El ambientalista Erik Saracho sobrevivió a un atentado que buscó silenciar su labor en defensa de los bosques y los territorios. En entrevista con El Observador de la Actualidad, reflexiona sobre la violencia contra los defensores ambientales, la infiltración del crimen organizado en los delitos ecológicos y el llamado urgente a cuidar la casa común.

Por Ana Paula Morales

Los disparos rompieron el silencio de San Francisco, Nayarit, la mañana del 11 de marzo de 2026. Erik Saracho apenas tuvo tiempo de cubrirse con los brazos mientras las balas buscaban terminar con una labor que lleva más de tres décadas dedicada a la defensa del medio ambiente. Minutos después, sentado en el piso de su cocina e intentando contener la hemorragia, descubrió algo que todavía hoy le sorprende: estaba sonriendo.

“Sentía que Dios y toda su corte celestial habían estado conmigo”, recuerda meses después al evocar aquel momento que cambió su vida.

Su historia, sin embargo, va mucho más allá de un atentado. Es el reflejo de una realidad que viven numerosos defensores ambientales en México, un país considerado entre los más ricos en biodiversidad del planeta, pero también uno de los más peligrosos para quienes protegen bosques, selvas, ríos y territorios.

“Es una situación delicada e incierta. Existe un mecanismo de protección y México ha firmado el Acuerdo de Escazú, pero seguimos viviendo una etapa muy difícil. Hay mucha estigmatización hacia quienes defendemos el medio ambiente. Cuando asesinan a un defensor, la noticia dura muy poco y después parece olvidarse”.

Sus palabras encuentran eco en distintos informes nacionales e internacionales que documentan las agresiones contra personas defensoras del territorio y del medio ambiente. Más allá de las cifras, el ambientalista considera que todavía falta que la sociedad comprenda que proteger la naturaleza no significa oponerse al desarrollo, sino defender bienes que pertenecen a todos.

Con esa convicción recuerda uno de los fenómenos que más le preocupa: la creciente presencia de intereses criminales en los delitos ambientales.

“De acuerdo con nuestra experiencia, el crimen organizado se ha ido infiltrando cada vez más en los temas relacionados con el medio ambiente. Lo vimos primero con la tala ilegal y ahora también observamos riesgos en otras actividades. Es muy difícil demostrarlo y todavía más complicado detenerlo”.

Saracho relata que una de las primeras experiencias que lo hicieron tomar conciencia de esta realidad ocurrió hace más de una década, cuando él y otros ciudadanos localizaron una tala ilegal de maderas tropicales protegidas. Lo que siguió, asegura, fueron intentos por minimizar lo sucedido y posteriormente represalias que marcaron un antes y un después en su labor.

Para él, el problema no se limita a los grupos criminales.

“Hace falta combatir la corrupción, fortalecer las investigaciones y reconocer la legitimidad de quienes defendemos el territorio. Muchas veces los defensores terminan siendo vistos como un obstáculo, cuando en realidad estamos protegiendo un patrimonio que pertenece a toda la sociedad”.

Pese a la violencia, nunca pensó en abandonar su vocación.

Cuando volvió a mirar las fotografías tomadas el día del atentado, hubo una imagen que lo impactó especialmente: aparecía sentado en el piso de su casa, gravemente herido, pero con una sonrisa en el rostro.

“Seguramente estaba en shock, pero también estaba feliz porque seguía vivo. Sentía que Dios había estado conmigo y que aquel intento había fracasado”.

Algunos compañeros le propusieron suspender todas las actividades durante un año. Otros pensaron que lo más prudente era desaparecer de la vida pública. Él tomó una decisión distinta.

“Si yo me hubiera callado, el mensaje habría sido que el miedo ganó. No quería convertirme en un héroe ni en un mártir; simplemente entendí que debía seguir haciendo lo que considero correcto”.

Su compromiso nace también de una profunda convicción sobre la relación entre la naturaleza y la dignidad humana.

“Cuando existe un medio ambiente sano, las personas pueden vivir con mayor dignidad. Hay agua, alimentos, salud y esperanza. La creación es un regalo de Dios y debemos aprender a cuidarla”.

Para Saracho, la crisis ecológica no puede entenderse únicamente como un problema técnico o científico. Es también una cuestión ética, social y espiritual. En este punto, sus palabras recuerdan la insistencia del Papa Francisco en Laudato si’ de que “todo está conectado”: el deterioro de la naturaleza termina afectando especialmente a los más pobres y vulnerables.

La autora es licenciada en Publicidad y Relaciones Públicas y en Teología, con maestrías en Neuromarketing y Teología, especializada en información eclesial y asuntos internacionales.

 

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 16 de agosto de 2026 No. 1623