En su reflexión, el Padre Fernando Pascual analiza el choque entre expectativas y realidad, desde los conflictos familiares y la sequía hasta la frustración personal y la gestión pública, y propone convertir la adversidad en una oportunidad para actuar con serenidad.
Por P. Fernando Pascual
Deseamos que un familiar escuche a los demás y podamos llegar a un acuerdo. Pero no se mueve un milímetro de sus tesis, y nos sentimos agobiados por su cerrazón.
Deseamos que llegue una buena lluvia para limpiar el aire, refrescar el clima y ayudar a las plantaciones y a los árboles. Pero la lluvia no llega, y los días pasan en medio de una sequía asfixiante.
Deseamos cumplir la promesa de no perder tiempo en redes sociales. Pero al final del día constatamos cuántas horas hemos dedicado al mundo casi infinito de las redes.
Deseamos que haya gobernantes que busquen el bien común y que tomen decisiones adecuadas para conseguirlo. Pero las calles siguen abandonadas a su suerte y en los hospitales faltan camas, médicos y medicinas.
Son muchas las situaciones en las que presenciamos un terrible coche entre la realidad y el deseo. La realidad aparece como algo que está ahí, que quizá podría ser diferente, pero que va contra lo que deseamos y nos parece bueno.
Ante ese choque, surgen frustraciones, o rabias, o ira. ¿Por qué no cambia ese familiar? ¿Por qué no llega la lluvia? ¿Por qué no soy capaz de cumplir una promesa sencilla? ¿Por qué el gobierno se ahoga en temas intrascendentes mientras los ciudadanos sufren las consecuencias?
Es cierto que muchas cosas y situaciones pueden cambiar. Otras, no están en nuestras manos. El familiar, pensamos, tiene mente suficiente para escuchar a otros, y un día tal vez lo hará. La lluvia, en cambio, depende de mil factores que no podemos controlar.
Lo importante es no sucumbir al desaliento cuando constatamos la resistencia de tantas realidades que chocan contra nuestros deseos, algunos realmente legítimos y buenos.
Hemos escuchado que, si no puedo cambiar el mundo, al menos puedo cambiarme un poco a mí mismo. Incluso en ocasiones encajaré el “golpe” y sabré aprovechar lo que está ahí, que no depende de mí, para orientarlo hacia algo bueno.
Como dice una frase simpática, si te dan limones, haz limonada. Quizá no deseaba ahora recibir limones, pero aquí están: son una realidad que puedo ver como obstáculo, o que puedo “reciclar” para algo bueno, no previsto en mis deseos iniciales, pero que puede resultar provechoso y agradable para mí y para otros…

