Por P. Joaquín Antonio Peñalosa
No me refiero a las leyes soberanas de la Constitución que deben ser norma y guía, así algunos digan que se hicieron para violarlas. Me refiero a las leyes menudas, a los reglamentos cotidianos, las señales de tránsito, las prohibiciones y advertencias que, para una mejor vida comunitaria, encontramos en cualquier sitio de la ciudad.
La ciudad es un largo friso de rótulos que precaven, evitan, niegan y advierten al ciudadano común y corriente, tan común y corriente a veces, que, si se salta a la torera la Carta Magna, cuánto más la Carta Párvula que no tiene ni el peso ni la importancia de la otra.
Al pie del enorme cartel que prohíbe “no tirar basura”, la gente acumula un Popocatépetl de desperdicios. “Prohibido el paso”, con lo que basta y sobra para que crucen por ahí peatones, bicicletas y los dialécticos camiones materialistas. “No distraiga al chofer”, el cual compensa el tedio del viaje de la Alameda a la Colonia Churubusco, platicando con una chava o morra ojerosa y repintada.
“Gracias por no fumar”; pero hasta el agradecido letrero suben las fumarolas tóxicas del fumador irrespetuoso. “No pisar el pasto” y lo pisan escuadrones de chiquillos balompédicos que ahí montan un match entre un Atlante y un Monterrey de fantasía. Tres a cero: derrota del Monterrey y del jardín, un triste adiós al pasto.
¿Qué sería de nosotros si no pudiéramos hacer lo prohibido? Sin embargo, el mexicano practica la rotulomanía a sabiendas de que nadie le va a hacer caso. Por un lado, el afán de mandar y por otro el de desobedecer. Leído en un bar: “No se admiten vagos” (con lo que la cantina va a quedar desierta). En un templo católico y apostólico: “No echar botones ni corcholatas en los cepos”. En una tienda y también cuando el novio pide la mano de la novia: “Una vez salida la mercancía, no se admite devolución”. En una pared tapizada de anuncios de todo jaez, asomaba un tímido “Prohibido pegar anuncios”. En un palacio municipal: “No jugar al frontenis en este edificio público” (como es público, por eso jugamos aquí, comentaban los muchachos con argumentos bicornutos).
¿Cómo otras naciones interpretan y cumplen estas leyes rutinarias, la Carta Párvula que le da vuelta a cualquier ciudad? En Alemania: Todo está prohibido, excepto lo que está permitido. En Francia: todo está permitido, excepto lo que está prohibido. En la Rusia de Stalin: Todo está prohibido incluso lo que está permitido, en México: Todo está permitido especialmente lo prohibido.
Cada uno establece su propia legislación por un individualismo feroz y por una carencia de espíritu comunitario. Nuestra inobediencia a los reglamentos se desborda cuando conducimos un auto. Creemos que la máquina da fuero para saltarse semáforos, zigzaguear para impedir que nadie nos rebase, correr a lo que dé el velocímetro y estacionarse donde sea. Que, si viene el guardián a reclamar, el impostor se defiende muy fresco: Pero, señor, con tantos autos que hay en la ciudad, ya no puede estacionarse uno ni en los lugares prohibidos.
Artículo publicado en El Sol de México, 22 de julio de 1993; El Sol de San Luis, 31 de julio de 1993.
Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 26 de julio de 2026 No. 1620
