Por P. Joaquín Antonio Peñalosa
No tenemos cuerpo, somos cuerpo. El cuerpo forma parte esencial de nuestro ser, es nuestra forma de estar en el mundo, el medio para relacionarnos con los demás, la expresión ineludible de nuestro yo personal. Vivir es tener cuerpo, morir es dejarlo. Nadie puede conocer a fondo lo que pensamos o queremos; pero cualquiera nos reconoce no más viendo nuestro cuerpo, como que ojos vemos y corazones no sabemos.
El relato de la Biblia nos presenta a Dios moldeando cuidadosamente el cuerpo del varón y, al finalizar su obra con la creación de la pareja humana, “vio que era muy bueno”. Obra perfecta y delicada, el cuerpo humano resplandece al natural mucho más que en la admirable pintura de Adán con que Miguel Ángel inflamó luz a la Capilla Sixtina.
Este mundo de hoy es un terrible coctel de claros y de oscuros. Desprecia el cuerpo humano porque lo tortura, lo violenta y lo destruye, no solo con las armas, sino también con las drogas—este suicidio plenamente voluntario—, y con el hambre de millones cuyo cuerpo, por culpa de la injusticia, se reduce a huesos forrados de piel.
Frente a la destrucción del cuerpo, urge su idolatría. Es claro que debemos fomentar salud y cuidados, aseo y pulcritud, armonía y belleza. No hay mente sana sin cuerpo sano. Pero priva hoy un exagerado culto del cuerpo, como lo confirma la pertinaz y desorbitada publicidad para atenderlo y hermosearlo.
Es la hora triunfal de la mal llamada “estética”, los dudosos sitios de masajes, la gimnasia reductiva, la sauna, la insaciable cosmética que ofrece un sinfín de sustancias como una de las industrias de futuro asegurado, el bronceado en largas sesiones de playa, la lucha insomne contra la adiposidad y el ideal de estar en buena forma cueste lo que cueste.
¿Son proporcionados los gastos de todo este arsenal de cremas, tintes y lociones y demás técnicas refinadas para conseguir una perfecta tonalidad en la piel y en el cabello y una figura de semiestrella de cine, cuando existen otras urgencias tan graves como el mundo de los muertos de hambre? ¿Es ético vivir para el cuerpo y no para el espíritu? ¿Cuidar el forro, pero descuidar lo que va dentro? “Cabecitas hermosas, pero sin sesos”, decía el viejo poeta.
Al cuerpo todo lo que pida. Pero nada o casi nada a la mente y al corazón. Por eso andan por la vida cuerpos garbosos en un alma oscura y raquítica. Mucho continente y nada de contenido.
Ni odio, ni idolatría al cuerpo que somos. Pero aquí, como en la frase revolucionaria: Dad al cuerpo lo que es del cuerpo y al espíritu lo que es del espíritu.
Artículo publicado en El Sol de México, 4 de octubre de 1994; El Sol de San Luis, 4 de octubre de 1994, reproducido en el mismo medio el 22 de octubre de 1994.
Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 19 de julio de 2026 No. 1619


