Italiano para gobernar, inglés para dialogar con el mundo, español para encontrarse con el pueblo. En las lenguas de León XIV también se revela una idea de pontificado.
Por Silvina Pérez – Vatican News
León XIV ha llegado a España cuando se cumple exactamente un año de su elección, mientras el mundo católico sigue tratando de medir el verdadero alcance de su primera encíclica, dedicada a lo que parece ser la gran cuestión antropológica de nuestro tiempo, la inteligencia artificial y la progresiva transformación tecnológica de la experiencia humana.
Quizá no sea casualidad que, precisamente en medio de este debate global, el Papa haya elegido habitar la lengua española.
Desde las primeras horas de la visita, y ya durante el vuelo entre Roma y Madrid, en el diálogo espontáneo con los periodistas que le acompañaban, León XIV se mostró especialmente cómodo en español. Una imagen que inevitablemente remite a aquella primera aparición desde la Logia central de la Basílica de San Pedro cuando, sorprendiendo a un mundo acostumbrado a identificar en la Iglesia una jerarquía lingüística bastante definida, decidió dirigirse a los fieles también en español y no únicamente en inglés.
Basta observar los primeros pasos de su pontificado para advertir que el italiano, el español y el inglés no aparecen en su lenguaje público como simples instrumentos de comunicación universal. Son, más bien, distintos registros del ministerio petrino. Cada lengua ilumina una faceta concreta de su autoridad y una temperatura diferente de su presencia eclesial en el mundo.
El italiano sigue siendo, ante todo, la lengua de la forma romana. Es el idioma de la institución, de la liturgia pública, de la continuidad jurídica y del gobierno cotidiano de la Iglesia. En los motu proprio, en las disposiciones normativas y en los actos de la administración ordinaria, León XIV utiliza un italiano deliberadamente sobrio, casi impermeable a cualquier tentación retórica. Es una lengua funcional, medida, consciente de que Roma no necesita exhibirse para ejercer su autoridad. En ella continúa resonando una antigua convicción católica: el poder más sólido es aquel que no necesita elevar la voz.
El español ocupa un territorio completamente distinto.
Es la lengua de la biografía pastoral, de la memoria misionera y del encuentro directo con el pueblo de Dios. Cuando León XIV pasa al español, el tono cambia perceptiblemente. Las palabras se vuelven más cercanas, más cálidas, menos institucionales. Ya no parece hablar el Pontífice desde la cátedra romana, sino el pastor marcado por la experiencia de las periferias humanas y espirituales de América Latina y por una tradición agustiniana profundamente vinculada a la historia religiosa de España, que dejó una huella decisiva en su formación.
No fue casual que, en su primer saludo desde la Logia central de San Pedro, quisiera dirigirse en español a la comunidad de Chiclayo, en Perú. En aquel gesto estaba contenida una silenciosa declaración de pontificado. Porque en León XIV, estadounidense de nacimiento y también ciudadano peruano, el español no funciona como una simple concesión protocolaria al continente de la misión. Es una lengua afectiva, casi testimonial. La lengua de una experiencia eclesial que considera parte constitutiva de su propia identidad.
El inglés desempeña una tercera función, distinta de las anteriores.
Paradójicamente, aun siendo su lengua materna, quizá sea la menos íntima de su pontificado. León XIV la utiliza sobre todo como el idioma de la interlocución global: el inglés de los organismos internacionales, de la diplomacia multilateral y de los grandes debates contemporáneos sobre la guerra, la economía, las migraciones o la inteligencia artificial. Es la lengua de la interfaz con el sistema mundial contemporáneo.
Así, mientras el italiano construye autoridad institucional y el español expresa cercanía pastoral, el inglés se convierte en la herramienta de una universalidad estratégica.
No es un detalle menor. En una época marcada por la fragmentación cultural y la crisis de los grandes relatos compartidos, León XIV parece haber comprendido que también las lenguas dibujan una geografía del poder y de la misión. El español sigue siendo una lengua atravesada por siglos de encuentros, evangelización, mestizajes y presencia histórica. Una lengua en la que todavía conviven la solemnidad y la calle, la mística y la conversación cotidiana.
Y quizá el Papa intuye que el gran problema de nuestro tiempo no es únicamente tecnológico, sino profundamente espiritual: la erosión progresiva de los vínculos humanos en sociedades cada vez más organizadas por dispositivos técnicos y cada vez menos sostenidas por experiencias compartidas.
También su encíclica puede leerse desde esta perspectiva: como un intento de reconstruir una antropología cristiana en el corazón de una civilización que comienza a delegar incluso la percepción de la realidad en sistemas algorítmicos.
Por eso este viaje a España adquiere una dimensión que va mucho más allá del protocolo.
Porque España sigue siendo, a pesar de las profundas transformaciones culturales y religiosas de las últimas décadas, uno de los pocos lugares de Europa donde permanecen visibles las huellas de una memoria católica profunda, todavía capaz de dialogar con el catolicismo global.
Juan Pablo II expresó la universalidad de la Iglesia a través de la epopeya del viajero. Benedicto XVI interpretó la crisis europea con las herramientas de la inteligencia teológica. Francisco hizo de la misericordia y de las periferias una gramática pastoral.
León XIV parece buscar algo diferente, todavía difícil de definir: una forma de universalidad capaz de atravesar las fronteras culturales sin borrarlas.
Y quizá por eso eligió hablar en español desde el primer día.
Una elección que volvió a hacerse visible durante el vuelo entre Roma y Madrid y que acompañó también las primeras horas de su visita a España. En el diálogo espontáneo con los periodistas que viajaban con él, el Papa se mostró especialmente cómodo cuando respondía en español a los saludos y a las breves conversaciones.
Un detalle mínimo, quizá.
Pero a menudo son precisamente los detalles los que revelan que algunas lenguas se aprenden. Otras, en cambio, acompañan una manera de ser pastor.

