En este artículo, el sacerdote y escritor Fernando Pascual examina el significado del alma desde la filosofía clásica y la fe cristiana. A partir de Aristóteles y santo Tomás, explica su relación con la vida, la dignidad humana y la creación divina.

Por P. Fernando Pascual

Hay diferentes maneras de hablar sobre el alma, porque la palabra puede tener diversos significados.

Pensemos en algunos ejemplos que usan la palabra alma: el alma japonesa, no tiene alma, es un desalmado, el alma de nuestro tiempo, salvar las almas, alma animal, alma vegetal, alma racional.

Desde el desarrollo de la filosofía en Grecia, sobre todo a partir de Sócrates, la palabra alma tuvo un carácter metafísico: el alma sería un modo de ser, una forma, que caracteriza y constituye lo propio de los vivientes.

Aristóteles distinguía claramente entre no viviente y viviente, y todo viviente tenía, como estructura constitutiva, un alma.

Entre los vivientes, añadía Aristóteles, algunos solo tenían un alma vegetativa (las plantas), otros un alma sensitiva (los animales), y otros un alma intelectual (los hombres y otros seres que pudieran pensar).

La idea aristotélica de alma tiene un gran atractivo para nuestros días, pues ayuda a describir por qué algunos seres tienen vida y otros no la tienen. Incluso el viviente puede perder su alma y, entonces, se convierte en cadáver, en no viviente.

Para el cristianismo, el alma humana es creada directamente por Dios, y muestra la inmensa dignidad que caracteriza a todo ser humano. Santo Tomás veía, como característica propia de nuestra alma, el ser intelectual.

En sus palabras, “el principio de la operación intelectual, llamado alma humana, es incorpóreo y subsistente” (Santo Tomás de Aquino, Suma de teología, I, q. 75, a. 2).

De modo sintético, leemos lo siguiente en Catecismo de la Iglesia Católica, n. 382: “La doctrina de la fe afirma que el alma espiritual e inmortal es creada de forma inmediata por Dios”.