Monseñor Paulus Budi Kleden, arzobispo de Ende, alerta sobre niños enfermos por dormir a la intemperie, escuelas agrietadas y una huella emocional que persistirá más allá de la emergencia.
Por Ana Paula Morales (Poli)
De día, el calor se concentra bajo las carpas. Por la noche, la temperatura desciende y el frío alcanza a quienes duermen fuera de sus casas por temor a nuevos derrumbes. Entre ellos hay niños con resfriado y fiebre, bebés y recién nacidos que reciben atención médica en instalaciones provisionales, después de que el terremoto dañara hospitales y obligara a trasladar pacientes al exterior.
Es la realidad que Mons. Paulus Budi Kleden, SVD, arzobispo de Ende, ha encontrado al recorrer las comunidades afectadas de la isla de Flores. En entrevista, el prelado describió dos escenas que conviven después del sismo: la fragilidad de los menores enfermos y, al mismo tiempo, la capacidad de muchos niños para volver a jugar y sonreír cuando encuentran espacios seguros.
“Algunos están muy delgados; he encontrado niños con resfriado y fiebre porque las noches son bastante frías”, explicó. La situación, añadió, resulta especialmente delicada para los bebés. En un hospital público visitado por el arzobispo, los daños estructurales obligaron a atender a todos los pacientes bajo carpas: sofocantes durante el día y frías por la noche. “Los recién nacidos están expuestos a esta situación”, advirtió.
El terremoto de magnitud 7.7 sacudió la provincia de Nusa Tenggara Oriental la madrugada del 15 de agosto. El balance ha cambiado rápidamente conforme avanzaron las labores de búsqueda y la evaluación de daños. Reuters informó el 24 de agosto, con datos de la Agencia Nacional de Gestión de Desastres de Indonesia (BNPB), que las muertes habían ascendido a 100, más de 1,600 personas resultaron heridas, unas 180,000 fueron evacuadas y más de 73,000 viviendas sufrieron daños.
Las primeras informaciones reflejaban una escala mucho menor: EFE reportó el 17 de agosto alrededor de medio centenar de fallecidos, 137 heridos y unas 5,000 personas evacuadas. La diferencia no es una contradicción, sino el reflejo de un balance todavía en evolución, ampliado a medida que las autoridades pudieron llegar a zonas aisladas y registrar las consecuencias de miles de réplicas.
Associated Press documentó, en los primeros días, a decenas de miles de personas refugiadas en tiendas, centros de evacuación y campamentos improvisados. También informó de centenares de escuelas y centros sanitarios dañados y del temor que las réplicas seguían provocando, especialmente entre los niños.
La educación, una emergencia dentro de la emergencia
La sacudida interrumpió de manera repentina el ciclo escolar. Según explicó Mons. Budi, el gobierno estableció inicialmente un periodo de respuesta de emergencia de 14 días y suspendió las clases hasta el 28 de agosto. Algunas escuelas retomaron la enseñanza a distancia, como durante la pandemia de COVID-19; muchas otras no tuvieron esa posibilidad.
Vatican News, citando a Save the Children, informó en los primeros días que más de 8,000 niños y adolescentes afrontaban interrupciones educativas y riesgos para su seguridad. Evaluaciones posteriores difundidas en ReliefWeb —el servicio humanitario administrado por la Oficina de las Naciones Unidas para la Coordinación de Asuntos Humanitarios (OCHA)— elevaron el alcance de los daños: Plan Indonesia reportó 512 escuelas afectadas, 166 de ellas con daños graves y 478 aulas severamente dañadas. Otro informe humanitario del 22 de agosto registró daños en 5,521 aulas y 502 escuelas gravemente afectadas. Las diferencias responden a fechas, coberturas y metodologías distintas, por lo que las cifras deben leerse como evaluaciones sucesivas de una emergencia aún abierta.
Aunque el periodo de emergencia fue prorrogado otros 14 días, las autoridades pidieron reabrir las escuelas, por lo menos para los alumnos de sexto, noveno y duodécimo grado que deben preparar sus exámenes finales. El arzobispo, sin embargo, observó a estudiantes de todos los niveles dispuestos a regresar.
El problema no es solamente recuperar días de clase. “Lo que los niños más necesitan en este momento son aulas seguras”, afirmó. Muchas construcciones presentan grietas y tanto profesores como alumnos sienten temor de permanecer dentro. El gobierno prometió enviar carpas especiales para habilitar salones temporales, pero, cuando Mons. Budi ofreció su testimonio, la mayoría todavía no había llegado.
Para el prelado, reparar o reconstruir las escuelas debe convertirse en una prioridad de la recuperación. “El proceso llevará tiempo y necesitará muchos recursos económicos. Pero solos no podemos hacerlo. Realmente necesitamos la ayuda de otros”, señaló.
Sanar el miedo
Las paredes no son el único daño. Desde el primer día, Mons. Budi percibió una profunda sensación de inseguridad entre niños y adultos. Recordó a un hombre de unos 40 años que había visto desplomarse la casa construida con sus escasos recursos y parecía haber perdido toda esperanza. Aquel encuentro le hizo comprender que la atención psicosocial no podía esperar.
La arquidiócesis incorporó entonces un área de acompañamiento para sanar el trauma dentro de su equipo de respuesta. El arzobispo convocó a estudiantes de orientación y consejería de su instituto pastoral, mientras otras organizaciones pusieron en marcha juegos, actividades educativas y dinámicas grupales para ayudar a los menores a expresar el miedo. AP observó programas semejantes en los campamentos, donde policías, voluntarios y profesionales de salud mental ofrecían apoyo a los niños afectados.
“En muchos lugares encuentro niños felices. Se reúnen y juegan juntos”, contó Mons. Budi. En otros puntos, los vio participar con entusiasmo en programas de recuperación emocional. Esa alegría no elimina la pérdida, pero muestra que el juego, la comunidad y la rutina pueden convertirse en los primeros peldaños para reconstruir la seguridad.
El arzobispo considera que las dos semanas fuera de las aulas afectaron inevitablemente el aprendizaje. Sin embargo, cree que las familias también transmitieron lecciones difíciles de enseñar en un libro: cómo atravesar una crisis, cuidar los vínculos familiares y vecinales y practicar la solidaridad.
La cercanía del papa León XIV
El papa León XIV dirigió precisamente a Mons. Budi Kleden su mensaje de solidaridad por la tragedia. En el telegrama enviado el 17 de agosto y firmado por el cardenal Pietro Parolin, secretario de Estado, el Pontífice expresó su profunda tristeza por la devastación y aseguró su cercanía espiritual a quienes continúan sufriendo, en particular a los desplazados y heridos.
León XIV alentó también a las autoridades civiles y eclesiásticas y a todos los equipos que prestan asistencia humanitaria. Ese respaldo adquiere un significado concreto en Flores: alimentos y refugio siguen siendo indispensables, pero la recuperación de los niños exige además atención médica segura, acompañamiento emocional y escuelas capaces de recibirlos sin miedo.
Mons. Budi reconoce que la ayuda alimentaria del gobierno, de distintas agencias y de la Iglesia ha comenzado a llegar. El desafío ahora es que la solidaridad no termine cuando disminuya la atención internacional. Para miles de niños, la emergencia continuará mientras sus hogares, hospitales y escuelas sigan siendo carpas o edificios agrietados.
Fuentes consultadas
- Entrevista de Ana Paula Morales a Mons. Paulus Budi Kleden, SVD, arzobispo de Ende.
- Reuters: 15, 16, 17 y 24 de agosto de 2026.
- Associated Press (AP): 15, 18 y 19 de agosto de 2026.
- EFE: 17 de agosto de 2026.
- Vatican News: 17 y 18 de agosto de 2026.
- ReliefWeb/OCHA: informes de Save the Children, Plan Indonesia y la Plataforma Indonesia de Coordinación Humanitaria, publicados entre el 16 y el 22 de agosto de 2026.
La autora es licenciada en Publicidad y Relaciones Públicas y en Teología, con maestrías en Neuromarketing y Teología, especializada en información eclesial y asuntos internacionales. Más en: presscrux.org
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