UNA REFLEXIÓN DE LA IA DESDE LA BIOÉTICA IV
Por Marieli de los Rios Uriarte
Habitar un espacio no es solo colocar la presencia física y agilizar el movimiento espacial; habitar va más allá, tiene que ver con ubicar las coordenadas geográficas y existenciales donde nos encontramos y, desde ahí, elegir cómo habitar, desde dónde y hacia dónde movernos. Este sentido no es solo estar o permanecer en el tiempo, sino llenarlo.
¿Cuántas veces no “estamos” en un lugar determinado, pero no lo habitamos? Habitarlo implica colocar no solo nuestro cuerpo físico, sino también nuestra alma, nuestro espíritu, nuestra psique y, sobre todo, nuestro corazón.
Tampoco nos referimos con “habitar” a esas tendencias actuales referidas como mindfulness, que, si bien son buenas en sí mismas, sus efectos no duran mucho tiempo. Colocar el corazón en algo atraviesa no solo los quereres y los afectos, sino toda la voluntad, es decir, aquello que nos mueve, que nos inspira, que se nos dibuja como horizonte y que ejerce en nosotros una fuerza de gravedad lo suficientemente grande y poderosa para que todo lo demás se ordene a la consecución de esto.
En términos ignacianos le llamamos “Principio y Fundamento”, pues es aquello que no solo nos originó —cronológicamente hablando—, sino que nos sostiene y atraviesa cada momento y cada circunstancia de nuestra vida. Nuestro primer amor y nuestro amor definitivo. Por eso, habitar es encontrarse en un lugar y en un espacio desde el cual se puede optar, y desde el cual el criterio para elegir se torna más nítido y contundente.
Ahora bien, los seres humanos, frente a las cosas que nos rodean, a veces solo estamos en medio de ellas, a veces pasamos de largo y, en muy pocas ocasiones, nos detenemos y las habitamos. El tiempo acelerado de nuestras vidas no nos permite habitar espacios; por ende, no nos permite colocar el corazón y la vida toda en ese primer amor.
El dilema ético de la revolución tecnológica
Cuando acontecen fenómenos que representan verdaderas revoluciones y cambios de paradigmas, como lo ha sido el auge reciente de la inteligencia artificial (IA, en adelante) en nuestras vidas y sus numerosas funciones ahorradoras de procesos lentos, tardíos, erráticos e insuficientes, no podemos pasar de largo como lo haríamos con cualquier otra cosa sin importancia.
La inteligencia artificial ha sido no solo un enorme descubrimiento, sino, tal vez, uno de los mayores bienes que nos han sido dados para que decidamos qué hacer con él y cómo usarlo. Con la inteligencia artificial se pueden prevenir desastres y salvar vidas; se pueden diseñar estrategias de intervención para paliar el hambre en el mundo, para encontrar respuestas a preguntas milenarias o para hacer cálculos sobre recursos que sean suficientes para todos. Asimismo, permite enviar ayuda humanitaria a donde no llegaría por las limitantes del terreno, controlar epidemias, encontrar nuevas curas y desarrollar fármacos más eficaces, etc. Pero también se puede usar para matar, declarar la guerra, tirar bombas, construir más armas nucleares, acabar con el medio ambiente, acumular la riqueza de unos cuantos, despreciar, excluir, discriminar, aumentar la desigualdad y dejar sin acceso a educación, trabajo, techo y comida a muchísimas personas.
La IA se nos presenta hoy no solo como una realidad, sino como un espacio que ha ido ganando terreno en las ya muy ocupadas vidas que tenemos. No es solo un recurso; para muchos se ha vuelto lo que define su vida, su propósito, su horizonte, su opción fundamental. Aquello por lo que se la juegan en la vida. En esa confusión, no solo le van cediendo su libertad, sino también su voluntad. La lógica del progreso y del autodesarrollo de la IA va pasando factura mientras el “estar” de muchos va acomodándose e instalándose.
Recuperar la soberanía del corazón humano
Por esto es primordial regresar y reaprender a habitar los espacios y, ahora, a habitar la IA. No es ella la que nos debe habitar, sino que somos nosotros los que debemos hacerlo. El tiempo apremia.
La IA debe ser habitada no desde sus mismos algoritmos o sus muchos sesgos, sino desde el corazón humano, ahí donde lo indescifrable de la vida se vive y no se calcula, ahí donde la lógica se vuelve ilógica y ahí donde los afectos no se pueden predecir. Porque es desde el corazón humano que los espacios no solo se llenan, sino que se habitan.
Habitar la IA significa, entonces, tomarla como lo que es: un medio para la consecución de un fin más grande. Es habitándola como podemos discernir y elegir que, en lugar de abrir más desviaciones, acorte las desigualdades; que, en lugar de menospreciar y juzgar, conecte e incluya; y que en vez de erosionar nuestra Casa Común y consumirla, la repare y conserve.
Humanizar la técnica desde la empatía
Habitar la IA es saber dejar que el corazón hable antes de que el algoritmo y que, incluso, vaya en contra del paradigma de la eficiencia, del control, del capital acumulado, del aislacionismo… solo el corazón conoce de opciones fundamentales.
Habitar la IA es cuidar que sirva y no que domine, dotarla de solidaridad y no de egocentrismos. Hay que habitar la IA y volverla un lugar habitable para todos.
Situarse en estas coordenadas existenciales frente a la mentalidad progresista en general, y a la IA en particular, nos da la libertad necesaria para decidir sobre ella, para humanizarla —no porque ella se humanice, sino porque los fines para los cuales la usamos son y deben ser humanos—. Estos fines vienen y deben venir del corazón de cada persona, lugar sagrado donde se pone en juego nuestra opción más fundamental.
La autora es fundadora y consultora de Servicios de Consultoría en Bioética y Ética Clínica (SECOBIE). Para más información sobre sus servicios, secobiec@gmail.com
Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 28 de junio de 2026 No. 1616


