A siete días de asumir la dirección de Cáritas Colombiana, el padre Diego Meza tuvo que encabezar la respuesta de la Iglesia ante el terremoto de magnitud 7.4. Mientras la cifra de damnificados supera las 185 mil personas, la institución despliega equipos para llevar ayuda material, atención psicosocial y acompañamiento espiritual a las comunidades rurales, indígenas, afrocolombianas y periféricas.
Contexto. El terremoto ocurrió el 10 de agosto, con epicentro en San José del Palmar, Chocó. El balance oficial citado por EFE registra 289 muertos, más de 4 mil heridos y 143 desaparecidos. Reuters lo describió como el sismo más fuerte registrado en Colombia en este siglo, mientras Naciones Unidas señaló que el agua potable, los alimentos, el alojamiento temporal, la atención médica y la protección de las poblaciones vulnerables continúan entre las necesidades más urgentes.
Por Ana Paula Morales (Poli)
Apenas llevaba siete días al frente de Cáritas Colombiana cuando el padre Diego Meza tuvo que afrontar una de las peores catástrofes recientes del país: el terremoto de magnitud 7.4 que sacudió el occidente de Colombia.
“Ha sido una manera muy exigente de comenzar esta responsabilidad”, reconoció el sacerdote. Desde los primeros días, la Iglesia activó su red de diócesis, parroquias, comunidades religiosas, agentes pastorales y voluntarios para atender a las familias damnificadas, especialmente a aquellas que viven en zonas rurales, periféricas o de difícil acceso.
Para el nuevo director de Cáritas, la magnitud de la tragedia no puede entenderse únicamente mediante estadísticas.
“Debemos tener cuidado con reducir una emergencia de esta magnitud a las cifras. Detrás de cada número hay una familia, una historia y, muchas veces, una situación de vulnerabilidad que existía antes del terremoto y que ahora se ha profundizado”, explicó el padre Diego Meza en entrevista para El Observador de la Actualidad.
Más de 185 mil damnificados
El terremoto ocurrió el 10 de agosto y tuvo su epicentro en San José del Palmar, en el departamento del Chocó. Valle del Cauca, Risaralda y Caldas concentran algunas de las situaciones más críticas, aunque las afectaciones alcanzan buena parte del territorio colombiano.
La agencia EFE, con datos de la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres, reportó 289 personas fallecidas, 4 mil 187 heridas y 143 desaparecidas. Más de 185 mil personas resultaron damnificadas en 450 municipios de 15 departamentos.
El balance contabiliza también 26 mil 945 viviendas destruidas y 127 mil 557 averiadas. A ello se suman daños en 285 establecimientos de salud, 2 mil 838 centros educativos y 3 mil 782 espacios comunitarios.
Reuters describió el sismo como el más fuerte registrado en Colombia en este siglo. De acuerdo con la agencia, las pérdidas preliminares podrían alcanzar los 30 billones de pesos colombianos, aproximadamente 9 mil 600 millones de dólares. Las autoridades han advertido que el balance continúa sujeto a verificación mientras avanzan las inspecciones.
Llegar a quienes no aparecen en las noticias
Las lluvias registradas durante los últimos días han agravado las condiciones en albergues y viviendas previamente debilitadas. Algunas familias continúan dentro de estructuras dañadas porque no tienen otro lugar donde vivir, mientras otras permanecen fuera de los alojamientos oficiales.
“La necesidad más urgente es doble. Necesitamos responder inmediatamente con agua, alimentación, alojamiento, salud y protección, pero también identificar dónde están las personas y comunidades que todavía no están siendo suficientemente atendidas”, señaló el padre Meza.
En toda emergencia, advirtió, existe el riesgo de que la ayuda se concentre en las zonas más visibles o a las que resulta más fácil llegar.
“Nuestra preocupación como Cáritas Colombiana es llegar también a quienes están en los márgenes”, aseguró.
Entre las poblaciones que requieren especial atención se encuentran las comunidades rurales y dispersas, los pueblos indígenas y afrocolombianos, niños y niñas, mujeres embarazadas, adultos mayores, personas con discapacidad y familias que perdieron sus medios de subsistencia.
También se han identificado carencias de privacidad, higiene menstrual e iluminación en algunos alojamientos, así como riesgos de violencia de género y problemas específicos de protección para niños y adolescentes.
Por ello, Cáritas mantiene una pregunta como guía de su intervención: “¿Quién está quedando por fuera de la respuesta?”.
“El éxito no puede medirse únicamente por el número de mercados, kits o ayudas que entreguemos, sino por nuestra capacidad de llegar prioritariamente a quienes tienen menos posibilidades de acceder a otros mecanismos de asistencia”, sostuvo el sacerdote.
Una Iglesia que ya estaba allí
Más de 20 profesionales de Cáritas serán desplegados, junto con las pastorales sociales diocesanas, en las ciudades y comunidades más afectadas. Su objetivo será evaluar los daños, escuchar directamente a las familias y detectar las principales brechas en la atención.
“Una de las grandes fortalezas de la Iglesia es que no llegamos al territorio después de una emergencia: ya estábamos allí antes de que ocurriera y permaneceremos después de ella”, afirmó el director.
Esta presencia se apoya en una red integrada por diócesis, parroquias, comunidades religiosas, agentes pastorales y voluntarios, especialmente valiosa en regiones olvidadas o alejadas de los grandes centros urbanos.
“En una emergencia, quien tiene más visibilidad no necesariamente es quien más necesita la ayuda. Queremos que nuestras decisiones se basen en las necesidades reales de los territorios”, agregó.
El Sistema de las Naciones Unidas y el Equipo Humanitario País también desplegaron personal y reorientaron recursos para apoyar la respuesta encabezada por el Gobierno colombiano.
“Fuimos llamados inmediatamente a formar parte de la respuesta. Tenemos presencia sobre el terreno”, afirmó María José Torres Macho, coordinadora residente de Naciones Unidas en Colombia.
La ONU identificó como prioridades el alojamiento temporal, el acceso a agua potable, la alimentación y la atención médica. Asimismo, la Organización Internacional para las Migraciones advirtió que el desplazamiento, la separación familiar y la pérdida de medios de vida aumentan el riesgo de trata de personas, especialmente entre quienes se encuentran en albergues temporales.
Entre el miedo y la solidaridad
Al padre Meza le han impresionado dos realidades que conviven en estos días: el miedo y una extraordinaria capacidad de solidaridad.
“Una casa destruida puede ser fotografiada. El miedo que permanece después de un terremoto es mucho más difícil de mostrar”, explicó. “Hay familias que han perdido seres queridos, otras que siguen esperando noticias y muchas que sienten temor cada vez que se produce una nueva réplica”.
Al mismo tiempo, miles de personas han donado alimentos, agua y artículos de primera necesidad. Comunidades enteras han organizado colectas y centros de acopio; voluntarios han ayudado a clasificar y transportar las donaciones, mientras rescatistas, médicos, psicólogos y organismos de socorro trabajan en condiciones difíciles.
La movilización también ha incluido la atención de los animales de compañía de las familias damnificadas.
Para la Iglesia existe, además, otra forma indispensable de solidaridad: la oración y el acompañamiento espiritual. Parroquias y comunidades alejadas de las zonas afectadas se han reunido para rezar, recoger ayuda y expresar a las víctimas que no están solas.
“La respuesta humanitaria no se reduce exclusivamente a entregar alimentos. Hay necesidades materiales, psicológicas, sociales y espirituales. Una emergencia de esta magnitud exige una respuesta integral”, afirmó.
“No podemos espiritualizar el sufrimiento”
El director de Cáritas subrayó que la respuesta cristiana debe comenzar por las necesidades materiales más urgentes.
“Una persona que tiene hambre necesita comer; quien perdió su vivienda necesita un lugar seguro donde dormir. No podemos espiritualizar el sufrimiento ni responder únicamente con discursos frente a las necesidades concretas de nuestras comunidades”, advirtió.
Sin embargo, la misión de la Iglesia tampoco termina con la entrega de alimentos o materiales. También supone acompañar el duelo, escuchar a quienes perdieron a sus familiares, reconstruir los vínculos comunitarios y permanecer cerca de las poblaciones más excluidas.
“El acompañamiento espiritual no consiste en intentar explicar por qué ocurrió este terremoto. Debemos ser muy prudentes con las explicaciones religiosas fáciles frente al sufrimiento. Nuestra tarea es ayudar a que quien sufre no tenga que atravesar solo ese dolor”, añadió.
Bajo el lema “Con Colombia, hasta el último rincón”, la Conferencia Episcopal y Cáritas Colombiana pusieron en marcha una campaña nacional para movilizar donaciones, coordinar los esfuerzos y garantizar que la ayuda alcance también a las comunidades rurales, periféricas y de difícil acceso.
Permanecer cuando se apaguen las cámaras
Cáritas Colombiana cuenta desde hace 44 años con un Sistema Nacional de Emergencias, sostenido principalmente por la solidaridad de las comunidades católicas. Ante la magnitud de esta catástrofe, también trabaja en proyectos con organismos de cooperación internacional y con la red mundial de Cáritas.
Sin embargo, para el padre Meza el desafío más largo comenzará cuando el terremoto deje de aparecer en los titulares.
“Los medios de comunicación, las cámaras e incluso muchas organizaciones de asistencia humanitaria se van mucho antes de que termine una emergencia”, lamentó.
“Colombia necesita nuestra solidaridad, pero probablemente la necesitará todavía más dentro de algunas semanas, cuando la emergencia deje de ocupar los titulares de la prensa y miles de familias continúen tratando de reconstruir sus viviendas y su vida cotidiana”.
La reconstrucción, insistió, no debe limitarse a volver a levantar los edificios destruidos, sino que debe impedir que se reproduzcan las desigualdades y vulnerabilidades que existían antes del terremoto.
“La reconstrucción será verdaderamente humana cuando una familia pueda recuperar no solamente su techo, sino también las condiciones necesarias para reconstruir su proyecto de vida”, concluyó.
“Nuestro compromiso como Pastoral Social es llegar hasta el último rincón, pero también permanecer allí cuando muchos otros se hayan ido”.
Fuentes documentales: entrevista con el padre Diego Meza, director de Cáritas Colombiana; EFE; Reuters; Naciones Unidas en Colombia; UNGRD; Conferencia Episcopal de Colombia y Cáritas Colombiana.

