Por P. Prisciliano Hernández Chávez, CORC
Es frecuente en ciertos ambientes la polarización entre buenos y malos; identificarse con un grupo y menospreciar a los demás que son diferentes en su pensamiento y conducta. Así se dan las posturas xenófobas, partidistas o religiosas. La diferencia provoca la exclusión, por el sofisma simplista de la generalización o sin más la descalificación del otro; deporte practicado por los que autojustifican su postura y se consideran autorreferenciales: somos los buenos y los otros los malos, sin mayor objetividad, solo la percepción subjetiva de su justicia.
En tiempos de Jesús, sucedía algo similar: los que se sienten justos practicantes de la ley, centrados en sí mismos y apoyados en su visión parcial: somos justos, los otros pecadores, los pecadores públicos, como los considerados publicanos, como los despreciados recaudadores de impuestos, como Leví, Mateo.
En ese ambiente es inaudito y escandalosamente narcisista, que Jesús comparta la mesa con este tipo de gentes despreciables para los estrechos límites de su justicia.
La postura permanente de Jesús es la misericordia; cumple en su misión la afirmación divina del profeta Oseas, ‘misericordia quiero y no sacrificios, conocimiento de Dios y no holocaustos’ (Os 6, 6). Cocer a Dios es saber que él es compasivo y misericordioso.
En este comportamiento de Jesús se nos ofrece la síntesis del Evangelio, la Buena Nueva de Dios Amor, de Dios Misericordia, del Dios compasivo.
La contundencia de su palabra: ‘no he venido a salvar a los justos, sino a los pecadores’ (Mt 9, 36-10,8); diría yo, a los que se sienten justos y se cierran al amor compasivo y misericordioso de Dios y al amor de los hermanos.
Por eso la Iglesia no puede discriminar; todo cristiano debe tener un corazón misericordioso y compasivo, lento para condenar. Si hay excomuniones, solo existen para manifestar que quien la tiene, es por su empeño y tenacidad de cortar la comunión; los excomulgados, se autoexcluyen de la comunión de fe y de vida de la Iglesia; por eso se les declara simplemente como tales.
Todos estamos invitados a la mesa de amor, de comunión y de amistad con el Dios que se ha revelado en Jesús.
Seguir los pasos de Jesús es caminar en la misericordia; como el Padre es misericordioso, hemos de ser misericordiosos, es decir, tener siempre un corazón para el miserable desde el punto de vista moral, económico, existencial. Ante las parejas rotas, ante los dependientes de la droga, ante cualquier delincuente indeseable.
Por eso es necesario pensar como Jesús, amar como Jesús y servir como Jesús.
Nuestra sociedad en franca decadencia, requiere una palabra luminosa y un corazón cercano y afectuoso.
Pero ante todo y siempre, hemos de ser sinceros y humildes; reconocer en nuestra conciencia y ante el Dios del perdón y la misericordia, nuestro propio pecado. Tener remordimiento no para la autodestrucción, sino para abrir nuestro corazón necesitado de la compasión del Señor. De aquí la importancia de la esperanza, la virtud de la memoria; los santos, progresivamente, bajo la gracia y el Espíritu Santo, reconocen sus imperfecciones que nos parecen mínimas; pero ante la enorme santidad de Dios, no las minimizan, en virtud de ese mismo Amor de Dios, pera que él sea todo plenamente en ellos. Un abismo de nada lleva a un abismo de plenitud.
Iglesia y cristianos misericordiosos, con el Corazón traspasado de nuestro Redentor, fuente del perdón y la misericordia.
Imagen de Nina Lozej en Pixabay

