Por Martha Morales

Hay que evitar los juicios que pueden herir. Una persona fue a confesarse de haber difamado a su prójimo. San Felipe Neri le dio como penitencia desplumar una gallina y echar sus plumas desde el campanario al vacío. Cuando esa persona volvió para decirle que ya había cumplido su penitencia, el sacerdote le dijo que ahora debía de recoger todas las plumas, a lo que el fiel replicó que eso era imposible porque el viento había esparcido las plumas por todo el pueblo. Entonces San Felipe Neri le dijo: “Eso fue lo que tú hiciste al difamar al prójimo, porque la calumnia pasa de boca en boca”.

¿Qué son los juicios temerarios? El juicio temerario, consiste en pensar mal de alguien porque tenemos un par de datos, pero no tenemos la visión de conjunto y mucho menos conocemos la conciencia de esa persona. Hacer un juicio temerario es juzgar a la ligera, es pensar mal de alguien sin fundamento o con poco fundamento.

A veces nos precipitamos en nuestros juicios y despotricamos. En el Semanario Gaudium, en el n. 137 se lee: “Quienes hablan contra la familia no saben lo que hacen, porque no saben lo que deshacen”.

El pleno derecho de juzgar sobre los corazones de los hombres pertenece a Cristo. Pero a los seres humanos nos encanta juzgar, por eso el Señor nos pide ese pequeño sacrificio de la lengua, el de no juzgar. «No juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados» (Mt 7,1). “Con ese mandato el Señor no prohíbe a unos corregir a otros, pero sí que unos desprecien a otros y los odien, en general, por simples sospechas” (San Juan Crisóstomo). Por eso, una manifestación de humildad es evitar el juicio negativo sobre los demás.

San Agustín en su sermón 46 explicaba: «¿Quién puede juzgar al hombre? La tierra entera está llena de juicios temerarios. En efecto, aquel de quien desesperábamos, en el momento menos pensado, súbitamente se convierte y llega a ser el mejor de todos. Aquel, en cambio, en quien tanto habíamos confiado, en el momento menos pensado, cae súbitamente y se convierte en el peor de todos. Ni nuestro temor es constante ni nuestro amor indefectible». Y en su comentario sobre el salmo 147, 16 decía: «Si el mal ajeno es dudoso, puedes lícitamente tomar precauciones contra él, por si es cierto; pero no debes condenarle como si ya fuera cierto».

Cuando se juzga a alguien, cuando se le critica, cuando se hacen «comentarios» sobre su conducta o sus obras, se juzga sin comprensión, fríamente, y a veces duramente, porque nuestra visión será siempre limitada. Sólo Dios penetra en las cosas ocultas, lee en los corazones, da el verdadero valor a las circunstancias que acompañan una acción. «Hacer crítica, destruir, no es difícil: el último peón de albañilería sabe hincar su herramienta en la piedra noble y bella de una catedral. – Construir: esa es la labor que requiere maestros.» (Camino, núm. 456).

La comprensión, en cambio, es una mirada que va a la profundidad del corazón y sabe encontrar la parte de bondad que existe en todas las personas. Dios es quien conoce las verdaderas raíces de nuestras actuaciones, y comprende, justifica y perdona. La comprensión lleva a juzgar a los demás como quisiéramos que nos juzgaran a nosotros.

Una persona oraba así: ¿Sabes Jesús mío? Lo único que me nace decirte es: perdónanos las veces que se nos va la lengua en comentarios que no tenemos derecho a hacer, porque como tú dices:…»con el mismo juicio con que juzguéis habéis de ser juzgados y con la misma medida con que midáis, seréis medidos.»

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