En una época marcada por la sobreprotección y la dificultad para afrontar la frustración, la formación del carácter vuelve al centro del debate educativo. Desde una perspectiva cristiana, este artículo propone recuperar valores como caminos para enfrentar la adversidad y orientar la vida.
Por P. Eduardo Hayen Cuarón
Generación de cristal
Vivimos en una época en que ya no nacen tantos niños en el mundo. En promedio los matrimonios tienen dos o tres hijos. Quienes tienen hijos muchas veces dan prioridad a evitarles cualquier incomodidad y a brindarles una protección excesiva. Se les llama padres de algodón a quienes tratan así a sus hijos, y como resultado tenemos una «generación de cristal», es decir, hijos que no toleran el sufrimiento y la frustración. La hiperprotección es un error educativo que puede ser, incluso, causa de enfermedades mentales y de grandes fracasos en la vida.
La vida es dura y una manera adecuada para educar a un hijo para enfrentar las dificultades es formarle el carácter. ¿Qué es el carácter? Es un proceso de crecimiento interior basado en la renuncia, el sacrificio, la perseverancia y la fidelidad a un gran ideal para la propia vida. Es una cualidad que le da un «plus» de valor a la persona.
El cristiano, persona de carácter
Un hombre de carácter fue el profeta Jeremías. Su gran ideal era anunciar la Palabra del Señor. A Jeremías no le importó tener a muchos compatriotas en contra: «He sido el hazmerreír de todos; día tras día se burlan de mí». «Por anunciar la Palabra del Señor me he convertido en objeto de oprobio y de burla todo el día». Lo que le mantenía fuerte su carácter era, justamente, un inmenso amor a Dios: «Había en mí como un fuego ardiente, encerrado en mis huesos».
Cristo Jesús en el Evangelio anuncia por primera vez su pasión, muerte y resurrección. Pedro lo reprende: «Eso no te puede suceder», y Jesús lo corrige fuertemente: «¡Apártate de mí, Satanás!, tú piensas como los hombres, no según Dios». Y subraya a sus discípulos el carácter que se necesita para seguirle: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida la perderá, pero quien pierda su vida por mí la encontrará».
El cristiano es una persona que nació para forjar su carácter. En las aguas bautismales se le dijo que tendría que luchar contra la mentalidad mundana y contra el príncipe de este mundo. Estamos llamados a batallar, a combatir el mal; nacimos para la milicia, para vivir en el esfuerzo y en la conducta ejemplar. «¿No es milicia la vida del hombre sobre la tierra, y sus días como los del jornalero?» (Job 7,1). El cristiano sabe que su sola vida y la práctica de su fe católica es una provocación para el mundo, y debe estar dispuesto a enfrentarlo.
San Pablo se transformó en un hombre de carácter. Cuando un rayo lo tumbó del caballo, le preguntó a Dios: «Señor, ¿qué quieres que yo haga? (Hch 22,10). Pablo, como hombre armado, encontró a su Capitán. Puso todo su empeño en reparar sus errores y pecados para servir al Mesías, a quien amó hasta dar su vida por Él. Fue un hombre de carácter que enfrenó cárceles, torturas y persecuciones por amor a Jesucristo. Y nos dice hoy: «No se dejen transformar por los criterios de este mundo, sino dejen que una nueva manera de pensar los transforme internamente, para que sepan distinguir cuál es la voluntad de Dios, es decir, lo que es bueno, lo que le agrada, lo perfecto». Esa nueva manera de pensar es la de Cristo que vive en el corazón del hombre.
Forjando el carácter
Para formar el carácter tengamos clara la meta. San Gregorio de Niza la enseña con claridad: «El objetivo de una vida virtuosa consiste en llegar a ser semejante a Dios». No se trata de que una persona llegue solamente a «ser buena», según los estándares humanos, sino en que alcance a participar de la naturaleza divina (2Pe 1,4), que sea santa. Tener un hijo y bautizarlo en la fe católica es con el único propósito de que aprenda a amar a Dios con toda su alma y, un día, llegue al Cielo, configurado con Cristo. Ver a Dios tal cual es, cara a cara, es un don sobrenatural, obra de la gracia divina, pero no se consigue sin un crecimiento progresivo y esforzado que nunca termina en esta vida.
Aclarada la meta tengamos conciencia de que nos enfrentamos con obstáculos interiores y exteriores: actuamos muchas veces por impulsos, pasiones, caprichos o rutina; nos mueven los titubeos, las indecisiones, la pereza o la falta de energía moral. Está también el miedo al qué dirán, a la crítica; y los malos ejemplos de otras personas.
La estrategia para superar dichos obstáculos consiste en arraigar en nuestra alma ideas claras y profundas: Jesús es el único camino; todo lo queremos hacer en unión con Él; el enemigo es el pecado y estar dispuesto a combatirlo y, si somos derribados, hemos de levantarnos pronto. Sólo una cosa es necesaria: amar a Cristo y hacer su voluntad. Después de meditar y orar estas verdades, debemos aprender a evitar decir «quisiera» o «desearía», sino «quiero, cueste lo que me cueste», y poner manos a la obra sin esperar. No debemos desanimarnos ante los fracasos; no queda vencido el que tiene el valor de levantarse de sus caídas. Y habrá que pedir siempre y con humildad la gracia de Dios. Sólo con la gracia podemos decir «Todo lo puedo en Cristo que me fortalece» (Fil 4,13).
Pidamos al Señor nos conceda formar cada día mejor nuestro carácter cristiano. Eso repercutirá muy positivamente en una buena salud mental, pero, sobre todo, nos transformará en hombres y mujeres de Dios que pierdan su vida para este mundo, y la ganen para la eternidad.
Publicado en blogdelpadrehayen.blogspot.com
Imagen de Pete Linforth en Pixabay

