En este artículo, Arturo Zárate Ruiz reflexiona sobre el temor que suelen despertar los avances tecnológicos y sostiene que la inteligencia artificial no es buena ni mala por sí misma: todo depende del uso que hagamos de ella. Entre referencias literarias, históricas y cotidianas, invita a pensar quién controla la tecnología y con qué propósito.
Por Arturo Zárate Ruiz
Hace poco vi de nuevo la película E. T., sobre un buen alienígena que accidentalmente no regresó, cuando debía, a su nave especial. Respecto a seres de otro planeta bondadosos, también el gran escritor, aunque dudoso teólogo, Lewis escribió así: «Si la Tierra ha sido especialmente buscada por Dios (cosa que no sabemos) eso no implica que sea lo más importante del universo», dijo, «sino solo que se ha desviado». Lo hizo así, nos lo sugiere, porque nosotros somos los malos a quienes Dios debe corregir.
No de ese modo en las narrativas más comunes sobre marcianos, entre las cuales destaca La guerra de los mundos, de Orson Wells, y la película reciente Marcianos al ataque —su parodia— que presenta a los invasores tan llenos de maldad que se entretienen, ¡atiza!, con revistas de muchachas malas. En el filme el tonto es el científico. Supone él que la superior erudición de los marcianos indica su superior bondad, como si los nazis, en la vanguardia de las ciencias en el siglo XX, hubieran sido mejores que las simples Hermanitas de la Caridad.
Mi punto aquí es destacar una tendencia humana de asustarse o aun demonizar los adelantos tecnológicos, en aún más bobo contraste con el optimismo de ese científico: si los marcianos gozan de mayores avances tecnológicos que los terrícolas, deben ser peores que nosotros.
Se pensó así cuando se inventó la escritura. En el diálogo Fedro, Platón expuso la postura de Sócrates al respecto, que la escritura, de comparársele a la palabra hablada, empobrece el diálogo, aparenta la sabiduría, y le falta vida. Por un lado, el progreso, se sobreentiende, nos corrompe. Por otro lado, los sabios y mandamases (por supuesto, los “buenos”), deben encargarse de entonces en adelante de protegernos. Así, una vez que se inventó la imprenta, los gobiernos se apresuraron a controlarla, es más, a monopolizarla, pues “gente mala y enemigos de la paz” difundirían “el error y el caos”. Llegó la televisión y los poderosos se apresuraron a regularla, si no es que acapararla. No sorprende, pues, el interés suyo por controlar las redes de inteligencia artificial, y la inteligencia artificial misma. “Por supuesto”, su interés es “benévolo”: escudarnos contra el posible lavado de cerebro por este medio, el cual estos compasivos dirigentes se reservan: sólo a ellos corresponde el perpetrarlo.
Nos lobotomicen o no ellos o cualesquier otros, el bueno o mal uso de los medios rebasa hoy el poder de cualquier gobierno de controlarlos. Hay ciertamente países tan totalitarios que si te pescan con un adminículo pequeñín para comunicarte con tu suegra sospecharán que ambos —¡sí, tú y ella en común acuerdo!— conspiran en rebelión, aunque los perseguirán infructuosamente: muchos más ya poseen a escondidas esos apartatitos para enterarse de a quién expulsan de La casa de los famosos.
La tecnología nueva ya está aquí. Y digámoslo claro: no es ni buena ni mala en sí, sino según la usemos. La energía atómica puede curar enfermos en el quirófano; puede también servir para producir las bombas más destructivas de todos los tiempos.
Así con la inteligencia artificial. Puede ayudarnos a mejorar y agilizar nuestro trabajo, de modo tal que nos dediquemos a tareas más complejas. Puede, sin embargo, volvernos perezosos, a punto de que esperemos que todo lo resuelvan las máquinas.
La pereza nos puede atontar. De muchacho recibíamos las noticias en el periódico en cables. Me correspondía transcribirlas en papel estraza. En el área de diseño las transcribían a su vez en tipos móviles de plomo; ya con avances posteriores, a placas offset que se fijaban en las prensas. No había, en esos prósperos años, la necesidad de difundir las noticias con señales de humo, como hacía siglos. En cualquier caso, que hubiera buena o mala prensa no dependía de la tecnología, dependía de quienes la usábamos, buenos o malos periodistas. De publicar sólo los cables recibidos hubiéramos difundido lo que nos ordenaban desde arriba y puesto a un lado lo que ocurría localmente. Es más, había mucho que investigar, pues mucho se callaba.
Así es y será con los adelantos que nos llegan y seguirán llegando. Si son malos, será más bien porque sus usuarios, nosotros, hacemos pésimo uso de ellos.
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