Ante las divisiones familiares, sociales y eclesiales, la unión con Cristo exige reconstruir la comunidad desde la humildad, la corrección fraterna y la oración compartida.

Por P. Prisciliano Hernández Chávez, ORC.

Hay expresiones que implican una profundidad y un alcance extraordinario: diábolos,-diablo, significa el que divide. Por eso, remontarnos a la causa de las causas del mal, no puede estar fuera de nuestro discernimiento, de modo que hacer el mal en cualquiera de sus formas, vincula implícitamente con el ‘homicida desde el principio’ como lo nombra san Juan. Dividir a la familia, las divisiones en las naciones, y en la Iglesia, en los grupos eclesiales conlleva un peligro grave. Los egoísmos enmascarados de capacidades, pueden encerrar el tufo de la soberbia.

El Evangelio de Jesús no tolera afectar a la comunidad y la mutua responsabilidad con faltas de algún miembro; de aquí que sea necesaria la corrección fraterna (Mt 18, 15-20).

En la misa votiva del Sagrado Corazón de Jesús, pedimos al ‘Señor Dios, que nos revistamos con las virtudes del corazón de su Hijo y nos encendamos con el amor que lo inflama…’; toca el punto clave del seguimiento de Jesús, para mantener la unión fraterna en la comunidad. Ser humildes, sencillos, pacientes, como Cristo Jesús con su Corazón traspasado, como manifestación del amor extremo que lo inflama.

Nuestra adhesión plena a Cristo Jesús, el de Corazón traspasado, nos lleva a mantener la comunión de hermanos. De aquí la importancia de la oración en común, aunque la individual sea indispensable para el crecimiento interior, el Señor Jesús nos asegura su presencia y el ser escuchados, donde más de dos se reúnen en su nombre. Así se evoca la ‘shekiná’, la presencia de Dios, que habita entre nosotros y en nosotros; también evoca el misterio de la unidad en la trinidad, del Dios vivo y verdadero, paradigma de toda comunión en la Iglesia, como ‘plebs adunata Trinitate’,-de san Cipriano y recordada por el documento Lumen Gentium del Concilio Vaticano II, ‘una multitud aunada por la Trinidad’: el Padre que nos convoca por medio de su Hijo-Palabra y Acontecimiento de salvación, y el Espíritu Santo que consuma la comunión en la Iglesia, una, santa, católica y apostólica.

No es sano distanciarse de la comunión de la Iglesia, porque nos distanciamos de Dios Padre, de Dios Hijo Salvador y del Espíritu Santo, Vivificador.

El Salmo 133 (133), nos recuerda que Dios envía su bendición que es vida para siempre, donde los hermanos permanecen unidos.

 
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