Por P. Joaquín Antonio Peñalosa
El verbo robar es un verbo regular, como que regularmente lo usamos, así aparezca como verbo irregular: Yo robo, tú desplumas, él carrancea, nosotros bolseamos, vosotros atracáis, ellos dan el aletazo. Bien dice un antiguo refrán mexicano que “solo la cruz no roba”. ¿Por qué? Porque no puede mover los brazos, que quienes pueden moverlos, pues los mueven.
Unos son ladrones profesionales y otros amateuristas. Unos roban por oficio y otros por afición. Se puede robar escalando muros y poniendo en peligro el pellejo con todo lo que lleva dentro, o vestido de casimir gris-oxford desde una oficina ejecutiva sin poner pistolas en el pecho ni exponer el físico.
Los rateros-rateros (El Tocas, El Silbido, El Puerco Espín) suelen pasarla bastante mal, a salto de mata, haciéndose ojo de hormiga ante los Cuerpos de Seguridad que siempre vigilan. Pero los rateros-no rateros (Don Próspero Trespalacios, Don Abundio Castillo, el señor Guttemburg y Asociados), todos ellos muy blancos, por aquello de los sepulcros blanqueados, pasean su honra y fama con la frente muy en alto. Cara al sol con la camisa nueva. Vamos, que ni su mujer se las huele.
Entre estas artes sutiles y refinadas del robo que no deja huella —sino en la conciencia, con lo que basta y sobra—, ponga usted a la cabeza del desfile a quienes en el comercio dan gato por liebre; porque no dan por el precio estipulado, ni la calidad ni la cantidad debida. Qué tal si el comprador les pagara menos.
Añada usted cierta publicidad pintarrajeada y mendaz, y por lo mismo ladrona, que pondera virtualidades y excelencias que el producto no contiene; pero que atrapa a los crédulos y les saca el dinero de la bolsa con prestidigitación a la alta escuela. Cosméticos, cuántos robos se han cometido en tu nombre. Robo es también el préstamo con intereses desmedidos y mucho más cuando el usurero abuse de la gente necesitada.
Ladrones graduados con honores son los intermediarios que, al bloquear el comercio directo entre productor y consumidor, acaparan ganancias sin trabajo ni riesgo. Puro “venga nos tu reino”. Roban los que en tiempo de escasez o ante una posible alza, ocultan los artículos, así sean los de primera necesidad, para ofrecerlos en el mercado negro a precios de satélites espaciales sin que les importe la angustia del pueblo. Ah, los inefables ladrones en cadena que buscan clientes a los amigos para partir luego las ganancias.
No es menos robo desplazar de su trabajo a quien tiene ahí años y méritos por el simple expediente de una recomendación, un enchufe, un padrino de gala; quítate tú para ponerme yo. Robo vulgar por ser de todos los días, además de la mordida, el contrabando, la evasión de pagos fiscales, es la explotación del patrono que no paga el salario que estipula la ley. Pervierte la justicia quien paga mal; la pervierte también quien trabaja menos de lo que cobra, así se llame peón de albañil o catedrático de la facultad de altos estudios.
Si usted conoce a un escritor sin tema, anímelo para que componga un libro que podría titularse Maneras de robar en México o en las Islas Malvinas, porque no tenemos la exclusiva. Probablemente sería un libro divertido, pero seguramente muy voluminoso.
Artículo publicado en El Sol de San Luis, 24 de octubre de 1992.
Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 5 de julio de 2026 No. 1617



