Por P. Fernando Pascual
Lo vemos como algo normal, incluso necesario: miles de libros, artículos y publicaciones de todo tipo repiten lo que dicen otros.
Así, un estudio científico suele recoger informaciones de estudios ya publicados en libros o artículos y, a partir de ellas, aumenta o corrige los datos: sobre una medicina, sobre una parte del ADN humano, sobre la formación de un volcán, sobre la utilidad de un metal para nuevas tareas técnicas.
Quien repite lo que dicen otros supone que ha sabido identificar textos válidos, capaces de ayudarle en sus investigaciones para conocer mejor un ámbito del saber humano.
Como es obvio, no resulta fácil controlar lo que otros han publicado. Normalmente se supone, por ejemplo, que los estudiosos del texto recogido han sido honestos y serios, y que sus resultados han de ser tenidos en cuenta.
Igualmente, debería ser obvio que no todo lo afirmado por otros tiene el mismo valor. Hay textos publicados por importantes revistas científicas que contienen errores o inexactitudes, y lo que ofrecen merecería ser corregido o, incluso, rechazado.
Pero basta con ver la enorme cantidad de notas de algunos estudios para darnos cuenta de lo difícil que resulta controlar las afirmaciones de aquellos estudios que son citados en un trabajo científico.
A pesar de estas dificultades, el hecho de repetir lo que dicen otros muestra esa confianza humana que nos lleva a aceptar y divulgar informaciones ajenas, puesto que la mayoría de los saberes que tenemos a nuestro alcance nos llegan precisamente porque unos repiten lo que dicen otros.
Esa confianza no garantiza un acceso absoluto a la verdad: los mismos investigadores saben que lo que hoy se considera como válido mañana podrá ser puesto en discusión gracias a nuevas investigaciones. Pero al menos nos sirve, en el presente, para acoger un número enorme de informaciones que, esperamos, sean de ayuda para abrirnos a verdades sobre temas que deseamos conocer de la mejor manera posible.
Imagen de StockSnap en Pixabay

