Por Jaime Septién
Los que ya somos mayores y hemos tenido el regalo inesperado. tanto como maravilloso, de los hijos y los nietos (en el caso de Maité y de un servidor son dos nietas), haríamos bien en pensar, como escribe el poeta irlandés Louis MacNeice, en “dejar a mis amigos (a mis hijos, a mi familia) una ración de pan e ingenio para defenderse en los días negros de pasión nihilista que se cierne sobre nosotros.”
Nos despedazamos por dejarle una ración de pan, pero muy pocas veces lo que llama MacNeice una “ración de ingenio”, que no es otra cosa que una medida bien apretada, llena hasta los bordes de cultura, capacidad de comprensión, habilidades para vivir en sociedad, construir la paz y trabajar por el bien común, virtudes que no se venden en el mercado, que no se compran en la miscelánea de la esquina, que rebasan, por mucho las dádivas del gobierno o los sueldos del patrón.
Se suele confundir el ingenio con los recursos económicos para tenerlo. Cosa más disparatada no puede haber. Todos hemos conocido modestísimos padres y madres de familia que han sabido transmitir a su familia esa capacidad de ver la belleza, de disfrutar de una narración, de elaborar un juicio sobre lo que es bueno y verdadero. Esos hijos, con poco que se lo propongan y mucho que admiren la experiencia, van a tener las armas para “defenderse en los días negros” en los que la “pasión nihilista”, es decir, la vocación de sentirnos sin esperanza, sin horizonte, sin piso, y con ganas de echar todo por la borda, se les venga encima.
¿Dónde tomar ese impulso para dejar la necesaria “ración de ingenio” de la que habla MacNice? De donde él mismo la tomó: de la belleza del mundo y de los valores del cristianismo.
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Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 14 de junio de 2026 No. 1614

