Por P. Joaquín Antonio Peñalosa

Ahora que el 27 de junio celebramos el Día Internacional de la lucha contra las drogas, habrá de recordar a los miles y miles de jóvenes que practican el deporte, que a la condición física necesitan añadir la condición del espíritu. Porque somos carne con alma. Materia que piensa. La cultura física no existe como tal si falta la cultura psíquica, tal la frase acuñada por los romanos que fueron tan profesionalmente deportistas: mente sana en cuerpo sano. Y no mente enferma en cuerpo sano.

El comité de expertos del Consejo de Europa, reunido en Estrasburgo en enero de 1963, definió el doping como “la utilización de sustancias y de otros medios destinados a aumentar artificialmente el rendimiento de los deportistas, en previsión o en ocasión de una competencia, y que puede provocar un perjuicio para la moral deportiva y para la integridad física y psíquica del atleta”. Según este concepto tan claro y redondo, el problema de las drogas en el deporte es doble: el que atañe a la salud y el que se refiere a la moral. Y en ambos casos es desaconsejable e ilícito.

Desde la antigüedad, los deportistas han sentido la tentación de recurrir a estímulos externos con la esperanza de triunfar en los estadios. Parece que los romanos drogaban a los caballos con agua y miel y que los griegos excitaban los músculos con ungüentos irritables. Pero nunca como en este siglo, el más olímpico de la historia, ha registrado numerosos incidentes en torno a jugadores y equipos profesionales acusados de estimularse con drogas. El doping se ha puesto tristemente de moda.

Ningún campeón auténtico puede fabricarse con pastillas. La destreza, la fortaleza del deportista no proceden de los minutos que dura el efecto de la droga, sino de haber almacenado antes la agilidad y la fuerza con una vida sana, una alimentación higiénica y un entrenamiento justo.

Entre la posibilidad de perder sin drogarse y la posibilidad de ganar con droga, no hay duda en la elección. Lo natural siempre, lo artificial nunca. Lo deportivo que es la higiene y no lo antideportivo que es la droga. El hecho de rechazar la droga es ya un triunfo.

Cuando se drogan los campeones que la juventud entroniza como ídolos y dioses, su mal ejemplo puede cundir a ciertos deportistas. Un ejemplo errado y peligroso cuyos efectos nocivos no se limitan a las personas que así obran, sino que arrastra a tantos por una pendiente de inmoralidad deportiva y desintegración personal.

Triunfar sobre la tentación de las drogas, he aquí el deporte espiritual al que están invitados todos los jóvenes que anhelan un cuerpo sano y una mente sana.

Artículo publicado en El Sol de San Luis, 22 de junio de 1991; El Sol de México, 28 de junio de 1991.

 

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 7 de junio de 2026 No. 1613