Por Miriam Apolinar
Durante años estuvieron presentes en los momentos más importantes de la vida de miles de familias: celebraron bautizos, acompañaron matrimonios, llevaron la Comunión a los enfermos y despidieron a quienes partieron de este mundo. Sin hacer ruido, dedicaron su vida a servir. Pero el tiempo también pasa para ellos. ¿Qué ocurre cuando el sacerdote envejece y necesita el cuidado que durante décadas ofreció a otros?
¿Qué sucede cuando el sacerdote ya no puede subir al altar con la misma fuerza, cuando la enfermedad limita sus movimientos o cuando la vista comienza a apagarse? ¿Quién cuida de quienes durante toda una vida cuidaron de los demás?
Es una realidad silenciosa, poco visible para muchos católicos, pero cada vez más presente en la Iglesia. Detrás del ministerio sacerdotal también existen hombres que envejecen, enferman y necesitan ser acompañados con la misma entrega con la que ellos acompañaron durante
décadas al Pueblo de Dios.
La otra cara del ministerio
En México, como ocurre en muchas partes del mundo, el clero también enfrenta el desafío del envejecimiento. A diferencia de otros trabajadores, la mayoría de los sacerdotes no cuenta con una pensión gubernamental ni con un sistema de jubilación que les garantice un ingreso fijo al concluir su servicio pastoral.
Tras dedicar toda una vida al ministerio, muchos presbíteros llegan a la vejez sin un respaldo económico formal. Por ello, las diócesis impulsan diversas iniciativas para asegurarles atención médica, cuidados y un sustento digno durante esta etapa de su vida.
El Código de Derecho Canónico, en el canon 538 §3, establece que los párrocos presentan su renuncia al cumplir 75 años, quedando en manos del obispo y así valorar cada caso para determinar si el sacerdote continúa en su ministerio o inicia su retiro.
Sin embargo, jubilarse no significa dejar de ser pastor. Significa comenzar una nueva etapa que, en muchos casos, trae consigo enfermedades propias de la edad, pérdida de autonomía y, en no pocas ocasiones, una profunda soledad.
Consciente de esta realidad, la Arquidiócesis Primada de México creó la Comisión para la Atención de los Sacerdotes Jubilados, encargada de acompañar a los presbíteros en esta etapa de su vida y coordinar diversas iniciativas para procurar su bienestar humano, espiritual y material. Uno de los aliados más importantes en esta misión es la Fundación IGMA, cuya labor se ha convertido en un referente del cuidado integral a sacerdotes mayores.
La Fundación IGMA: Iglesia, misericordia y amor
En 2012, impulsada por una familia que deseaba servir a la Iglesia, comenzó un recorrido para conocer las condiciones de vida de sacerdotes mayores de la Arquidiócesis de México. El diagnóstico fue revelador: muchos vivían solos, algunos enfrentaban problemas económicos, otros requerían medicamentos, alimentación, atención médica o simplemente alguien con quien conversar.
“Lo que comenzó con visitas domiciliarias pronto se transformó en una misión permanente de acompañamiento. Hoy la fundación brinda apoyo a sacerdotes ancianos, enfermos o jubilados mediante despensas, medicamentos, ropa, atención médica y, sobre todo, presencia humana. Porque muchas veces la mayor necesidad no es únicamente material, sino afectiva”, comparte Pedro García Zarate, miembro de la Fundación IGMA.
Con el paso de los años también nació la Casa San José, una residencia ubicada en la zona de La Herradura, en la CDMX, donde sacerdotes que ya no pueden vivir solos encuentran un hogar, cuidados especializados y una comunidad que les devuelve la alegría de compartir la vida.
Desde su apertura, decenas de sacerdotes han pasado por esta casa. Algunos permanecen ahí de manera permanente; otros llegan para recuperarse después de una cirugía o durante un proceso de rehabilitación.
“Pero el objetivo nunca ha sido crear un asilo. La intención es ofrecer un hogar donde continúen viviendo su vocación con dignidad”, dijo García Zarate en entrevista para El Observador de la Actualidad.
La soledad: una de las heridas más profundas
Para quienes colaboran diariamente con Fundación IGMA, la enfermedad no siempre es el problema más difícil. La soledad suele ser una carga mucho más pesada.
Muchos sacerdotes aprendieron a vivir solos desde jóvenes. Su ministerio los llevó de una parroquia a otra, cambiando constantemente de comunidad. Cuando llega la jubilación, esa forma de vida puede convertirse en aislamiento.
No pocos resisten aceptar ayuda. Temen perder su independencia o sienten que ingresar a una residencia significa reconocer que ya no pueden valerse por sí mismos.
Paradójicamente, algunos permanecen encerrados durante largas horas en una habitación, acompañados únicamente por una persona que les lleva los alimentos o los ayuda con lo indispensable.
En contraste, aquellos sacerdotes que conservan vínculos con una comunidad parroquial, participan en alguna celebración o mantienen contacto frecuente con los fieles suelen vivir esta etapa con mayor serenidad y esperanza.
La diferencia, aseguran quienes los acompañan, muchas veces no está únicamente en la salud física, sino en sentirse recordados.
“Todavía podemos servir”: Padre José Carmen Medina
A sus 89 años, el padre José Carmen Medina y Montoya es un ejemplo de ello. Su historia comenzó siendo apenas un adolescente cuando, motivado por los Salesianos y atraído incluso por los campos de futbol del seminario, decidió iniciar un camino que terminaría convirtiéndose en toda una vida de entrega.
Fue misionero en Ecuador, estudió filosofía y teología, trabajó con jóvenes, dirigió colegios, fue párroco en distintas comunidades y fue ordenado sacerdote en 1967. Hoy suma 59 años de ministerio sacerdotal. Lejos de considerar la vejez como el final del camino, la entiende como una etapa distinta del mismo llamado.
“Me siento bien”, dice con sencillez. Su carácter alegre y comunicativo —asegura— le ha permitido afrontar esta nueva etapa con optimismo.
Aunque actualmente enfrenta problemas severos de visión y ha sido sometido a diversas cirugías, continúa escribiendo. Ya ha publicado tres libros y trabaja en un cuarto, convencido de que todavía puede aportar algo a la Iglesia. Porque el sacerdocio, insiste, no termina cuando llegan los años. Simplemente cambia la manera de ejercerlo.
Desde la Casa San José, donde actualmente vive, reconoce que la vejez trae limitaciones, pero no le ha robado el deseo de seguir sirviendo. Aunque la vista ya casi no le responde, continúa escribiendo libros y compartiendo la experiencia de una vida completamente entregada a Dios.
Su historia representa la de cientos de sacerdotes que, después de décadas celebrando sacramentos, acompañando familias y formando comunidades, llegan a una etapa de la vida en la que ellos mismos necesitan ser acompañados.
Una realidad que duele e invita a la caridad
- En su etapa de retiro, los sacerdotes no cuentan con una pensión tradicional o servicios médicos públicos.
- Más del 30% de los sacerdotes en México supera los 60 años, y la proporción aumenta cada año debido a la disminución de nuevas vocaciones y al incremento de la esperanza de vida.
- El retiro de una parroquia implica, en muchos casos, pérdida de comunidad, de vivienda y de estructura cotidiana.
- México no cuenta con un sistema formal de pensiones sacerdotales.
- Los ingresos durante la vida activa suelen provenir de estipendios, apoyos parroquiales y donativos.
- Al llegar la vejez, las diócesis suelen sostener a sus sacerdotes mediante fondos de salud, subsidios y redes solidarias, pero estos recursos son limitados y desiguales entre regiones.
- Consulta en tu diócesis o parroquia si existe una manera de apoyarlos.
Un hogar donde la vocación continúa
En la Casa San José la rutina gira alrededor de aquello que dio sentido a toda una vida: el servicio. Quienes aún pueden celebrar la Eucaristía lo hacen para los vecinos que acuden diariamente a la capilla. Otros participan en actividades pastorales sencillas o reciben visitas de familias que encuentran en ellos un consejo, una bendición o simplemente una conversación.
“Los paseos, la fisioterapia, las celebraciones comunitarias y los momentos de convivencia forman parte del esfuerzo por evitar que la residencia se convierta en un espacio de aislamiento. Cada sacerdote conserva su historia, su personalidad y su ministerio. No son pacientes. Son pastores que siguen teniendo mucho que ofrecer”, expresa Pedro García.
Una deuda de gratitud
Quizá la pregunta más incómoda sea también la más necesaria. ¿Cómo respondemos los católicos al final de la vida de quienes caminaron junto a nosotros durante tantos años?
El padre que bautizó a nuestros hijos. El que celebró nuestra Primera Comunión.
El que estuvo junto a la cama de un enfermo. Con frecuencia damos por hecho que siempre habrá alguien cuidando de ellos. Pero la realidad demuestra que no siempre es así.
Y mientras el padre José Carmen continúa escribiendo nuevos libros, a pesar de que la vista ya no le responde como antes, deja una enseñanza que trasciende su propia historia: la edad puede limitar el cuerpo, pero nunca la capacidad de amar ni de seguir sirviendo.
Por ello, Fundación IGMA ha querido recordar a toda la Iglesia que el cuidado de los sacerdotes mayores no corresponde únicamente a una institución. Es una responsabilidad compartida.
Por ello impulsa la campaña “Adopta a un sacerdote”, invitando a los fieles a visitar al sacerdote anciano de su comunidad, acompañarlo, invitarlo a tomar un café, ayudarle con alguna necesidad concreta o, si no es posible hacerlo personalmente, contribuir mediante una donación que permita sostener los programas de atención.
Una iglesia que también sabe y debe agradecer
El Papa Francisco recordó en múltiples ocasiones que los ancianos son memoria viva de la Iglesia. Esa afirmación adquiere un significado especial cuando se contempla la vida de tantos sacerdotes que han gastado su existencia anunciando el Evangelio.
Por ello, con el propósito de recaudar recursos para continuar atendiendo a sacerdotes ancianos, enfermos y jubilados, la Arquidiócesis Primada de México, Fundación IGMA y Emoción Deportiva convocan a la Segunda Carrera Arquidiocesana “Pies en Camino”, una carrera con causa que se realizará el próximo 18 de octubre de 2026 en la Basílica de Guadalupe.
La jornada iniciará con la celebración de la Santa Misa a las 6:00 de la mañana, seguida del disparo de salida a las 6:30 horas. Los participantes podrán elegir recorridos de 3, 5 o 10 kilómetros, convirtiendo cada paso en un gesto concreto de solidaridad con quienes han dedicado su vida al servicio de la Iglesia.
Porque, al final, cuidar de nuestros sacerdotes mayores no es solamente una obra de asistencia. Es una forma de agradecer décadas de entrega silenciosa.
Ellos caminaron junto a nosotros en los momentos más importantes de nuestra vida.
Ahora es tiempo de caminar junto a ellos.
Para mayores informes de la carrera visita: https://www.emociondeportiva.com/
Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 23 de agosto de 2026 No. 1624

