En este artículo, el Padre Prisciliano contrasta las palabras vacías con la fuerza transformadora de las obras. A partir del Evangelio, la literatura y la experiencia social, invita a vivir una fe coherente, misericordiosa y comprometida con los demás.
Por P. Prisciliano Hernández Chávez, CORC.
Qué razón tiene el poeta León Felipe (1884-1968) cuando en una de sus poesías nos dice lo que juzgamos de ciertos comportamientos políticos cuando habla de ‘los mismos cuentos, los mismos tiranos, las mismas recuas’ tema repetitivo en su obra.
Palabras vacías, arengas de propuestas y de críticas, bajo el compromiso tristemente incumplido.
Cuando se toca el tema religioso, puede pasar desgraciadamente lo mismo, como recuerda Shakespeare, ‘palabras, palabras, palabras’, en Hamlet.
Jesús en su Evangelio de san Mateo (21, 28-32), nos ofrece la parábola de los dos hijos enviados por su padre a trabajar en la viña. El primero ante el mandato del padre, le señala con rebeldía que no irá; el segundo modosito le responde que ‘sí irá’. Pero ¡oh sorpresa! El primero se arrepiente y obedece; el segundo, simplemente no cumple.
Es la palabra profética de Jesús, que desenmascara a los escribas y fariseos supuestamente doctos y cumplidores de la ley; y los publicanos y pecadoras, se convierten, y humildemente cumplirán la invitación del Señor.
Qué triste es decir y no hacer. Qué razón tiene ese dicho de nuestros abuelos que afirma que ‘obras son amores y no buenas razones’, y con el apóstol Santiago, que la fe sin las obras está muerta o lo que dice un Padre de la Iglesia recuerda, ‘los demonios tienen fe y tiemblan’, porque no son coherentes con esa fe.
Ante la enseñanza de Jesús, está no el prometer, sino el cumplir la voluntad del Padre de los Cielos.
Existen grandes teologías, de conceptos muy elevados y sistematizados que dan razón de nuestra esperanza con gran luz; pero saberlos y no ponerlos por obra, con sencillez y amor a Dios y a los hermanos, son sistemas etéreos, sin la carne propia puesta en la hornilla.
En nuestra sociedad, dividida por maniqueísmos de puros, observantes del sistema, se rechaza a los ‘otros’, como en el Qumrán elitista donde se señala quienes están excluidos de su comunidad.
Jesús es amigo de pecadores; permite que una pecadora le bese, le enjugue con sus lágrimas sus pies y le perfume su cabeza.
Por eso los santos de verdad son la interpretación viva del evangelio: son misericordiosos como el Corazón de Cristo, como el Padre celestial es misericordioso.
No podemos estar instalados cómodamente en nuestra simple fe, sin vivir la adhesión plena a Cristo inmolado y resucitado, -misterio pascual del Señor, que nos lleva a vivir la plenitud del amor en la entrega total, más allá de teorías, como lo enseñó magistralmente Joseph Ratzinger, nuestro recordado Papa Benedicto XVI.
Obras son amores y no buenas razones.

