Por Martha Morales

San Marcos evangelista narra cómo unos amigos le ayudaron al paralítico a llegar a Jesús y abrieron el techo para que Jesús lo curara (2, 1-12). Mi vida, ¿nutre y beneficia a los demás? A lo mejor no se acercan a nosotros porque estamos llenos de “espinas”, lamentaciones y quejas.

Todos tenemos algo valioso que compartir. Andrés conoció al Señor llevó a su hermano Pedro a Jesús, y Ananías llevó a Pablo a Jesús. Dios se vale de instrumentos para ayudarle a formar discípulos. En todos los ámbitos podemos hacer apostolado para que el Espíritu Santo nos use.

En su 2ª Visita a México, el San Juan Pablo II dijo, en San Juan de los Lagos: Cada uno de vosotros, jóvenes amigos, sois los predilectos de la creación de Dios. Por eso habéis sido capacitados por Dios para inundar la tierra de su gloria, de su amor, justicia, vida y verdad (…) Jóvenes de México, no destruyáis vuestras cualidades y valores poniéndoos al servicio de los poderes del mal que existen en el mundo (8 de mayo 1990).

A veces no conocemos nuestra grandeza: El soldado más pequeño de Jesucristo puede tumbar al Goliat más grande de Satanás.

En la pintura, El encuentro; Jesús mira a Mateo y extiende su mano: “Sígueme”. Entre ellos se produce un encuentro, un fenómeno de gran riqueza antropológica. Algo, que en el fondo, nos supera. A las personas accedemos así. No a través de lógicas demostraciones, sino mediante el encuentro. Una persona no es demostrable, es “encontrable”. Y lo mismo pasa con Jesús. Un verdadero encuentro no basta con la mera presencia física; no es algo puramente mecánico, biológico o psicológico. Requiere tomar postura respecto a los que reclama nuestra atención. El encuentro no es algo que se pueda imponer, que se pueda confeccionar, planificar o arreglar, es algo imprevisible. El encuentro nos capta, nos sorprende, tiene un carácter irreductible, posee algo de único, de irrepetible. Y esto, porque el ser humano es así: libre e irreductible. En el cuadro, se ve que Jesús se hace el encontradizo, pasaba por allí. No fue algo que Mateo haya planificado. Caravaggio capta magistralmente los “instantes”: “fotografía” el instante más importante en la vida de Mateo. Hay aquí un encuentro entre lo divino y lo humano.

Siendo la vocación un fenómeno enteramente sobrenatural, que Dios concede a quien quiere y cuando quiere, serán muchos quienes –sin una particular vocación divina- darán testimonio cristiano en medio del mundo, gracias a la formación que recibieron.

Gozaremos de Dios cuando nos llame, pero ya gozamos de Él en la Eucaristía, en la Confesión y en convivencia. Somos instrumentos de la misericordia de Dios o podemos serlo.

Si vemos los planes apostólicos con Dios, esos planes son divinos, y saldrán si Dios quiere. Las cosas factibles se piden al panadero, al cartero; las imposibles, los niños se las piden a sus padres.

Cuando ayudas o consuelas al prójimo, consuelas a Jesús, él lo ha dicho. Nuestros mejores esfuerzos deben estar dirigidos a mover la misericordia de Dios. Él lo quiere así. -El Señor hizo apostolado en todo momento de su vida, hasta en el suplicio del madero. Salvó al Buen Ladrón. Nosotros no estaremos tan extenuados.

Amar es lo más importante. Pedirle al Señor querer mucho a la gente, y quererla con su Corazón. Sentir el enamoramiento que Dios tiene por cada uno, que no es un sentimiento, es una certeza. El día que no hagamos apostolado estamos perdiendo el tiempo. Es tan importante como ir a Misa, es básico.

María fue el discípulo perfecto, nos enseña cómo escuchar, cómo creer, cómo actuar. Ella lo llevaba en su corazón.

 
Imagen de Cristian Vazquez en Pixabay