En una época marcada por el rechazo al sufrimiento y la búsqueda inmediata de alivio, este texto plantea una reflexión de fondo sobre el sentido cristiano de la cruz. A partir del anuncio de la pasión de Jesús y de la reacción de Pedro, el autor invita a mirar el dolor no como derrota, sino como camino de amor total y entrega fecunda.
Por P. Prisciliano Hernández Chávez, CORC.
La sinceridad para con Dios, es necesaria, pero no suficiente, cuando contradice el proyecto de Dios Padre. Pedro, sincero, se resiste a que el Señor Jesús, ante el anuncio de su pasión, de su muerte y resurrección, tenga que pasar por la amargura de la cruz (cf Mt 16, 21-27). Nos pasa también a nosotros ante el dolor, el sufrimiento o la muerte de un ser entrañable y querido.
Existe la subcultura de los analgésicos, de los sedantes, ante esa ‘algofobia’, el terror ante el padecer de cualquier forma.
Los estoicos pensaban que el modo de enfrentarse al dolor era aceptarlo simplemente con una postura digna; los epicúreos, seguidores de Epicuro, alejarse de todo dolor con la postura hedonista: el placer. El budismo, aniquilar en sí mismo, todo deseo.
La postura de Jesús, es diferente: es la expresión del amor total, lejos de todo egoísmo impensable en él. Su voluntad es cumplir la voluntad del Padre; voluntad del Padre que es su proyecto de salvación, que exige el amor de total donación, porque la persona es don de sí, como existe en el misterio intratrinitario: El Padre-persona, es don de sí para el Hijo, al engendrarlo eternamente; el Hijo-persona, es don de sí para el Padre en su filiación; el Espíritu Santo-persona, es la persona don del Padre y del Hijo, mutua y eterna caricia de ambos.
Si hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios según nuestra condición de personas, para realizar nuestro propio misterio, hemos de ser persona-don de respuesta al Padre y don para los demás.
Esto por supuesto, implica sufrimiento. Es el sentido de tomar la cruz para ser discípulos de Jesús. Es dolor y sufrimiento abierto a los demás y por ellos; de ahí su fecundidad, cuyo horizonte es la comunión de personas, en el nivel divino y en los niveles humanos.
Así participamos del proyecto salvador del Padre que realiza Jesús y consuma el Espíritu Santo; proyecto en el cual Jesús nos invita a realizarlo con él.
Hoy más que nunca necesitamos seguir a Jesús, para vernos libres de las drogas, narcóticos y evasiones.
Asumamos el consejo consolador de san Pablo a Timoteo:
‘Digna de crédito es esta afirmación: si morimos con Cristo, viviremos con él; si permanecemos firmes, reinaremos con él…’( 2, 11-12 a).
Se trata de renunciar al ‘ego’, al éxito por el éxito, y vivir el escándalo del Amor, al estilo de Jesús, construyendo nuestra existencia en él y por él, colaborando en edificar la civilización del amor, contra todo lo antihumano y antidivino, que es la guerra, la violencia, las injusticias, y un largo etcétera, del mal en el mundo.
Imagen de Arnie Bragg en Pixabay

