Por P. Prisciliano Hernández Chávez, CORC.

Quizá condicionados por lo espectacular se podría tener la visión inadecuada del proceder de Dios. Dios actúa con su poder omnipotente y omnisciente en el microcosmos y en el macrocosmos, cuyo conocimiento nos sorprende y provoca en nosotros el principio filosófico, según Aristóteles, de la admiración, -thaumasmós.

Dios procede en lo pequeño y a nuestros ojos, insignificante. Se necesita paciencia y tiempo para conocer los procesos que se inician en lo pequeño y terminan en lo grande, más allá del orden natural, el estilo sobrenatural de Dios.

Así a través del lenguaje sencillo y extraordinario de las parábolas de Jesús, nos instruye de este misterioso, humilde y efectivo proceder de Dios. La mostaza, la más pequeña de las semillas, se convierte en un grande arbusto.

Un discípulo de Jesús debe valorar lo pequeño. No se trata de ser una Iglesia poderosa, una orden religiosa o una secta con ínfulas de grandeza. La fuerza de Dios, no se debe buscar en el éxito o en la superioridad; se corre el peligro de ser neopelagianos: nosotros los buenos, nosotros los sabios, nosotros los ortodoxos, nosotros lo mejor de lo mejor, por nuestra competencia y sagacidad. Parece que la postura farisea y escriba nos persigue con solicitud y asiduidad, para acariciar simplemente la soberbia.

Por otra parte, la levadura que Dios introduce en nuestra sociedad humana; Dios impone su ‘fermento’ sin imposiciones despersonalizadas y despersonalizantes desde fuera. Dios transforma nuestra vida de modo silencioso, constante y humilde.

Esa levadura silenciosa de Dios actúa en el mundo por la verdad y la justicia, cuyo inicio y culmen es el Amor, así con mayúscula.

Solo una Iglesia en sus miembros, pastores y laicos, en su actuar, siempre humilde y carente de pretensiones de poder y de éxito mundanos.

Si Dios procede con humildad en el interior de toda persona humana con la buena semilla en el alma y en la conciencia, susceptible de crecimiento, sin embargo, el demonio mil máscaras y mentiroso, actúa de todas las formas posibles sembrando su cizaña, la mala semilla; solo así logra sus propósitos, ‘este enemigo de natura humana’, como nos enseña san Ignacio de Loyola. No olvidemos que el ángel caído, homicida desde el principio, se disfraza de ‘ángel de luz’ para contravenir el proyecto de Dios explotando el complejo de los buenos, de los doctos, de los que se vuelven necios machacando sus mentiras.

No olvidemos que nuestras conciencias y el mundo, es un campo que puede ser sembrado con la oposicionalidad destructiva, de la cizaña. Cuántos ideales venidos a menos por las mediocridades; cuántas generosidades apagadas con el frío de la mezquindad.

Esto no nos permite condenar a nadie; la paciencia de Dios debe estar presente siempre en nuestra actitud paciente y de discernimiento prudente y sabio.

Ya vendrá la cosecha del final; ya aparecerá plenamente la victoria de Jesús, el buen sembrador, la participada a los que asumieron la enseñanza de sus Bienaventuranzas: bienaventurados los que tienen corazón de pobre, los que lloran, los que sufren los que fueron pacientes en los momentos oscuros de la vida y no perdieron la esperanza.

 
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