Por P. Fernando Pascual
Preparamos un postre, escribimos una carta, donamos sangre, enviamos un paquete con ropa y libros.
Somos capaces de realizar numerosas acciones, y nos gusta llevarlas a cabo nosotros mismos, con nuestro tiempo, con nuestra mente, con nuestro corazón.
Notamos, sin embargo, que no podemos hacer algunas cosas que desearíamos poner en marcha, porque nos falta tiempo, o dinero, o salud, o medios.
Entonces se abre un horizonte nuevo de opciones: gracias a otros podemos hacer muchas cosas que no están directamente en nuestras manos.
Así, al preparar una fiesta, quizá el tiempo no nos permite preparar el postre, pero podemos proponer a un familiar o un amigo que nos haga ese favor.
O quizá estos meses no puedo donar sangre por un problema de alergia, pero puedo invitar a varios amigos a que realicen ese gesto que ayudará a personas concretas y necesitadas.
Aristóteles, al comentar lo que podemos hacer gracias a otros, atribuía buena parte del mérito de eso que harán otros precisamente a nuestra iniciativa: tuvimos la audacia y la confianza de invitar a alguien a acoger un acto que considerábamos bueno y provechoso.
De este modo, las posibilidades de mis acciones se expanden de modo insospechado. Mis ideas y proyectos se hacen realidad gracias a quienes me escuchan, aceptan mis propuestas (muchas veces las mejorarán) y ponen en marcha eso que para mí era casi imposible.
La sorpresa aumenta cuando recordamos que incluso Dios pide, no por falta de poder, sino por un misterio de amor maravilloso, que pongamos en práctica lo que nos propone: visitar a enfermos, vestir a desnudos, perdonar a quienes nos ofenden, dar la vida por los hermanos.
De este modo, Dios también “hace” muchas cosas a través de sus amigos. ¿No afirmó Cristo que quien cree en Él hará obras como las suyas, incluso obras mayores (cf. Jn 14,12)?
Este día, esta semana, mi corazón me mueve a trabajos que, espero, serán de ayuda para otros. Cuando mis fuerzas no puedan alcanzar algunos proyectos, llega el momento de invitar a otros a acogerlos. Muchas veces, con alegría, constataré que el bien que yo no pude realizar se hace concreto y posible gracias a quienes colaboran en planes que les han sido propuestos para servir a quienes más lo necesitan.

