En medio de los esfuerzos pastorales y sus frutos visibles, surge una pregunta decisiva: ¿a quién corresponde atribuir los resultados del bien realizado?
Por P. Fernando Pascual
Nos gusta constatar que nuestro esfuerzo fue bendecido: los niños aprendieron mucho en el catecismo, aquellos jóvenes se prepararon bien al matrimonio, aquellos esposos se reconciliaron, aquellos abuelos reencontraron la esperanza tras una conferencia en la parroquia.
Es algo muy humano sentir alegría porque las cosas han salido bien, sobre todo si nos referimos a temas espirituales: no hay resultado mejor para quienes buscan ser católicos que constatar que han ayudado a otros a acercarse a Dios.
Existe, sin embargo, esa amenaza sutil de la vanidad, de sentirnos contentos por un resultado que atribuimos, ingenuamente, a nuestro esfuerzo, a nuestras cualidades, a las ideas que pusimos en marcha.
En el tema del espíritu, hemos de aprender a poner los resultados en manos de Dios. Porque solamente Dios puede convertir a un ser humano, perdonar un pecado, dar fuerzas para la reconciliación a quienes han vivido por meses llenos de odios recíprocos.
Dejar a Dios el lugar principal no significa lavarse las manos, ni dejar de hacer nuestra parte, ni poner en marcha proyectos espirituales con poca seriedad y mucha improvisación.
Al contrario: saber que Dios es el protagonista principal en todo lo que se refiere a la gracia y a la santificación nos impulsa a ponernos en sus manos para que Él pueda ayudar a tantos hombres y mujeres necesitados de esperanza y de misericordia.
Hay que trabajar duro para poner en marcha buenos programas de catequesis, buenas conferencias, buenos proyectos para ayudar a los necesitados, buenos centros de atención a matrimonios con problemas.
Luego, después de dar lo mejor de nosotros mismos, dejaremos los resultados en manos del único que cambia los corazones y lleva a cada uno hacia la santidad: un Dios Padre misericordioso, que nos ha dado todo en su Hijo Jesucristo y nos ha enviado su Espíritu Santo. Ese Espíritu guía y sostiene cualquier actividad auténticamente católica a sus mejores frutos, frutos que solo pueden venir de Dios: el aumento de la gracia y de la caridad entre los hombres.
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