Por Jaime Septién
Hace cien años los obispos mexicanos —con el conocimiento de la Santa Sede y del papa Pío XI— decidieron suspender los cultos, cerrar las puertas de los templos y reducir al ámbito de lo privado, con peligro de muerte, la administración de los sacramentos. Se considera al día primero de agosto como el origen de la Cristiada. Justamente en esa fecha entraba en vigor la llamada “Ley Calles”, una ley que reducía a la Iglesia católica y a los ministros de culto a ser parte de los dictados del gobierno, como una especie de subsecretaría al mando de la cual estaría la Secretaría de Gobernación y en última instancia, Plutarco Elías Calles.
Con ese motivo, los obispos mexicanos encabezados por el obispo de Cuernavaca y presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano, don Ramón Castro, han emitido una importantísima carta dirigida a todo el pueblo fiel y a mujeres y hombres no solo de buena voluntad, sino quienes deseen, fervientemente y sin tapujos ideológicos, conocer la historia real de un conflicto que dejó un reguero de muerte, pero también una lección que ni el pueblo ni el gobierno deberíamos olvidar.
Además, reproducimos el más reciente de los artículos del doctor Jean Meyer, autoridad indiscutible en torno a los estudios (serios, respetuosos, desde una perspectiva tanto científica como de fe) de la Cristiada. Los tres tomos en los cuales volcó su investigación, y las entrevistas, el contacto con los viejos cristeros, la profundidad de su intervención para que este trozo fundamental de la historia del México posrevolucionario no quedara sellado en los archivos oficiales o en el silencio de la sociedad mexicana, fue decisiva. Sigue siendo decisiva.
A Jean Meyer le debemos la frase con la que hemos estado publicando (y seguiremos publicando, por supuesto) artículos, libros y trabajos en torno a la persecución religiosa y a los “arreglos” de 1929: “Recordar para no repetir”. Y eso es lo que anima el importantísimo documento de los obispos mexicanos que hoy, en un esfuerzo editorial, El Observador reproduce íntegramente. Estamos de cara a los 500 años del acontecimiento guadalupano. No podemos dejar de lado la sangre de los mártires. Muchos de ellos, los conocidos y los anónimos, murieron con vivas a Cristo Rey y a Santa María de Guadalupe en la boca, en el aire, en el paisaje de México. Que no se quede en puro recuerdo. Que se haga vida en la vida de nuestra maltratada Patria.
Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 9 de agosto de 2026 No. 1622

