Por José Ignacio Alemany Grau, obispo Redentorista

Reflexión homilética 5 de julio de 2026

Domingo XIV del tiempo ordinario – ciclo A

En este domingo la liturgia intuye que, por la humillación de Jesús, Verbo encarnado, llegaremos todos a la verdadera alegría que brota de la liberación de todo pecado.

Zacarías

El profeta invita a los israelitas a la alegría:

«Alégrate, hija de Sion».

El motivo más importante de esta alegría es la mirada del profeta que descubre a lo lejos al Mesías, «modesto y cabalgando en un asno, que en sus limitaciones destruirá los carros de Efraín y los caballos de Jerusalén» y su victoria llegará «de mar a mar y del gran río al confín de la tierra».

De hecho, la humildad de Jesús nos librará del pecado y de la muerte, gracias a su resurrección.

Salmo 144

El salmista nos invita a bendecir el nombre de Dios por siempre:

«Te ensalzaré, Dios mío, mi rey; bendeciré tu nombre por siempre jamás».

A continuación, exhorta a todas las naciones a glorificar al Señor, sobre todo por su clemencia y misericordia… «Día tras día te bendeciré y alabaré tu nombre por siempre jamás».

La alabanza del hombre para con Dios glorifica al Señor y lo hace benévolo para con sus criaturas.

San Pablo

En su «Carta a los romanos» nos aclara que la vida del cristiano no está «sujeta a la carne sino al Espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en vosotros».

Con humildad de corazón y con mucha fe debemos tomar conciencia de la importancia del Espíritu que, en fin de cuentas, es el mismo que resucitó a Jesucristo, el hombre-Dios y habita en nuestros corazones.

Es importante sacar esta consecuencia de Pablo: «Así, pues, hermanos, estamos en deuda, pero no con la carne para vivir carnalmente pues si vivís según la carne vais a la muerte».

La invitación del apóstol es para vivir con el Espíritu, dando muerte a las obras del cuerpo: «pues si con el Espíritu dais muerte a las obras de la carne, viviréis».

Procuremos durante toda nuestra vida estar abiertos al Espíritu para no caer en el pecado.

Verso aleluyático

Nos hace pensar en las maravillas que repetiremos en el Evangelio:

«Bendito seas, Padre, Señor de cielo y tierra porque has revelado los secretos del reino a la gente sencilla»: La sencillez garantiza la presencia de Dios en el corazón de su criatura.

Evangelio

Es como un suspiro de amor de Jesús hacia el Padre a quien alaba con estas palabras:

«Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, así te ha parecido mejor».

Tengamos siempre presente que son los sencillos los que, con su humildad y amor, roban el corazón del Padre. Es entonces cuando podemos conocer la grandeza y divinidad del Padre y la majestad del Hijo.

Jesús termina glorificando al Espíritu Santo, tercera Persona de la Trinidad Santa, con estas palabras:

«El Espíritu del Señor está sobre mí y me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres».

Que el Espíritu del Señor conduzca siempre nuestra vida hacia la felicidad y la paz eternas.

 
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