En entrevista con El Observador de la Actualidad, Mons. Bashar Warda, arzobispo caldeo de Erbil, describe el difícil renacimiento de una comunidad cristiana con dos mil años de historia: la seguridad ha mejorado y miles de familias regresaron, pero la emigración, la discriminación y la falta de oportunidades amenazan su permanencia en la tierra de Abraham, Nínive y Babilonia.
Por Ana Paula Morales
Irak no es únicamente un territorio marcado por la guerra. Mucho antes de convertirse en escenario de invasiones, atentados y desplazamientos, esta tierra fue Mesopotamia: el país situado entre los ríos Tigris y Éufrates, cuna de civilizaciones y escenario de algunos de los relatos más profundos de la Biblia.
Aquí estuvo Ur de los caldeos, patria de Abraham, el hombre que escuchó la voz de Dios y dejó su tierra para emprender un camino que cambiaría la historia. Aquí se levantó Nínive, la ciudad a la que fue enviado el profeta Jonás. Aquí estuvo Babilonia, lugar del destierro del pueblo de Israel y escenario de los libros de Daniel y Ezequiel.
En ese mismo suelo, donde comenzó el viaje del padre de los creyentes, una de las comunidades cristianas más antiguas del mundo lucha hoy por no desaparecer.
“La Iglesia en Irak está viva y activa, pero es pequeña y está herida”, aseguró Mons. Bashar Matti Warda, CSsR, arzobispo caldeo de Erbil, en entrevista con El Observador de la Actualidad.
Después de décadas de guerra, persecución y éxodo, el prelado define la realidad de los cristianos iraquíes como el paso “desde el peligro inminente de destrucción a una frágil lucha por la supervivencia”.
Una Iglesia anterior a muchas fronteras
La presencia cristiana en Mesopotamia se remonta a los primeros siglos. La tradición atribuye la evangelización de la región al apóstol santo Tomás y a sus discípulos Addai y Mari. En los Hechos de los Apóstoles se menciona a habitantes de Mesopotamia entre quienes escucharon la predicación de Pedro durante Pentecostés.
Durante siglos, las Iglesias de tradición siríaca desarrollaron allí su liturgia, su espiritualidad y su pensamiento teológico. Todavía hoy algunas comunidades rezan en lenguas derivadas del arameo, el idioma hablado por Jesús. Los cristianos iraquíes pertenecen principalmente a la Iglesia católica caldea, junto con fieles de las Iglesias Asiria de Oriente, Siríaca católica, Siríaca ortodoxa, Armenia y otras comunidades. No son una presencia extranjera ni reciente: forman parte de la memoria más antigua de Irak.
Sin embargo, su número se ha derrumbado. Antes de 2003 vivían en el país alrededor de un millón de cristianos, según la estimación citada por Mons. Warda. Hoy, ante la falta de un censo oficial fiable por religión, el arzobispo calcula que quedan menos de 250 mil y quizá muchos menos. Distintas estimaciones recogidas por agencias internacionales sitúan la comunidad en torno a 150 mil personas.
Detrás de esas cifras hay familias dispersas por Jordania, Líbano, Turquía, Europa, Australia y América; pueblos donde se apagaron apellidos, oficios y celebraciones; abuelos que permanecieron mientras sus hijos buscaron seguridad en el extranjero. La emigración no comenzó con el Estado Islámico, pero el avance yihadista aceleró una pérdida que ya había sido alimentada por la guerra de 2003, el sectarismo, los atentados y la incertidumbre económica.
La noche en que tuvieron que dejarlo todo
El punto de ruptura llegó en el verano de 2014. El Estado Islámico tomó Mosul y avanzó sobre la llanura de Nínive. Las casas de los cristianos fueron marcadas con la letra árabe nun, inicial de nasrani, “nazareno”. A las familias se les impuso una elección brutal: convertirse al islam, pagar un tributo, abandonar sus hogares o morir.
Decenas de miles huyeron durante la noche. Dejaron viviendas, negocios, documentos, fotografías y objetos familiares. Muchas personas llegaron a Erbil con la ropa que llevaban puesta. La arquidiócesis encabezada por Mons. Warda recibió aproximadamente a 13 mil 200 familias cristianas desplazadas. Iglesias, salones parroquiales, casas y terrenos se transformaron en refugios improvisados.
“En 2014, la misión inmediata de la Iglesia fue salvar vidas. Proporcionamos alimentos, medicinas, vivienda, educación y atención espiritual a decenas de miles de personas desplazadas”, recordó.
El Estado Islámico perdió su dominio territorial en Irak en 2017. Después comenzó la reconstrucción de pueblos e iglesias y miles de familias emprendieron el regreso. De acuerdo con la estimación más reciente proporcionada por el arzobispo, hasta junio de 2026 alrededor de 10 mil familias cristianas habían vuelto, tras la reconstrucción de nueve localidades ocupadas y destruidas.
Pero volver a una casa no siempre significa recuperar el hogar. “Una familia puede encontrar una casa reparada, pero carecer de empleo, una buena escuela, un centro de salud o servicios públicos estables”, explicó. A ello se suman disputas por tierras y propiedades, la influencia de grupos armados, una administración deficiente y las heridas psicológicas de quienes temen que la tragedia pueda repetirse.
Para Mons. Warda, el retorno no puede medirse solo por el número de viviendas reparadas: “Un retorno sostenible significa que las familias puedan trabajar, educar a sus hijos, recibir atención médica y tener la seguridad de que la ley las protege y de que sus hijos pueden tener un futuro en este país”.
Libertad para rezar, pero no siempre igualdad
La seguridad cotidiana es hoy considerablemente mejor que hace doce años. Las iglesias están abiertas, se celebra públicamente la Divina Liturgia y las comunidades han recuperado parte de su vida pastoral. En Erbil, en particular, la vida cristiana se ha revitalizado mediante parroquias, escuelas, obras de salud, programas juveniles y la universidad.
Sin embargo, el arzobispo pide distinguir entre libertad de culto, seguridad e igualdad ciudadana. “La libertad de culto no implica automáticamente libertad de conciencia ni plena igualdad como ciudadanos”, advirtió.
Los cristianos continúan afrontando discriminación laboral, representación política insuficiente, confiscación de propiedades y la presencia de grupos armados que en determinadas zonas pueden ejercer más poder que las instituciones civiles.
“No pedimos privilegios especiales para los cristianos. Pedimos un Estado de derecho que proteja a todos los ciudadanos por igual”, puntualizó. La verdadera seguridad, añadió, no consiste en que otros permitan a los cristianos permanecer en su propia tierra, sino en saber que el Estado protege sus derechos y su dignidad como los de cualquier otro iraquí.
El gobierno iraquí declaró en julio de 2026 que el regreso de los cristianos es una prioridad nacional y se comprometió a incluir a las familias retornadas en programas de terrenos residenciales, además de fomentar la inversión cristiana en educación y salud. Mons. Warda recibió el anuncio con esperanza, aunque subrayó que su valor se medirá en la aplicación: procedimientos transparentes, plazos definidos y resultados perceptibles en la vida diaria.
Reconstruir algo más que muros
La Iglesia ha comprendido que, si quiere conservar la presencia cristiana en Irak, no basta con reparar templos. Es necesario construir las condiciones que permitan vivir con dignidad.
En Erbil, la arquidiócesis sostiene iglesias, un seminario, centros de catequesis, cuatro escuelas, proyectos de vivienda, instituciones benéficas, programas para jóvenes, el Hospital Maryamana y la Universidad Católica de Erbil.
La universidad abrió en 2015 con apenas once estudiantes. Hoy tiene más de 760 alumnos matriculados en alrededor de dieciséis disciplinas y más del 65 por ciento recibe becas completas. Mons. Warda la define como “un proyecto para la vida, no un proyecto para abandonar Irak”. Las instituciones de la arquidiócesis, añadió, han creado más de 800 oportunidades de trabajo para la comunidad local.
Estas obras no atienden exclusivamente a cristianos. En las aulas estudian jóvenes cristianos, musulmanes y yazidíes; la universidad dispone de un espacio de oración para los alumnos musulmanes y el hospital recibe a los pacientes sin preguntarles por su religión.
“Para nosotros, la reconstrucción no significa simplemente restaurar edificios. Significa devolver la dignidad a las personas y brindarles educación, atención médica, empleo y la capacidad de servir a su país”.
El empleo es una de las peticiones más frecuentes entre los jóvenes. Muchos no quieren depender de manera permanente de la ayuda humanitaria: desean estudiar, trabajar, casarse y criar a sus hijos sin miedo. “No podemos pedirles que se queden solo con discursos y eslóganes. Debemos ofrecerles un futuro en el que puedan confiar”, reconoció el arzobispo.
Del diálogo de las fotografías al diálogo de la vida
Las relaciones entre cristianos, musulmanes y otras comunidades no admiten una descripción sencilla. Existen heridas históricas, extremismo, discriminación y desconfianza, pero también amistades reales y gestos de solidaridad. Mons. Warda defiende lo que llama el “diálogo de la vida”.
“El verdadero diálogo no se limita a conferencias ni a fotografías conmemorativas. Se produce cuando jóvenes cristianos, musulmanes y yazidíes estudian en la misma aula, trabajan juntos, se respetan mutuamente y se defienden cuando es necesario”.
Ese camino recibió un impulso histórico en marzo de 2021, cuando Francisco se convirtió en el primer Papa en visitar Irak. Llegó como peregrino de paz, se reunió en Nayaf con el gran ayatolá Ali al-Sistani, oró con representantes religiosos en la llanura de Ur y visitó comunidades heridas por el terrorismo en Mosul y Qaraqosh.
En Ur, frente a la memoria de Abraham, Francisco recordó que creyentes de distintas religiones son frutos de una misma llamada a levantar los ojos al cielo. En Qaraqosh, entre templos destruidos y casas reconstruidas, insistió en que el terrorismo y la muerte no tienen la última palabra. Y ante las autoridades pidió que nadie fuera considerado ciudadano de segunda clase.
Aquel viaje retomó una preocupación que había acompañado a san Juan Pablo II, quien deseó peregrinar a Ur durante el Jubileo del año 2000, aunque las circunstancias políticas impidieron la visita. Benedicto XVI también siguió de cerca el sufrimiento de Irak y pidió reiteradamente paz y protección para sus minorías. La visita de Francisco convirtió esa cercanía en una presencia física: el obispo de Roma caminó sobre una tierra herida para decir a sus habitantes que no estaban olvidados.
Los mártires que Irak no olvida
La memoria cristiana reciente del país también está escrita con sangre. El 31 de octubre de 2010, hombres armados irrumpieron durante la misa dominical en la catedral sirio-católica de Nuestra Señora de la Salvación, en Bagdad. El ataque dejó decenas de muertos, entre ellos los sacerdotes Tha’ir Saad-Allah Abdal y Wassim Sabih. Francisco rezó en ese templo durante su viaje y recordó a quienes pagaron con la vida su fidelidad a Cristo y a la Iglesia.
Otro nombre profundamente querido es el del padre caldeo Ragheed Aziz Ganni, asesinado en Mosul el 3 de junio de 2007 junto con los subdiáconos Basman Yousef Daud, Wahid Hanna Isho y Gassan Isam Bidawed. Su causa eclesial reconoce el testimonio de hombres que permanecieron junto a su comunidad cuando celebrar la Eucaristía podía costarles la vida. En Irak, el camino hacia los altares no se entiende como una exaltación de la muerte, sino como memoria de una fe que rechazó responder al odio con odio.
El martirio, sin embargo, no pertenece únicamente al pasado. Se refleja también en las familias que han protegido una cruz entre sus escasas pertenencias, en las religiosas que acompañaron a los desplazados y en los sacerdotes que celebraron entre tiendas de campaña cuando ya no quedaban iglesias.
La esperanza después de la huida
Cuando se le preguntó cómo conserva la fe una comunidad que ha perdido tanto, Mons. Warda habló de la familia, la Divina Liturgia, la oración, los sacramentos y la cercanía de sacerdotes y religiosas. Pero añadió otra respuesta: el servicio.
El arzobispo recordó a unos trescientos jóvenes que se ofrecieron como voluntarios durante la misa presidida por Francisco en Erbil, en 2021, en plena pandemia y bajo fuertes medidas de seguridad. Después de que más de once mil asistentes abandonaron el estadio, los muchachos no se marcharon. Recogieron la basura y entregaron el lugar completamente limpio. Los medios kurdos difundieron la imagen con una frase: “Estas personas merecen respeto”.
La escena, sencilla frente a la magnitud de la tragedia, contiene para Warda el significado de la esperanza cristiana. Eran jóvenes de una comunidad herida, pero no pidieron compasión. Ofrecieron responsabilidad, servicio y respeto por su país.
Ese mismo espíritu apareció durante la Fiesta de la Cruz de 2025 y el Encuentro Juvenil de Ankawa de 2026, al que asistieron alrededor de setecientos jóvenes. Muchos habían sido desplazados cuando eran niños. Regresaron años después para rezar y prepararse para la misión de la Iglesia.
“Hemos aprendido que no debemos quedarnos atrapados en una mentalidad de victimismo, pues puede generar ira y resentimiento y destruir el futuro. No nos limitamos a esperar la esperanza; la creamos y la vivimos juntos”, afirmó.
“Vengan y vean”
Mons. Warda pide a la comunidad internacional que no olvide a las minorías cuando las cámaras se marchan. Los países que intervinieron en Irak, señaló, tienen una responsabilidad moral por las consecuencias de aquella intervención. Pero el apoyo exterior debe fortalecer instituciones confiables, educación, salud, vivienda, empleo y rendición de cuentas, sin sustituir al Estado ni convertir a los cristianos en instrumento de intereses políticos.
A los cristianos de México les dirige una petición concreta: no mirar a Irak únicamente como una tierra de víctimas. “Véannos como sus hermanos y hermanas y como testigos que mantenemos viva nuestra fe. Somos una Iglesia pequeña y herida, pero no hemos perdido la fe ni nuestra misión”.
La oración, dijo, debe convertirse en solidaridad constante: becas, atención médica, servicios sociales, apoyo a pequeñas empresas y alianzas entre universidades, hospitales, escuelas y parroquias de México e Irak. Ayudar a que un joven encuentre trabajo o a que una familia permanezca en su pueblo puede parecer una acción pequeña, pero en esa decisión se juega la continuidad de dos mil años de presencia cristiana.
En la tierra desde la que Abraham salió sin saber adónde iba, los cristianos iraquíes vuelven a enfrentarse a una pregunta de futuro. Muchos se marchan para proteger a sus hijos; otros eligen quedarse y reconstruir. La Iglesia no les promete una vida sin heridas. Intenta ofrecerles razones para permanecer.
“Vengan y vean”, concluyó el arzobispo. “Conozcan a nuestros jóvenes, visiten nuestras iglesias e instituciones y ayúdennos a seguir siendo testigos de Cristo y servidores de todo el pueblo de Irak”.
En la imagen: Catedral Católica Caldea de San José en Ankawa, cerca de Erbil (Irak)

