Por Rebeca Reynaud
En la formación es imperativo tomar la forma de Cristo, por eso la formación no termina. ¿Quién nos da la forma de Cristo? El Espíritu Santo. El artista instrumentos para dar la forma de Cristo. Hay dos conceptos básicos. La materia y la forma. La materia de un jarrón puede ser el barro. La forma hace que la materia se convierta en lo que es.
La forma que no queremos dar a las personas es la nuestra. Cuando tenemos claro que la forma que debemos dar es la de Cristo, yo pongo el corazón, pero en el camino yo desaparezca. No quiero sustituir a quien debe reinar (José Andrés Carvajal).
Los bautizados tenemos una llamada a la santidad: Esto debe de estar en la base de cualquier formación. Para ello necesitamos una educación específica y cierta madurez humana y sobrenatural. A la entrada de la universidad de Salamanca hay un letrero que dice: “Lo que natura no da Salamanca no lo otorga”.
La familia tiene el derecho y el deber de educarnos, de darnos el alimento oportuno para que podamos alcanzar el fin de nuestra vocación. “Eres lo que comes”, dicen; también en el terreno espiritual, cada uno es responsable de cómo alimenta su inteligencia.
No consiste esa formación sólo en conocer los distintos aspectos de la educación integral se trata de incorporarlos a nuestra vida. Una educación que no se hace vida es como el sol de invierno: da luz, pero no calienta.
Luego se trata de tener iniciativas para asimilar mejor la formación: Leer, estudiar, tomar cursos y, a ratos, leer el Catecismo de la Iglesia, don de Dios.
“La estatura moral de las personas crece o disminuye según las palabras que pronuncian y los mensajes que eligen oír” (Juan Pablo II, a comunicadores 2004).
Podemos que ser tomistas como Santo Tomás era aristotélico, decía un profesor, que sepamos sacar lo bueno de los autores, así lo hacía San Juan Pablo II y el filósofo Leonardo Polo.
Dios, nuestro Padre, ha previsto desde la eternidad todo un plan, perfecto, detallado y concreto, para formar en nosotros la imagen de Cristo, por eso hay que dejarnos formar por Dios, educar por Él y por la Virgen, para ello, acudir a la Eucaristía y a las devociones marianas.
“Como el barro en manos del alfarero, así sois vosotros en mi mano” dice el Señor a través del profeta Jeremías (18,6). Somos de barro, el Señor es el alfarero. Los padres y directores son como las manos de Dios. Siendo dóciles y humildes, llegaremos a ser “vasos de honor” (Rom 9, 20); con la fragilidad del barro, pero con la dignidad y eficacia de los instrumentos de Dios. “Señor, con tu gracia, con la ayuda de Nuestra Madre del Cielo, yo, que me encuentro aquí, en esta gran red, en esta gran barca de la Iglesia, dejaré que las manos de mis padres y directores me moldeen, para hacerme hermoso en tu presencia, fuerte, recio, eficaz. Para tener, de veras, en toda la vida interior y en el trabajo externo, ese bullir limpio, sobrenatural, de la sangre de familia” (San Josemaría Escrivá).
Pedir con sencillez que nos aclaren lo que no entendemos. Es necesario que nuestra formación continúe durante toda la vida. Como el médico, tiene que leer continuamente sino se queda atrás, también nosotros debemos de estar al día en temas de actualidad. Esta responsabilidad se manifiesta en esforzarse por recibir los medios de formación con puntualidad, en poner atención e interés (anotar), y luego, meditarlos en la oración.
Para ampliar el tema consultar: Algo grande y que sea amor:

