Por Jaime Septién
Ha muerto Fausto Zerón-Medina la semana pasada, en Barcelona. En la esquela privada que envió su entrañable amigo Enrique Krauze —con esa puntería asombrosa que tiene para resumir en un par de líneas una trayectoria como la de Fausto— lo llama “Historiador y humanista” y subraya que “encarnaba lo mejor del espíritu cristiano de México.”
Lo conocí hace seis años. Su erudición apabullaba. Más que ello, su buen trato, su amabilidad, su memoria prodigiosa, su amor por la historia y, sobre todo, por la historia de la Iglesia en México, con especialidad en Michoacán (de Morelia era su esposa). Colaborador de Krauze en Clío fue un guionista de series históricas como Senda de gloria (1988); El vuelo del águila (1994); La antorcha encendida (1996); Gritos de muerte y libertad (2010) y El encanto del águila (2011).
Pero su obra más importante —cuando menos para un servidor— fue la que hizo con motivo del primer centenario de la coronación de la Virgen de Guadalupe (1895-1995). Lo intituló Felicidad de México, recogiendo el famoso título que le puso a la Guadalupana en 1666 el profesor de matemáticas y astrología, don Luis Becerra Tanco.
En 1996 y 1997, otro gran mexicano, don Lorenzo Servitje, patrocinador silencioso de esta obra, nos envió a El Observador varios cientos de ejemplares para que llegaran a los hogares de nuestros suscriptores. Así lo hicimos. Don Lorenzo me contó en alguna ocasión que había hablado con Krauze porque veía a México “muy triste”. El resultado fue la obra de Fausto.
¡Cómo necesita Santa María de Guadalupe personas como Fausto, como don Lorenzo, Servitje o como nuestro Gabriel Zaid! Personas que saben reconocer, sin necesidad de darse golpes de pecho ni lanzar anatemas, que si alguna “felicidad” habita en el corazón de México es la de tener una madre amorosa, una madre que nos tiene en el crucero de sus brazos y a la que no le importa (más bien le alegra) que uno sea como se llamaba a sí mismo Juan Dieguito, “mecapal, parihuela, cola, ala”, y que necesitemos “ser conducidos, llevados a cuestas …”
Descansa en paz, querido Fausto, que “la fuente de nuestra alegría” sea tu compañera eterna en el cielo.
Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 30 de agosto de 2026 No. 1625

