Por Martha Morales

La Palabra de Dios es como un trozo de pan duro remojado en vino, cuando uno lo mastica, sale vino, sin el Espíritu sería sólo pan duro, dice Orígenes.

A veces hay tareas urgentes que no son las más importantes; la predicación de la palabra de Dios -evangelización y catequesis- implica hoy ambos valores: constituye una función básica y primordial de la Iglesia que actualmente tiene caracteres de urgencia.

Desde hace años se viene lamentando la descristianización progresiva de los bautizados y denunciando la ignorancia como causa principal de ese fenómeno de alejamiento de la vida cristiana. Esta ignorancia era para Pío XI “la gran vergüenza de las naciones católicas” y para Pío XII, «como una llaga abierta en el costado de la Iglesia». A esto suman otros factores como la influencia «cultural», con la extensión del ateísmo, materialismo, pluralismo ideológico, el paganismo, el secularismo, la permisividad moral de la sociedad y de las leyes, etc. Es otro ámbito cultural el nuevo «medio» en que hoy vive el creyente. Se ha pasado de un humanismo teocéntrico a un humanismo antropocéntrico que parece querer prescindir de Dios cuando menos. Así surge el desinterés por lo religioso. El creyente, hoy más que en tiempos pasados, está amenazado por la duda, puesto que le cerca la increencia.

La predicación tiene unas exigencias nuevas que no se reducen a suplir ciertas lagunas en conocimientos religiosos, como pudo bastar en el pasado; ahora tiene que ser más vital y «globalizadora», más profunda y personalizadora, que capacite al sujeto a vivir con madurez su fe.

San Juan Pablo II nos ayuda a ser realistas, por eso escribe en la exhortación apostólica Catechesi tradendae: Para muchos bautizados la primera evangelización no ha tenido lugar. Cierto número de niños bautizados en su infancia llega a la catequesis parroquial sin haber recibido ninguna iniciación en la fe… A éstos es necesario añadir otros niños no bautizados, para quienes sus padres no aceptan sino tardíamente la educación religiosa… Además. muchos preadolescentes y adolescentes, que han sido bautizados y que han recibido sistemáticamente una catequesis así como los sacramentos, titubean en comprometer o no su vida con Jesucristo, cuando no se preocupan por esquivar la formación religiosa en nombre de su libertad. Finalmente, los adultos mismos no están al reparo de tentaciones de duda o de abandono de la fe, a consecuencia de un ambiente notoriamente incrédulo» (CT 19).

Nacidos de la Iglesia, no han entrado jamás en su corazón (La 14); no son bautizados en pleno ejercicio, no tienen «uso de la fe» en sus vidas, o quizá carecen totalmente de fe.

Esta ha sido (el no haber acompañado en la fe germinal a los bautizados) una omisión lamentable que está teniendo unas consecuencias muy graves en el pueblo cristiano.

«Todos tienen necesidad de catequesis», dice la Catechesi tradendae, que comienza por los párvulos para llegar a los mayores. Hasta la Edad Media, los destinatarios casi exclusivos de la catequesis fueron los adultos. Ellos transmitían el patrimonio de la fe a las nuevas generaciones. A partir de la Reforma se produjo un fenómeno de inversión: la catequesis se polarizó cada vez más en los niños y los adultos fueron quedando marginados.

Hay que perfeccionarse cada vez más en el ejercicio del ministerio homilético, tanto por la comprensión de la naturaleza y fin de este modo de predicación, como por el sentido realista que se tiene sobre la situación de los destinatarios o condiciones en que se halla la asamblea. Ahora predicamos menos tiempo, pero más veces que nuestros predecesores. La celebración de la Misa se convierte, cada semana, en una ocasión excepcional para prestar el servicio de la palabra.

Tanto para el estudio de la teología como para la predicación, el retorno «sapiencial» a las fuentes, Sagrada Escritura y Santos Padres, es imprescindible (OT 16).

 
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