El desafío cotidiano de elegir entre alternativas que ponen a prueba la libertad personal.

Por P. Fernando Pascual

Si voy de paseo a la montaña no iré a la playa (al menos hoy). Si compro estos zapatos casi no me quedará dinero para comprarme unos pantalones. Si veo ahora esta película no podré estudiar la materia prevista para la tarde.

Hay momentos en los que las decisiones nos presentan alternativas que son como un reto a nuestra libertad, pues según lo que decidamos emplearemos energías y tiempo en una posibilidad mientras dejaremos de lado otras posibilidades que tienen un atractivo importante.

Por eso, cuando llega el momento de tomar una decisión, sentimos cierta zozobra: ¿escogeré lo mejor para este momento? ¿No perderé tiempo, dinero o energías en lo que vale menos mientras se escapa algo que vale más?

No podemos quedarnos paralizados ante las diferentes alternativas: posponer la decisión es también una decisión que tiene consecuencias, pues quizá ese producto que ahora me cuesta menos mañana será más caro.

El reto de las decisiones no se limita a compras o a actividades: hay decisiones que nos afectan en lo más íntimo. Es lo que experimentan los jóvenes cuando escogen una carrera o cuando empiezan a pensar, en serio, en casarse. Es lo que experimentan los adultos a la hora de iniciar una terapia o de cambiar de trabajo.

Entre las decisiones, algunas afectan nuestra amistad con Dios y nuestras relaciones con familiares y amigos. Si nos equivocamos, quizá llegaremos a un pecado que tanto daña nuestro corazón y que necesita la ayuda de la misericordia. Si acertamos, la decisión permitirá que crezca nuestro amor a Dios y a los demás.

Cada día tomamos nuevas decisiones. El reto sigue allí. Me detengo un poco de tiempo para pensar. Pido ayuda a Dios y a algún buen consejero. Luego, hay que empezar el camino, ojalá desde decisiones orientadas a lo único importante: crecer un poco más en el amor…

 
Imagen de Exau Paluku en Pixabay