Por Arturo Zárate Ruiz
Nací en tiempos en que tener muchos hijos era hacer patria. Si fuimos tres hermanos, y no ocho o veinte, fue porque mamá batalló mucho para tener chamacos.
El caso es que llegó el control natal. No sólo se redujo entonces la natalidad, muchos mexicanos le agarraron gusto a tener pocos hijos, e, incluso, a no tenerlos. Eso de cuidar chamacos conlleva mucho trabajo y, digámoslo, también no pocos berrinches.
Ahora sufrimos una implosión o colapso demográfico. Consiste en la caída drástica y sostenida de la natalidad combinada con el envejecimiento poblacional, que provocan una reducción o estancamiento de habitantes y tensiones económicas, ya que hay menos personas en edad de trabajar para mantener los sistemas de pensiones y salud de los adultos mayores.
La tasa de natalidad para reemplazar la población que muere debe ser al menos de 2.1 por mujer. Ahora en México es 1.6, más baja que en Europa, que también envejece y fenece, por no haber niños. Las consecuencias son, entre otras, las siguientes:
Si a mí todavía me tocó recibir jubilación, hoy quien se retira tras muchos años de trabajo, sólo recibirá su cantidad de salario, cuando mucho, por tres años. Si no se muere para entonces, lo único que le quedará es la pensión universal de “Bienestar”, muy reducida incluso hasta para los más pobres, y sin extensión, en su cobertura, para el esposo o la esposa.
Entre más envejecemos, más se incrementan los gastos médicos. Las instituciones gubernamentales de salud no cuentan con medicamentos, salvo el paracetamol, aunque nuestros líderes presuman “otros datos”. Al paciente se le dice, “aquí tiene su receta, y compre usted sus medicinas afuera en una farmacia privada”. Un simple parto de mi hija costó, hace varios años, 40 mil pesos, sin hablar de la hospitalización. Quienes todavía trabajan buscarán medios para pagar esos costos, pero quienes no cuentan con otro ingreso que la pensión de los viejitos, que los ampare Dios, o que se mueran más pronto porque así le conviene al Estado, para no tener que responder por descuidar la salud de la población.
Ahora que una abundante población trabajadora se retira o se pensiona por su vejez, no hay suficientes jóvenes capaces quienes los sustituyan en los empleos. Aunque sean ahora pocos los niños, hay paradójicamente un mayor déficit de maestros que se encarguen de ellos en las escuelas. Se explica esto porque la población de maestros se ha reducido más que la de los niños, aunque nazcan pocos. Y así con muchas otras profesiones.
Entre ellas, no parece crecer la “profesión” del sacerdocio, que, aunque más bien sea una vocación que responde a una llamada de Dios, requiere de los así llamados una respuesta libre, difícil de dar cuando los hijos de una familia son pocos y se les educa muchas veces para seguir los pasos deseados por sus papás, ya de abogados, de médicos o de ingenieros de “prestigio”.
La implosión demográfica, pues, afecta al sacerdocio. Entre todas las “profesiones”, es la única necesaria para nuestra salvación, pues es el sacerdote quien administra los sacramentos, celebra la misa, y, en resumen, nos alimenta con Jesús y su Palabra.
Oremos, por tanto, por las vocaciones sacerdotales, y también por las religiosas. Promovamos además, sí, la explosión demográfica. No sólo con ella volveremos, Deo volente, a gozar de muchos sacerdotes. También de jóvenes, y lo digo en serio, que financien las pensiones de los viejos que ya no puedan trabajar. Sin ellos nos arriesgamos a vivir según el relato de ciencia ficción Un mundo feliz. En él los muchachos se deshacen de los ancianos por considerarlos “inútiles”, y además viven drogados para no pensar en la expectativa de que a ellos esa despreciada vejez los alcanzará.
Encomendémonos, en fin, a san Joaquín y santa Ana, abuelos de Nuestro Señor y protectores de todos los viejitos —¡oh!, perdón—, de todos los adultos mayores, como se dice ahora. Y que san Valentín y san Antonio de Padua enciendan el amor de las parejas para que se casen y además tengan muchos, muchos hijos, más que Adán y Eva.
Imagen de Joshua Choate en Pixabay



