En esta reflexión, el Padre Fernando Pascual narra una historia de fe sencilla y coherente capaz de iluminar, en medio de la guerra, la fuerza transformadora del amor cristiano.

Por P. Fernando Pascual

Durante la Segunda Guerra Mundial, una mujer francesa tenía escondido, en su casa de campo, a un comunista de origen chino. El comunista buscaba convencerla para que dejase la fe, pero la mujer le respondía: “Usted es un sabio, usted ha estudiado, yo no sé más que una cosa y es que Jesús nos ha dicho que amemos a los hombres como Él nos amó”.

Pasado cierto tiempo, buscaron refugio en esa misma casa unos comunistas que huían ante el avance de las tropas de Hitler. La mujer les cedió su propia habitación y se fue a dormir en el pasillo. Aquellos fugitivos, de madrugada, robaron toda la ropa que la mujer les había dejado y luego se escaparon.

El comunista chino estaba furioso por lo ocurrido, pero observó con asombro que la mujer no mostraba ninguna señal de ira. Ante el ejemplo de quien la hospedaba, el comunista se hizo católico, y con el pasar del tiempo llegó a ser sacerdote.

La anécdota, en su sencillez, muestra cómo un poco de coherencia de quienes tenemos fe en Cristo puede transformar el mundo. Si constatamos que millones de seres humanos viven lejos del Evangelio y buscan la felicidad fuera de Dios, una manera muy sencilla y eficaz para ayudarles consiste precisamente en vivir una fe contagiosa y sencilla, como la de aquella mujer de campo.

Al comentar esta historia en una conferencia sobre la gracia, el cardenal Charles Journet añadía: “Hechos como ese deberían ser corrientes en la vida de todos los cristianos; a través de nosotros debería verse a la Iglesia como en transparencia”.

No debió resultar nada fácil a aquella mujer ver cómo su gesto de caridad era correspondido con un robo, en un contexto de dolor y de guerra que tanto daño provocaba en la gente. Pero para ella Cristo había dejado un mensaje claro de amor.

Ese amor resulta posible porque antes Cristo nos amó a nosotros. La coherencia de los creyentes, su fe concretizada en el amor, vence el mal en el mundo y genera esperanzas en quienes constatan cómo el Evangelio se convierte en realidad en el corazón de todos los que creen en el Señor.

 

(La anécdota aquí recogida se encuentra en el siguiente libro: Charles Journet, Charlas acerca de la gracia, Rialp, Madrid 1979).

 

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