En un mundo marcado por heridas personales y tensiones cotidianas, el perdón aparece como una decisión difícil pero necesaria: una forma concreta de amar, sanar y recuperar la paz interior.

Por Martha Morales

La palabra más usada en griego para el verbo perdonar se traduce como “soltar”, y sí, hay que soltar lo que nos impide perdonar. Hay que pedirle a Dios que nos conceda la paz con Él, que nos conceda el arrepentimiento propio.

Nos conviene ser personas fáciles de trato, muy inclinadas al perdón de fondo, rápido, universal, porque entonces Dios nos va a perdonar fácilmente. Lo que más nos asemeja a Dios es nuestra disposición a perdonar. En cambio, lo que más nos aleja de Él es el espíritu de venganza, la dureza de corazón y la inclemencia. El que dice: “Te la tengo guardada” o “te la voy a regresar”, no agrada a Dios.

Los que buscan la venganza, se hieren aún más. Hay que dejarle a Dios la venganza, él dará a cara uno lo que merece, y, si se arrepiente de su mal, Dios lo perdona. A lo mejor desde niños nos enseñaron a devolver la ofensa. La venganza tiene la dulzura de la serpiente, es suave y venenosa; pero la venganza encadena, mientras que el perdón libera de la carga.

En un mensaje mariano la Virgen nos dice en pocas palabras: “Muchos no saben pedir perdón. Eso coloca de nuevo a mi Hijo en la cruz”.

En Génesis 4, se habla de Lamec, prototipo del vengativo. Lamec es un personaje de la Biblia que se vengaba hasta setenta veces siete. Jesús habla de esa forma oriental y dice: “hay que perdonar hasta setenta veces siete”, es decir, de modo ilimitado.

El perdón tiene cuatro características: Debe ser pronto, de todo, siempre, a todos. Debe alcanzar cualquier ofensa. De algún modo Dios nos obliga a perdonar al enseñarnos el Padrenuestro que dice: “Perdónanos como nosotros perdonamos”. Su misericordia es inagotable y nos dice: “Perdona tú también”.

Hay personas que tienen un carácter muy difícil…, y quizás son las que más cariño necesitan. Si nos sentimos muy agraviados hay que pensar que, comparado con lo que sufrió Nuestro Señor por nosotros, es poco lo que sufrimos.

Perdonar es lo más difícil del mundo, quizás es algo que nos sobrepasa, pero para eso está la ayuda de Dios. Pocas veces acudimos a Él para solicitar vehemente su socorro. La falta de perdón es el veneno más destructivo para la persona, ya que neutraliza los recursos emocionales y seca la afectividad.

“Si en verdad queremos amar, tenemos que aprender a perdonar”, decía Teresa de Calcuta. Aun ante la más grave ofensa, el perdón, la reconciliación son fundamento de la unidad familiar porque se da con los más próximos, con los que más amas: tus hijos, tu pareja, tus padres, tus hermanos… el perdón es una gran manifestación del amor. Jutta Burgraff dice: Perdonar es amar intensamente; no es un sentimiento, es una decisión.

No se trata de buscar un culpable sino de encontrar una solución, y ésta comienza cuando reconocemos nuestra frustración, y comenzamos a planearnos la posibilidad de perdonar. Mientras vivamos ligados al supuesto agresor, viviremos atrapados por el pasado. Perdonar es la manifestación más alta del amor y, en consecuencia, es lo que más transforma el corazón humano.

El perdón es una declaración que se puede renovar a diario para alcanzar la liberación. Todos tenemos errores por eso necesitamos perdonar y pedir perdón. Por algo Jesucristo le dio tanta importancia y nos pide que recemos: “Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”.

Recuerda algo: Cuando perdonas no cambias el pasado, cambias el futuro… Cuando perdonas, pones por obra un consejo de Jesucristo que sana el alma. La vida es breve.

Los rabinos decían que había que perdonar hasta tres veces. Jesucristo dice que hay que perdonar siempre. Si perdonamos Dios nos ayudará a olvidar los agravios de corazón.

 
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