Una invitación a mirar las propias debilidades sin caer en el desaliento y a descubrir, desde la fe, caminos concretos para hacer el bien.

Por P. Fernando Pascual

Duele constatar que algunos pecados están muy arraigados, que se repiten una y otra vez en nuestras vidas. Pedimos perdón, pero la debilidad y las tentaciones nos hacen sucumbir continuamente.

Ante faltas que se repiten uno puede desanimarse. Pero si confía en Dios, si pide perdón las veces que haga falta, y se abre a la gracia que salva, descubrirá en su corazón energías para levantarse y hacer el bien.

Así, quizá una persona sufre al ver cómo pierde horas y horas en Internet, o cómo realiza compras compulsivas, o cómo sucumbe fácilmente ante las tentaciones de la carne.

Tras pedir perdón, sin desanimarse, descubrirá que puede colaborar en casa en la limpieza de la ropa, que puede dar consuelo a un amigo enfermo, que puede ayudar a cruzar la calle a un anciano.

Son pequeños gestos de bondad que surgen del corazón que agradece a Dios su misericordia y que busca cómo vencer el mal con el bien.

Desde luego, hacer el bien no puede convertirse en una excusa para dejar de luchar contra los pecados “habituales”. Pero ello no quita que siempre podamos hacer algo por los demás, a pesar de la enésima caída en esta semana.

Sorprendentemente, descubriremos cómo acciones buenas, realizadas desde el amor y la esperanza, nos sacarán poco a poco de ciertas dependencias y nos abrirán a horizontes más grandes de libertad y de amor.

Nuevamente, una caída. Se asoma el desaliento maligno. Con sencillez, reaccionamos. Miramos a Cristo en la cruz, hacemos un acto de arrepentimiento, y abrimos el corazón para darnos cuenta de que en casa hay quien espera que le escuchemos con cariño sincero y alegre.