Por Rocio Lancho García

El Papa León XIV dirigió “una palabra serena y firme” a quienes tienen “la grave responsabilidad de ordenar jurídicamente la convivencia social”. La mañana del lunes 8 de junio, el Santo Padre pronunció un amplio discurso ante los miembros del Parlamento español, en la que supuso la primera visita de un Pontífice al Congreso de los Diputados.

Durante su intervención, advirtió de que esta convivencia social puede verse amenazada por la cultura del descarte. Por ello, planteó a los presentes una serie de preguntas: “Si la vida deja de ser reconocida como un valor fundamental, ¿qué futuro pueden tener nuestras sociedades? ¿Puede llamarse plenamente justa una comunidad que deja en la sombra al niño aún no nacido, al anciano, al enfermo, a quien sufre en silencio o a quien depende enteramente del cuidado de los demás?”.

El ser humano como criatura abierta a la verdad

León XIV señaló que toda tarea legislativa termina encontrándose con una cuestión decisiva: “qué concepción de la persona humana inspira las leyes y qué tipo de sociedad construyen esas leyes”.

En este sentido, recordó que España posee una memoria histórica particularmente rica, ya que su identidad geográfica y política “se ha ido entretejiendo con una historia en la que la fe y la razón, el arte y el derecho, la tradición y el pensamiento han sabido encontrarse fecundamente”.

Evocando las páginas del Quijote, la hondura espiritual de santa Teresa de Jesús y la inquietud metafísica de Miguel de Unamuno, el Papa afirmó que “España ha sabido mirar al ser humano como algo más que una pieza del orden social, económico o político”. Lo ha reconocido —observó— como una criatura abierta a la verdad, dotada de libertad y movida por una sed de eternidad que ninguna realidad temporal logra extinguir.

La defensa de la vida humana

El Pontífice afirmó asimismo que “la defensa de la vida humana no es una cuestión parcial ni un interés confesional”: “es una meta de civilización”. Toda vida humana, añadió, debe ser reconocida y custodiada desde su concepción hasta su ocaso natural, en cada circunstancia de su existencia. En esta misma línea precisó que “cuando esta certeza se oscurece”, los más vulnerables “son las primeras víctimas y la ley pierde su significado más profundo: servir y proteger a cada persona”. Según el Papa, la grandeza moral de una nación se manifiesta “en su capacidad de acompañar, proteger y amar aquellas vidas que atraviesan mayor fragilidad”.

También alertó de que cuando el bien común “deja de ser horizonte compartido”, la acción pública “corre el riesgo de fragmentarse en intereses parciales, incapaces de custodiar aquello que pertenece a todos”. En este contexto destacó la importancia de la familia, “realidad humana primera y fundamento natural de la comunidad”. En el hogar —afirmó— se entrelazan las generaciones y se transmite una memoria viva que da continuidad interior a la sociedad. Allí donde la familia es sostenida, “se fortalece también la estabilidad espiritual y social de las naciones”. El Papa aseguró que la familia será la primera escuela en la que se aprende la gramática elemental de la convivencia: “recibir la vida, cuidar al otro, perdonar, servir y pertenecer”.

La necesaria respuesta al trágico drama migratorio

El Papa subrayó igualmente el papel decisivo “de las instituciones educativas” donde “las nuevas generaciones pueden aprender a buscar y amar la verdad, a cuestionarse sobre el sentido de la vida y la dignidad de cada persona”.

Por otro parte, dedicó unas palabras al “trágico drama migratorio” porque “interpela hoy la conciencia de las naciones y el fundamento ético del orden internacional”. Esta realidad —lamentó el Pontífice— rebasa cualquier lectura puramente demográfica o económica: constituye una cuestión eminentemente moral y jurídica. Añadió que allí donde una persona es discriminada por su origen nacional, étnico, religioso o lingüístico, o por su condición económica o social, “se vulnera gravemente el principio universal de la igual dignidad de todos los seres humanos”. La situación de los migrantes y refugiados, subrayó, exige una respuesta que mire a las personas, afronte las causas que las obligan a partir y vaya más allá de la mera gestión de flujos. Tal y como explicó, de ahí nace una doble exigencia de justicia social: “ofrecer vías seguras y legales, una acogida respetuosa y posibilidades reales de integración; y promover, al mismo tiempo, el derecho a permanecer en la propia tierra, trabajando para que nadie tenga que abandonar su hogar por falta de paz, seguridad o condiciones dignas de vida, entre ellas las desigualdades económicas y los efectos de la crisis climática”. Asimismo, pidió fortalecer la prevención, el rescate y la asistencia a las víctimas, especialmente en el marco de una cooperación regional y multilateral. Ninguna nación —señaló— puede afrontar por sí sola un desafío de esta magnitud.

La paz exige valentía diplomática

Por otro lado, León XIV advirtió sobre la profunda crisis espiritual y cultural que atraviesa el mundo. En este contexto afirmó que “la paz se presenta como una aspiración política y, más aún, como una verdadera exigencia moral”. En el ámbito internacional, explicó, la paz exige “valentía diplomática, responsabilidad ética y una visión de futuro fundada en el respeto a la identidad de cada pueblo” así como “la obligación de los Estados de resolver sus controversias por los caminos pacíficos que ofrece el derecho internacional”. Las armas, advirtió el Papa, pueden imponer un silencio temporal; pero nunca podrán edificar una paz auténtica y duradera.

El Obispo de Roma alertó de que el desarrollo de las nuevas tecnologías y de la inteligencia artificial en el ámbito militar “exige una vigilancia ética rigurosa, para que las decisiones sobre la vida y la muerte nunca sean descargadas sobre automatismos ni sustraídas a la responsabilidad moral de la persona humana”. La comunidad internacional, añadió, está llamada a redescubrir el valor indispensable del diálogo como camino paciente hacia acuerdos justos y duraderos, fundados en el respeto a los tratados, en la transparencia de la acción diplomática y en la voluntad sincera de anteponer la paz al recurso a la fuerza. Y reiteró que “la pluralidad política no debería degenerar en descalificación permanente del adversario”.

El Papa invitó a los presentes a alzar la mirada para recordar que las decisiones de las autoridades públicas “toca personas de carne y hueso, especialmente a quienes tienen menos fuerza para hacerse oír”. Finalmente, expresó su deseo de que España “continúe siendo tierra de encuentro, de cultura, de solidaridad y de esperanza”.

 

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 14 de junio de 2026 No. 1614