Por Jaime Septién
Hace cuatro años el filósofo y político español Manuel Cruz publicó El Gran Apagón. El eclipse de la razón en el mundo actual (Galaxia Gutenberg). Se trata de un alegato interesante sobre lo que estaba pasando entonces (el final de la pandemia) y lo que podría venir ahora, magnificado por la irrupción de la IA.
En la introducción, Cruz subraya el objetivo del texto: “Por idéntico argumento por el que el siglo XVIII merecía el calificativo de Siglo de las Luces, el XXI parece estar ganándose a pulso el de El Gran Apagón. Y si lo característico del primero era su decidido empeño por examinar la totalidad de lo real a la luz de la razón, se podría afirmar que lo más propio que no está tocando vivir es, precisamente, el oscurecimiento de dicha luz, la sostenida tozudez con la que parece estar renunciándose al empleo de la misma como herramienta para esclarecer los más diversos ámbitos, tanto personales como colectivos de nuestras vidas.”
¿Qué significa esta “sostenida tozudez” en 2026? Podría yo resumirlo en dos áreas. En la familiar y en lo público. Como todo resumen, el mío es arbitrario; por lo demás, estoy firmemente convencido que renunciar a la razón nos ha arrinconado en este punto en el que, de acuerdo con el dicho mexicano, “el que tiene más saliva traga más pinole”.
En el ámbito familiar la llamada “brecha generacional” se ha convertido en abismo. Los padres con discursos reducidos al autoritarismo y los hijos con discursos reducidos al lenguaje de las redes sociales. No hay argumentos, hay pleito. Las cosas acaban mal. La razón que da razones, decía don Eduardo Nicol, es el principio de la comprensión humana. Pero si no tenemos palabras (el idioma se ha jibarizado), ¿cómo vamos a expresar lo que sentimos, lo que pensamos, lo que aconsejamos, lo que proponemos?
En la plaza pública los asuntos no marchan mejor. Casi podría decir que no marchan a ningún lado, aunque corramos de prisa hacia ese no-lugar que diría Marc Augé. Si volteamos a la arena política en lugar de presenciar competencia nos da cátedra de “graciosa (y no tanto) huída”. Donde todo es falso la mentira es imposible. El discurso público es tan falso como el hueso de la jícama. Ya no son mentirosos profesionales: son, en la mayoría de los casos, remedos de estadistas, marionetas a los que un titiritero mueve sus labios.
Finalmente, esta desazón contribuye al enojo que testificamos cada vez que salimos a la calle. No hay diálogo, hay transferencia de sonidos y, a menudo, de imprecaciones, de groserías mondas y lirondas.
Todo esto significa el eclipse de la razón, del logos, de la capacidad de dar razones al otro para convivir y crecer juntos en mínima armonía. Lo que impera es la razón que no da razones, es decir la razón autoritaria que, por el hecho de imponerse a causa de “fuerza mayor” elimina el principal componente de la civilización: el diálogo.
Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 13 de septiembre de 2026 No. 1627
Imagen de Gerd Altmann en Pixabay

