistad cívica y el respeto mutuo en medio de la discrepancia”.
“Una ley no alcanza su verdadera grandeza por el mero hecho de haber sido formalmente aprobada; la alcanza cuando, además de ser válida en su forma, puede comparecer ante la dignidad de la persona y salir de ese examen sin avergonzarse”.
Alex Rosal es periodista y editor. Actualmente dirige la web católica más importante de España: Religión en libertad. Se reproduce este artículo con el permiso expreso del autor.
Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 21 de junio de 2026 No. 1615

