Busquemos siempre a Dios en el silencio del corazón, lejos del ruido que confunde y aturde. Allí, en la oración sencilla y confiada, aprendemos a poner nuestra vida en manos de Cristo Jesús, que viene a nuestro encuentro y nos sostiene en medio de las dificultades.

Por José Ignacio Alemany Grau, obispo Redentorista

Reflexión homilética 9 de agosto de 2026

Domingo XIX del tiempo ordinario – ciclo A

«Que la comunión en tus sacramentos nos salve y nos lleve a la plenitud de la Luz de tu verdad», Jesús.

Libro 1 de Reyes

Cuando el profeta Elías llegó a cobijarse en una cueva del monte Horeb, oyó la voz de Dios que le decía: «Sal y ponte de pie en el monte ante el Señor. ¡El Señor va a pasar!».

El profeta cree descubrir la voz de Dios en un violento huracán que rompía las peñas, luego se sintió un terremoto, a continuación, vino un fuego, pero en ninguno de los tres fenómenos de la naturaleza encontró a Dios.

Era demasiado alboroto para descubrirlo entre tanto ruido, pero después del fuego «se oyó una brisa tenue, al sentirla Elías se tapó el rostro con el manto, salió afuera y se puso en pie a la entrada de la cueva». Dios le iba a hablar en la suave brisa y no en medio del bullicio y la confusión.

No busquemos a Dios en medio del bullicio del mercado, el alboroto de una fiesta, ni en medio de las ideologías que confunden y aturden… A Dios se le encuentra en el silencio de la oración y en un corazón pacificado.

San Pablo

Judío, como tantos en su comunidad, se convirtió al cristianismo: «Mi conciencia iluminada por el Espíritu Santo me asegura que no miento».

Desde su conversión Pablo siente «una gran pena y un gran dolor incesante» al tener que separarse del resto de su comunidad judía.

El apóstol afirma que «por el bien de mis hermanos, los de mi raza según la carne, quisiera incluso ser proscrito lejos de Cristo».

En el pequeño párrafo que sigue a continuación, Pablo alaba a los suyos que pertenecen «a la alianza, a la ley, al culto y las promesas».

El apóstol siente dolor al ver todas las maravillas que el resto del pueblo judío no puede recibir, al no seguir las promesas de Dios, siendo «herederos de los patriarcas de quienes según la carne nació el Mesías».

Por encima de la fidelidad a todo lo humano, Pablo reconoce que «Dios está por encima de todo» y concluye con esta oración de alabanza:

«Bendito por los siglos».

Es bueno confesar que por encima de todas las cosas está el Creador y Santo por los siglos.

Verso aleluyático

Es un acto de esperanza en los dones que vienen de Dios:

«Espero en el Señor, espero en su Palabra».

Evangelio

Se trata de una secuencia muy bella.

En primer lugar, aparece Jesús solo, en oración con su Padre, después de despedir a la multitud tras la multiplicación de los panes.

Los apóstoles embarcados todos juntos, parten sin Jesús a la otra orilla del lago.

Sacudida la barca por las olas, Jesús está ausente. De pronto, viene Él caminando sobre el agua, y los apóstoles al verlo, llenos de temor, gritan de miedo pensando que era un fantasma.

Jesús les dice estas palabras que debemos tener siempre en cuenta: «Ánimo, soy yo. No tengáis miedo».

Al oírlo, Pedro, quizá por hacer una bravata o quizá con fe verdadera, le dice al Señor: «Si eres tú, mándame ir hacia ti andando sobre el agua».

Jesús le dijo: «¡Ven!».

Pedro, bajando de la barca, echó a andar sobre el agua, pero «al sentir la fuerza del viento le entró miedo, empezó a hundirse y gritó: “Señor, sálvame”».

Jesús le agarró las manos diciendo: «Qué poca fe, ¿por qué has dudado?»

Ambos subieron a la barca y enseguida amainó el viento y se sosegó el mar.

Queridos amigos, hay que buscar siempre a Dios en Cristo Jesús, confiar en Él y fiarse de su poder, pero con auténtica fe, y no con las dudas con que se echó Pedro en el mar y se asustó por el viento y el oleaje.

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