Por Luis Alfonso Orozco, LC

Dos mártires de Cristo Rey unidos en el martirio, amigos de Jesús

Son dos historias paralelas, dos testimonios de vida conmovedores, porque se trata de dos jóvenes mártires de Cristo que murieron por confesar su fe católica en países y momentos diversos. Con veintidós años de vida el español y catorce el mexicano, padecieron el martirio por mostrarse fieles a su vocación de discípulos de Jesús en tiempos difíciles: tiempos de persecución sangrienta. Ambos han sido ya elevados a la gloria de los altares.

Llama la atención el hecho de que se trataba de dos chicos muy normales y corrientes que vivieron uno en España y otro en México, bajo situaciones similares en tiempos de persecución religiosa. Tienen muchas cosas en común: ante todo la juventud. 14 años cumplidos José Sánchez del Río, cuando ha dejado apenas de ser niño para comenzar a soñar con grandes ideales. Francisco Castelló Aleu contaba con 22, era un ingeniero con un porvenir brillante y estaba comprometido en un feliz noviazgo.

Ambos profesaban un grande y profundo amor por Jesús que les venía de la fe cultivada en sus familias; un amor y fe en Él que los hizo intrépidos y valientes hasta dar la vida como mártires antes que traicionarlo. Conocían y practicaron con sus obras aquella sentencia inmortal de Jesús: “Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos” (Juan 15, 13). No traicionaron su amistad cuando llegó el momento de la prueba suprema.

FRANCISCO DE PAULA CASTELLÓ ALEU

Francisco nació en Alicante el 19 de abril de 1914. Su familia se había trasladado allí por motivos laborales, pero a los dos meses de su nacimiento murió su padre. La madre con los tres hijos: Teresa, María y Francisco, retornó a Lérida (Lleida) donde tenía familia y casa. El pequeño Francisco recibió la primera instrucción de su madre que era maestra en Juneda, y allí recibió la Primera Comunión, cuando tenía diez años en 1924. Pocos años después, en 1929, allí murió su madre. Los tres hermanos huérfanos quedan entonces bajo el amparo de sus familiares.

Cursó el bachillerato en el Colegio de los Hermanos Maristas de Lleida (1924-1930). Más tarde se fue a estudiar a Barcelona, al Instituto Químico de Sarrià (1930-1933). Allí tuvo como compañero de estudios al jesuita Román Galán que influyó en su vida espiritual. Francisco se destacó pronto por ser un joven inteligente y profundamente religioso. Puso sus talentos al servicio del apostolado, primero en Barcelona y más tarde en Lleida con los pobres del Canyeret, así como con los obreros de la Casa Cros donde trabajaba como ingeniero químico.

Condenado a muerte solo por ser católico

A sus veinte años, las cosas marchaban bien para Francisco, aunque la situación social y política en España se enrarecía cada vez más hasta estallar en los desórdenes violentos del otoño de 1934 en Asturias y Barcelona, que culminaron después con la guerra civil del verano de 1936 en todo el país. Francisco miraba su entorno con preocupación, siendo Cataluña una de las regiones que pronto se distinguieron por el feroz odio antirreligioso.

Pero también dirigía su mirada más allá, pues proyectaba casarse y fundar una familia: estuvo prometido con su novia María Pelegrí, de la cual los acontecimientos lo arrebataron violentamente cuando lo llevaron prisionero a declarar ante el comité de izquierdas, simplemente por su condición de joven católico. A ella le dedicará, horas antes de morir fusilado, una conmovedora carta que es un testamento de fe, amor y valentía.

Francesc también fue miembro de la Congregación Mariana, de la Acción Católica y posteriormente de la Federació de Joves Cristians de Catalunya. Su militancia católica lo hizo blanco de resentimientos por parte de los enemigos de la fe, por lo que muy pronto, en julio de 1936, apenas estallada la guerra, ingresó en la cárcel donde estuvo diez semanas y de la cual no salió sino a la muerte. A sus 22 años, este joven brillante y sano de alma y cuerpo se enfrenta al momento supremo y más difícil: confesar su catolicismo, dar testimonio público de su fe ante el Tribunal Popular o callar su condición de católico y quedar quizá libre por un tiempo, pero con la tacha —impensable para él— de haber traicionado a Cristo. Así pues, a las preguntas del tribunal anticristiano que lo juzgaba, Francisco respondió con un rotundo “Sí, soy católico”, que le valió la pena de muerte.

Llega el momento supremo

Para los hombres de aquel tribunal popular envenenado por la ideología anticristiana no había más que declarar: el reo había confesado su “delito”. Lo llevaron de nuevo a la prisión con su sentencia de muerte firmada. Francisco murió mártir en el cementerio de Lleida a las 11:30 de la noche del 29 de septiembre de 1936. En la prisión, pocas horas antes de que se ejecutara su pena de muerte, dejó escritas tres cartas que son un testimonio admirable de fe, de amor y valentía. Respiran una alegría y esperanza en el premio eterno que le esperaba, propio solo de los mártires amigos fieles de Cristo de todas las épocas. Son tres cartas dirigidas: la primera a su tía y hermanas, otra a su director espiritual y la tercera a su prometida. Breves líneas que en su brevedad son unas joyas literarias y edifican al lector por la fuerza espiritual que emanan.

Los restos mortales de Francesc quedaron enterrados junto con los de otros cientos de mártires y víctimas de la persecución, en el cementerio de Lleida. Años después, en 1958, el obispado de Lleida inicia la causa de beatificación que terminará felizmente el 11 de marzo de 2001 en Roma con la declaración de beato por el Papa Juan Pablo II, el pontífice polaco que beatificó y canonizó a más de 1400 mártires, la mayoría de ellos españoles. La fiesta litúrgica del beato Francisco Castelló Aleu se celebra el 28 de septiembre.

JOSÉ SÁNCHEZ DEL RÍO, MÁRTIR DE CRISTO REY

José murió gritando “¡Viva Cristo Rey!”

Ocho años antes del martirio de Francisco, al otro lado del Atlántico en México, un muchacho de apenas 14 años moría como mártir por confesar su amor a Jesucristo. Corría el mes de febrero de 1928 durante la cruel persecución desatada por el gobierno masón de Plutarco E. Calles contra los católicos mexicanos. José era un jovencito provinciano de un pueblo del estado de Michoacán, que semanas antes, con 13 años, se había integrado con un grupo de defensores de la fe, los llamados cristeros. Aún no tenía la edad para portar el fusil, pero ayudaba como podía a los cristeros de su zona natal en el occidente del estado de Michoacán, localizado en el centro occidente de México, que es una de las zonas más católicas del país.

Es muy corta la biografía de este muchacho, pues en apenas catorce años no tenía suficiente edad para haber hecho nada importante con su vida, pero es muy grande, asombroso y admirable el testimonio de fe y valentía que iba a dejar —sobre todo en los tres últimos días de su vida terrena— cuando le llegó el momento supremo que truncó su joven existencia. José llevaba unas cuantas semanas desde que se incorporara a un grupo de los cristeros, defensores de la fe. Y poco después de haber cumplido los 14 años cayó prisionero junto con una tropa de cristeros en un combate en las montañas contra los soldados federales.

Durante la revolución mexicana

José había nacido el 28 de marzo de 1913 en la población de Sahuayo, Michoacán, siendo hijo de Macario Sánchez y María del Río. En la iglesia parroquial de su pueblo recibió el bautismo, el 3 de abril del mismo año, y allí mismo recibió los sacramentos de la confirmación y comunión años después. José fue un niño travieso y alegre como todos los niños. Jugaba a las canicas, corría con sus amigos por las calles empedradas del pueblo y se iba al campo a cazar palomas con trampas. Su afición a los caballos y a la vida campestre le fue normal desde pequeño, como a los demás chicos de Sahuayo. En su casa conoció la austeridad y el trabajo desde pequeño, pero sobre todo creció rodeado de la unidad de su familia y de los valores cristianos que dan sentido a la vida: la fe, la honradez, la caridad hacia propios y extraños; valores concretados en una piedad sólida que le transmitieron sus padres. Desde que hiciera su Primera Comunión, José había tomado la decisión de cultivar una amistad sincera y fiel con Jesús.

José había nacido dentro del amplio periodo conocido como la Revolución mexicana: aquella fue una época muy difícil para las familias y los pueblos y ciudades de todo el país, por los episodios de violencia constante que se desarrollaban entre las diversas bandas de revolucionarios que se disputaban el poder y que recorrían el país de norte a sur en sus veloces caballadas o montados en trenes atestados de sombrerudos con sus carrilleras de cartuchos cruzados al pecho.

En aquellos tiempos la muerte se veía con más naturalidad y familiaridad que ahora: no era raro que al llegar la noche los vecinos escuchasen las balaceras y los gritos de los revolucionarios, acompañados del ir y venir de sus caballos. Se oían sus relinchos mientras su jinete disparaba o caía muerto. Por la mañana, las mujeres que iban a misa y los hombres que salían a sus labores en el campo podían fácilmente encontrarse con cadáveres de revolucionarios o de gente pacífica, en el arroyo de la calle empedrada o detrás de alguno de los portales de la plaza. Por eso la gente era más religiosa, mucho menos apegada al mundo que ahora, y se preocupaba por estar preparada para dar el paso a la vida eterna, más que por asegurarse un porvenir entre las cosas inestables del mundo.

Cuando José tenía 12 años estalló la guerra de los cristeros, o sea, el alzamiento de aquellos campesinos y jóvenes de la Acción Católica Mexicana que lucharon en defensa de sus más sagrados derechos contra las leyes injustas del gobierno federal. La región donde él vivía era cien por ciento cristera y, desde el inicio del alzamiento, los hombres y mujeres de Michoacán se distinguieron por su defensa valiente de la fe y sus derechos humanos más elementales, como es la libertad religiosa.

“¡Quiero ser cristero!”

José veía a los valientes cristeros que pasaban veloces en sus caballos por las calles de su pueblo, los oía gritar con gallardía: “¡Viva Cristo Rey!”, “¡Viva la Santísima Virgen de Guadalupe!”, escuchaba asombrado los relatos que contaban los mayores de sus hazañas en el campo contra los perseguidores de Cristo. Dos de sus hermanos mayores ya se habían alistado en las filas del Ejército Libertador (así se llamaban inicialmente a sí mismos los cristeros). ¡Él también soñaba con irse con ellos para defender los derechos de Cristo Rey! Pero había un problema: sus padres no se lo permitían, debido a su corta edad. José no se desanimó y tanto les insistió que por fin, con apenas 13 años, logró que le permitieran enrolarse en las fuerzas cristeras que luchaban al mando del general Prudencio Mendoza, jefe de los cristeros de la zona de Cotija y sus alrededores.

El general Mendoza, viendo la resolución y ánimos de José por ser cristero, lo admitió finalmente en la tropa. No le fue permitido usar armas, pero sirvió como ayudante de los soldados cristeros. José era bastante apreciado en la tropa cristera porque desde el inicio se distinguió por su servicialidad. Se le veía por todos lados del campamento, engrasando las armas, friendo los frijoles de la comida, cuidando que a los caballos no les faltara agua y pastura. A su madre, que con razón se oponía a sus deseos de ir a la lucha, debido a su corta edad, José le respondía:

— “Mamá, nunca ha sido tan fácil ganarse el cielo como ahora”.

El general Prudencio Mendoza se movía con sus cristeros por diversos puntos de Michoacán para emprender acciones de guerra, y viendo que era muy peligroso para la corta edad de José, lo dejó a las órdenes y cuidado del jefe cristero Luis Guízar Morfín, y José le sirvió como ayudante de campo. Desde el primer momento que entró como cristero, José se mostró valiente y leal con sus jefes, participando en la vida de privaciones que llevaba la tropa, durmiendo a veces en cuevas o en medio de tupidos bosques y comiendo la escasa comida compuesta de frijoles y tortillas, muchas veces endurecidas y frías, pues no siempre era posible preparar fogatas para calentar con calma los alimentos. Con los demás cristeros, José rezaba todas las noches el Santo Rosario a María Santísima, antes de acostarse y descansar de la dura jornada. Era una vida de sacrificios y privaciones, hechos por amor a Cristo Rey y su Madre Santísima, la Virgen de Guadalupe.

“¡Pero no me he rendido!”

Así iban las cosas, cuando el 5 de febrero de 1928, durante el transcurso de un combate entre los cristeros y fuerzas federales en las inmediaciones de Cotija, el caballo del jefe Guízar Morfín resultó muerto de un balazo. Entonces, el valiente niño cristero saltó de su montura y se la ofreció a su jefe dirigiéndole estas palabras:

— “Mi general, aquí está mi caballo. Sálvese usted, aunque a mí me maten. Yo no hago falta y usted sí”.

El jefe Guízar Morfín pudo ponerse a salvo, pero quedó muy conmovido por su gesto de valentía y generosidad. Como era de prever, José quedó hecho prisionero al igual que otros cristeros y los condujeron maniatados a Cotija. Allí se encontraba el general callista Guerrero, quien lo reprendió por combatir contra el Gobierno. José le replicó:

— “Me han aprehendido porque se me acabó el parque, pero no me he rendido”.

Con él también cayó prisionero otro muchacho algo mayor de nombre Lázaro, que al final salvó la vida. Los llevaron prisioneros primero a Cotija y después a su natal pueblo de Sahuayo, donde José murió al cabo de tres días martirizado en febrero de 1928 por no renegar de su fe en Cristo. Murió un viernes por la noche, después de varias horas de tortura dando un ejemplo enorme de valentía y con el grito de los mártires mexicanos en los labios: ¡Viva Cristo Rey!

Al día siguiente, el cementerio estuvo custodiado por los soldados ya que el pueblo quería recoger reliquias del mártir. Sin ataúd y sin mortaja recibió directamente las paladas de tierra. El panteonero Luis Gómez —testigo ocular del martirio— pidió una sábana, desenterró el cuerpo, lo amortajó con la sábana y lo volvió a enterrar. Años después la mamá de José, María Van Dick —su cuñada— y Sabina Gómez exhumaron los restos y los limpiaron, llevándolos a las catacumbas del Sagrado Corazón. Cuando se inició el proceso de beatificación, fueron trasladados al bautisterio de la parroquia de Santiago Apóstol, en Sahuayo, lugar donde estuvo encarcelado y de donde salió hacia su martirio.

Hacia los altares

Beatificación. El obispo de Morelia, Alberto Suárez, dio inicio al proceso de beatificación de José el 25 de abril de 1996 y el 25 de octubre del mismo año se envió la documentación a Roma. Casi una década más tarde, el 22 de junio de 2004 se publicó el reconocimiento oficial de la Iglesia de su martirio. José Sánchez del Río fue beatificado el 20 de noviembre de 2005, fiesta de Cristo Rey, en Guadalajara, México, junto con otros 12 mártires sacerdotes y laicos de aquella persecución contra la Iglesia en México. Finalmente, José Sánchez del Río fue canonizado en 2016 por el Papa Francisco, en Roma.

Las cartas desde la prisión

Otro dato estupendo que aúna a estos dos jóvenes mártires de Cristo y que habla del temple de sus almas de héroes son las breves cartas que cada uno tuvo tiempo de escribir en la prisión, apenas a unas pocas horas de consumarse su sacrificio. La psicología muestra que la mente de un condenado a muerte puede encontrarse turbada en un mar de angustia, de miedo o de malos pensamientos ante lo irreparable que se le viene encima. No está para escribir cartas o mensajes, pues no cuenta con la serenidad mental y anímica para hacerlo.

Pero en la mente y corazón de estos jóvenes mártires, a unas pocas horas de su muerte, solo había pensamientos positivos de esperanza, de amor por sus seres queridos quienes más sufrían por su pérdida, e incluso de perdón por sus verdugos. ¿Cómo se explica? Tal clarividencia de ánimo solo puede darse en un corazón que vive en paz gracias a la presencia de Cristo y a la fe en la certeza de la gloria eterna que se le abre. La lectura atenta de las breves pero admirables cartas de José y de Francisco desde la prisión es la prueba de esta verdad de fe, que está muy por encima de las posibilidades de cualquier psicología o ciencia humana. La seguridad y paz que transmiten no se explican humanamente hablando.

Una de las cartas de José Sánchez del Río

A su madre: “Mi querida mamá: fui hecho prisionero en combate en este día. Creo que en los momentos actuales voy a morir, pero no importa, mamá. Resígnate a la voluntad de Dios; yo muero contento porque muero en la raya al lado de nuestro Dios. No te apures por mi muerte, que es lo que me mortifica, antes diles a mis otros hermanos que sigan el ejemplo que su hermano el más chico les dejó; y tú, haz la voluntad de Dios; ten valor y mándame la bendición juntamente con la de mi padre. Salúdame a todos por última vez y tú, recibe por último el corazón de tu hijo que tanto te quiere y verte antes de morir deseaba: José Sánchez del Río”.

Una de las cartas de Francisco Castelló

A su prometida María Pelegrí: “Querida Mariona: Nuestras vidas se unieron y Dios ha querido separarlas. A Él le ofrezco, con toda la intensidad posible, el amor que te profeso, mi amor intenso, puro y sincero. Siento tu desgracia, no la mía. Puedes estar orgullosa: dos hermanos y tu prometido. ¡Pobre Mariona! Me sucede una cosa extraña. No puedo sentir pena alguna por mi suerte. Una alegría interna, intensa, fuerte, me invade por completo. Querría hacerte una carta triste de despedida, pero no puedo. Todo yo estoy envuelto de ideas alegres como un presentimiento de gloria. Querría hablarte de lo mucho que te habría querido, de las ternuras que te tenía reservadas, de lo felices que habríamos sido. Pero para mí todo esto es secundario. Tengo que dar un gran paso. Una cosa quiero decirte: cásate, si puedes. Desde el cielo yo bendeciré tu unión y tus hijos. No quiero que llores, no quiero. Espero que estés orgullosa de mí. Te quiero. No tengo tiempo para nada más. Francisco”.

José y Francisco vivieron en países diversos, en décadas cercanas, hablaban el mismo idioma, mas no se conocieron en la tierra. Lo que hace tan atractivas y edificantes sus historias es que tomaron muy en serio su vocación cristiana a la santidad recibida a partir de las aguas del bautismo, y que creció y se fortaleció en la familia. Vivieron preparados para los tiempos de tempestad violenta, que ellos no eligieron pero que les cupo en suerte vivir.

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 6 de septiembre de 2026 No. 1626