En su reflexión, Martha Morales explora la intimidad con Dios como fuente de fortaleza, identidad y renovación espiritual. A partir del Salmo 91 y escenas del Evangelio, la autora invita a mantener viva la fe para iluminar la vida cotidiana.
Por Martha Morales
“El lugar secreto” describe la intimidad por Dios, nos habla de él en el Salmo 91, es un lugar de confianza con Dios. Dios quiere que brillemos intensamente porque recibimos de Él su fuerza en la oración. En la intimidad Él renueva nuestra identidad. Podemos estar unidos a Él en el sufrimiento y encontrar un ritmo nuevo, el ritmo del Corazón de Jesús.
San Mateo dice: Siempre que ores, cierra la puerta y háblale a tu Padre, y él te escuchará. “Entra en esa cámara interior, el lugar de comunión”, nos dice Jesús. El verbo griego, blepo, ver, es conocer con la mente. Dios ve el corazón. Jesús no se cansa de darnos lo que necesitamos. Quiere que experimentemos en el corazón que somos hijos de Dios. Dios siempre está disponible, sobre todo cuando nos encuentra quebrantados, basta con dejarnos acoger y hablar. Dios quiere compartir los anhelos de su Corazón.
La gracia se derrama sobre ti como sucede con el aceite. Jesús usa la imaginería de las bodas en Israel para explicarse. Pide que esperemos y vigilemos como las vírgenes prudentes. Las lámparas son la clave, y el fuego necesita aceite. Las cinco vírgenes prudentes no comparten su aceite con las otras cinco vírgenes a quienes les falta aceite, devoción. Con ese aceite el Señor nos hace ser luz. Si no tenemos aceite podemos quemar la carne. Jesús pide a sus discípulos: “Quiero que vigilen y esperen mi Segunda Venida”. Por lo tanto, aviva la llama, la fe, permaneciendo listo. No te sirve el aceite de otro, tu aceite es personal. Podemos apagar el fuego cuando no respondemos, pero el Señor está dispuesto a renovarnos. El fuego empieza en la oración. Estar al pie de la Cruz, como Juan, ayuda a ser más amigos de Dios y de Santa María.
La Iglesia quiere confiar grandes misiones a los hijos de Dios que ponen su corazón enteramente en Dios y que tratan al Espíritu Santo. Tu misión es mostrar al mundo el rostro de Jesús (cfr. Gálatas 2) para ello se requiere el aceite, la devoción. Tu luz debe brillar como un candelero para que glorifiquen a tu Padre. Dios te va a confiar diversos ministerios.
Los Apóstoles no sabían lo que sucedería el día de Pentecostés, Dios se presenta en forma de fuego, y salen de allí para brillar, para quemar. El fuego encendido se mantiene con aceite. Dios da ese regalo en la intimidad secreta. La gracia actúa y eso se derrama cuando damos al mundo a Jesús. Jesús muestra que el camino es la oración y dejarse ungir con su gracia.
En la Última Cena San Juan reclina su cabeza en el pecho de Jesús. Este santo tiene una carta que dice que lo que hemos visto y oído (blepo) y contemplado concierne a la Palabra de Vida, que se nos ha hecho visible. Juan tiene este amor ardiente que no está completo hasta que se comparte. Para arder sin apagarse necesitamos la intimidad con Dios, que lo recibido sea un fuego que no puedo contener.
El primer fruto del Espíritu Santo es el amor. Te pone en sintonía con el amor divino. Con la medida con la que midas serás medido. La intimidad da acceso al Corazón de Jesús. Te mantiene a ritmo con el descanso y la unión. Podemos amarnos a nosotros mismos como Dios nos ama. Dios nos unge, experimentamos su amor y descansamos en Él.
Jesús murió para que puedas tener la misma relación de intimidad que él tuvo con su Padre.

