Por Jaime Septién

No es bueno que el cristiano tenga “cara de vinagre”, como solía decir el papa Francisco. Tampoco debe ser un bobalicón que se ría de todo. Francisco de Sales, Tomás Moro, Felipe Neri, Ignacio de Loyola, Teresa de Ávila, Teresita de Lisieux, Juan XXIII, han tenido un excelente sentido del humor… y han logrado la santidad.

De Juan XXIII se narran muchas anécdotas. Él mismo las contaba con una gracia campesina subyugante. En un librito que reúne pasajes de su vida, escribe: “El Espíritu Santo me ha elegido. Se ve que quiere trabajar solo”. Cuando convocó al Concilio Vaticano II, un grave monseñor de la Curia Romana fue a decirle que era imposible realizarlo en 1963. Su respuesta fue: “Muy bien, entonces lo haremos en 1962”.

Kierkegaard consideraba al humor (no a la broma, a la ironía, al sarcasmo, a la burla o al pastelazo) como “la más extrema aproximación del hombre a lo propiamente cristiano religioso”, mientras que Henrí de Lubac aconsejaba: “En medio del sufrimiento, mírate con humor de vez en cuando, para escapar del veneno que destila. Créeme, es un remedio más efectivo que cualquier combate heroico.”

Quizá una de las características principales del humor cristiano sea el no tomarse muy en serio a uno mismo. No hay cosa más ridícula que el orgullo, ese tábano que pica al corazón y corroe la sonrisa. Primero hermano de la vanidad, del sentimiento de superioridad y de la estupidez. Familia peligrosa. Porque —como anotaba en Experimentar a Dios en nuestra vida el teólogo húngaro Ladislao Boros—: “El hombre que tiene sentido del humor ama al mundo, a pesar de sus imperfecciones, lo ama incluso en ellas. El amor es siempre un ‘sí’ a lo que existe, es una alegría auténtica por el ser. De esa forma, el amor que el humor tiene por el mundo es al mismo tiempo alegría del mundo, gratitud a Dios por dejarnos vivir en este mundo imperfecto”.

 

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 26 de julio de 2026 No. 1620

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