En este texto, Martha Morales explora cómo la alegría auténtica puede sostenerse incluso ante el dolor, iluminada por la fe y el ejemplo de María.
Por Martha Morales
La alegría verdadera, la que perdura por encima de las contradicciones y del dolor, es la de quienes se encontraron con Dios. Y, entre todas, la alegría de María: Mi alma glorifica al Señor, y mi espíritu está transportado de alegría en Dios, salvador mío (Lucas 1, 46-47).
La alegría es la consecuencia inmediata de cierta plenitud de vida. Y para la persona, esta plenitud consiste ante todo en la sabiduría y en el amor (SANTO TOMÁS, Suma Teológica).
¿Alegría en la cruz?
Una chica epiléptica, filósofa, después de ver la película La Pasión, se hacía sus propias reflexiones: “Yo he sufrido mucho físicamente, y he sufrido soledad… Cuando los médicos me curaban, me lastimaban, pero yo sabía que lo hacían sin odio sino para ayudarme; en cambio a Jesús –aparte de que lo lastimaron como a nadie- lo herían con odio; ¡eso ha de ser insoportable! Mi dolor al lado del de Jesús fue realmente poco”.
El cristiano sufre, llora, tiene momentos amargos y siente dolor como cualquier otro ser humano. Sin embargo, encontramos un sentido en nuestros sentimientos de dolor y en nuestras dificultades. Ese sentido está en cargar nuestra propia cruz, y seguir el ejemplo de Jesús. La Cruz, otro gran misterio para el hombre, es un trono de alegría, porque Dios transforma el dolor en gozo, la pena en júbilo, la muerte en resurrección. Nuestras cruces nos ayudan a identificarnos con Jesús.
San Pablo dice: “Mirad, ahora es el tiempo favorable, ahora es el día de la salvación” (2 Corintios 6,2). El “tiempo favorable” durará hasta la venida gloriosa de Cristo al final de los tiempos —en la vida personal de cada uno, hasta el momento de la muerte—; hasta entonces, cada uno de los días es “día de salvación”, ocasión de servir a Dios. Mientras tanto, ninguna adversidad debe apartarnos de este fin. “Nada te turbe, / Nada te espante, / Todo se pasa, / Dios no se muda, / La paciencia / Todo lo alcanza; / Quien a Dios tiene / Nada le falta: / Sólo Dios basta” (Santa Teresa de Jesús, Poes. 30).
La ira de Dios. Son incontables las veces que aparece la ira de Dios en la Sagrada Escritura. El concepto de ira está sacado del mundo humano; y por tanto, es una metáfora. La ventaja que tiene es que resulta extraordinariamente eficaz para el hombre, que conoce ese sentimiento; y también la de hacernos ver que el Dios de la Biblia es un Dios “vivo”. La ira de Dios es expresión de su santidad. Los pecados que más provocan la ira divina son la idolatría (Cf. Ex 32,10), la infidelidad a la alianza y la opresión al pobre. Muchas veces su ir aparece relacionada con los celos de Dios (cf Dt 6,15). Para San Pablo, la ira de Dios se manifiesta más bien en el abandonar al hombre a una vida licenciosa; la ira de Dios se manifiesta más en dejarnos vivir tranquilos hasta el final en una vida de pecado, que en el vernos visitados por la enfermedad.
Raniero Cantalamessa dijo: “He oído a varias madres decir que ninguna otra experiencia humana se puede comparar a la felicidad que se experimenta al convertirse en madre. Todo esto nos dice algo muy preciso: las alegrías verdaderas y duraderas maduran siempre desde el sacrificio. ¡No hay rosa sin espinas! En el mundo, placer y dolor (lo hemos observado ya en una ocasión) se siguen el uno al otro con la misma regularidad con la que al elevarse una ola que impulsa al nadador hacia la playa le sigue un hundimiento y un vacío que le succiona hacia atrás. El hombre busca desesperadamente separar a estos dos «hermanos siameses», de aislar el placer del dolor. Pero no se consigue, porque es el propio placer desordenado el que se transforma en amargura (…). Al no poder, por lo tanto, separar placer y dolor, se trata de elegir: o un placer pasajero que lleva a un dolor duradero, o un dolor pasajero que lleva a un placer duradero. Esto no vale sólo para el placer espiritual, sino para toda alegría humana honesta: la de un nacimiento, una familia unida, una fiesta, el trabajo llevado felizmente a término, el gozo de un amor bendecido, la amistad, una buena cosecha para el agricultor, la creación artística para el artista, una victoria para el atleta.
Alguno podría objetar: ¿pero entonces para el creyente la alegría, en esta vida, será siempre y sólo objeto de espera, sólo un gozo «de lo que está por venir»? No; existe una alegría secreta y profunda que consiste precisamente en la espera. Es más, es tal vez ésta, en el mundo, la forma más pura de la alegría; la alegría que se tiene en esperar.” La vida es semejante a lo que dura un cerillo encendido, comparado a la eternidad.
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