Por Arturo Zárate Ruiz
Es asombrosa la fecundidad de Dios. Son numerosísimas sus criaturas. Ya somos miles de millones los seres humanos, y, si cada uno goza ahora y nuestros antecesores han gozado de su muy personal ángel de la guarda, qué montón de montones de ángeles nos rodean. Pues no sólo existen los ángeles de la guarda, también muchos otros que le sirven directamente a Él, muchos otros más que colaboran en su gobierno del Universo, y otros que cuidan nuestras naciones e instituciones enteras.
Son muy maravillosas estas criaturas. Son espíritus puros, sin limitaciones materiales como los seres humanos, pues nosotros tenemos cuerpo. Ellos solo se ven limitados en el tiempo, por tener un principio, cuando fueron creados, y tienen, además, cada uno, una personalidad y misión que cumplir. Su origen y sostén, como ocurre con todos nosotros y el Universo, es Dios.
Su existencia es una verdad de nuestra fe. Tras revisar su mención en la Sagrada Escritura, santo Tomás de Aquino los clasificó en tres jerarquías, a su vez divididas en otras tres:
Primera Jerarquía (los más cercanos a Dios): serafines, seres de luz pura que rodean el trono de Dios, caracterizados por el amor ardiente y la alabanza continua; querubines, custodios de la gloria divina y símbolos de la sabiduría suprema y la contemplación; tronos, representan la justicia y la autoridad de Dios, son los que sostienen su trono celestial.
Segunda Jerarquía (los gobernantes celestiales): dominaciones, regulan las tareas de los coros inferiores y actúan como puente entre Dios y el resto de los seres; virtudes, encargadas de mantener el orden en el cosmos y dispensar los milagros en la Tierra; potestades, guerreros espirituales que protegen el mundo de las fuerzas del mal.
Tercera Jerarquía (los mensajeros y protectores): principados, guían y protegen a las naciones, reinos y ciudades, supervisando a los líderes mundiales; arcángeles, mensajeros principales de las decisiones divinas y guerreros de la luz (conocemos por sus nombres a Miguel, Gabriel, Rafael); ángeles, los más cercanos a los humanos, son nuestros mensajeros personales, guías y ángeles de la guarda.
Cabe notar que los diablos fueron en algún momento ángeles que se rebelaron. Según leemos en el Apocalipsis, fueron entonces expulsados del Cielo. Se encargó de ello el arcángel San Miguel, el portaestandarte de las huestes celestiales. Posteriormente la Virgen María se encargaría de aplastarle la cabeza a la serpiente. Cristo mismo, por su obediencia al Padre en la Cruz, derrotaría definitivamente a Satanás.
Además de san Miguel, conocemos los nombres de otros dos ángeles: el arcángel san Gabriel y el arcángel san Rafael. San Gabriel es el mensajero y consolador de Dios. Anunció a la Virgen. Consoló a Jesús en la noche del Jueves Santo. San Rafael es un guía y un casamentero. Condujo a Tobías hasta su futura esposa. Amigos míos han alcanzado excelente matrimonio tras encomendarse a este arcángel.
El Catecismo de la Iglesia nos dice sobre los ángeles lo siguiente:
“Desde su comienzo hasta la muerte, la vida humana está rodeada de su custodia y de su intercesión. ‘Nadie podrá negar que cada fiel tiene a su lado un ángel como protector y pastor para conducir su vida’ (san Basilio). Desde esta tierra, la vida cristiana participa, por la fe, en la sociedad bienaventurada de los ángeles y de los hombres, unidos en Dios”.
Y citando las Escrituras, también el Catecismo nos dice:
“Cristo es el centro del mundo de los ángeles. Los ángeles le pertenecen: ‘Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria acompañado de todos sus ángeles…’ Le pertenecen porque fueron creados por y para Él: ‘Porque en él fueron creadas todas las cosas, en los cielos y en la tierra, las visibles y las invisibles, los Tronos, las Dominaciones, los Principados, las Potestades: todo fue creado por Él y para Él’. Le pertenecen más aún porque los ha hecho mensajeros de su designio de salvación: ‘¿Es que no son todos ellos espíritus servidores con la misión de asistir a los que han de heredar la salvación?’»
En fin, también leemos:
“Superan en perfección a todas las criaturas visibles. El resplandor de su gloria da testimonio de ello”.
Imagen «The Triumph Of Christianity Over Paganism», by Gustave Doré en Wikipedia

