P. Prisciliano Hernández Chávez, CORC.
En el exordio de la historia, durante el espacio y el tiempo, hasta su consumación, se da esa lucha radical entre el amor y el egoísmo: el amor invencible de Dios y el amor diabólico del ‘ego’.
Profecía que se realiza en la Historia de la humanidad. La Mujer anunciada en el Génesis, la que aplastará la cabeza de la serpiente y su figura simbólica en el libro profético por excelencia del Nuevo Testamento, el Apocalipsis (11, 19ª; 12, 1-6ª. 10ab).
Las dictaduras de todos los tiempos encarnan el ‘ego’ diabólico, porque se sienten ‘Dios’, por la conseja satánica, ‘serán como Dios’ (Gén 3, 4), porque él quiso ser Dios, en rebeldía contra Dios Amor y Humildad
Por eso las dictaduras sociales, políticas e ideológicas, o del ‘ego’ individual, traen en sí mismas el fracaso más absoluto. Podrán tener el poder, decir qué sea la verdad, aunque sea la mentira más cínica y revestida de lenguaje edulcorante y de sirenas homéricas, y parezcan invencibles y eternas. Es solo el poder materialista de todos los tiempos que llevan en sí el germen de la muerte, de la bestia que se resiste a probar el límite del no ser, de no llegar, de no pervivir.
La Mujer del Apocalipsis, la gran señal de Dios, nos señala el triunfo trascendente del Amor de Dios simbolizado y llevado a cabo por la Santísima Virgen María y por la Iglesia de los sencillos, humildes y pobres, inermes, pero revestidos y llenos de la luz de la Verdad y del fuego del Amor de Dios, la suma Humildad.
Mujer vestida de Sol, porque está llena de la luz de Dios; coronada de doce estrellas en recuerdo de las doce tribus de Israel, del Israel de Dios, del Pueblo de Dios y de la comunión de todos los santos; la luna evoca a la mortalidad, pero ella está llena de Vida, porque no solo por ser ‘la llena de Gracia’, sino porque vivió siempre ‘el hágase en mí según tu palabra’, fue dichosa por creer, porque dio siempre su corazón al amor de Dios y a su proyecto de salvación, aun en los momentos de dolor más extremo como estar junto a la Cruz de su Hijo Jesús.
Es ella el símbolo y la realidad del triunfo del Amor, de la Verdad, del Bien y de la Belleza; encarna el triunfo mismo de Dios Amor, quien en su ser es solo donación plena de sí, en la comunión de las divinas personas y la comunión con las personas humanas que lo reciben, al margen de todo tipo de engreimiento egoísta idolátrico de oropel. Ella es nuestro gran signo y realidad permanente de consolación, porque con Ella y con la Iglesia peregrina, han de dar a luz a los hijos de Dios.
La fiesta de la Asunción de María proclamada por el Papa Pío XII, como dogma, coronación de todos los dogmas marianos, el 1 de noviembre de 1950, y que se celebra cada 15 de agosto, es una invitación perenne a confiar plenamente en el amor de Dios, en su plan y en su modo de proceder; es también una ocasión favorable para imitar siempre a la Santísima Virgen María, en su fe como obediencia a la Palabra del Señor, como una invitación a dejarnos transformar por Jesús y en Jesús, por la santa Eucaristía, que nos lleva a vivir una Alianza de comunión con él, con nuestra Madre, con toda la Iglesia y los bienaventurados.
Es fiesta de plena alegría y de celebrar anticipadamente el triunfo definitivo de Dios en nosotros y en toda la humanidad.
Que seamos todos bendecidos por la gran señal de Dios, la bienaventurada Mujer, quien es nuestra Madre y nos acompaña en el tiempo, quien ya está con su cuerpo y su alma glorificados en el ser mismo de Dios, el Cielo.
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